viernes, 9 de agosto de 2013

Equilibrio

                    En la óptica
                           de
                           mi
                     ventana
                          se
                   aproximan
                          tus
                        manos,
              - fonética del alma-.
                         como
               dos grandes ojos.
                      

                Ángeles Charlyne
                   De: “Ángel Roto”  -2013-


Equilibrio emocional I
Acrílico
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 Equilibrio emocional II
Acrílico
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 Equilibrio emocional III- "El abrazo"
Acrílico
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jueves, 20 de junio de 2013

De fuego o sin

Ir más allá de los silencios del fuego,
donde la mordaza sacrifica los abismos
y se olvida de ser muerte.
Intentando…:
La sensación, el tiempo, los sueños, la espera.
Comprendiendo…:
En los pobres del amor, es miga, del día.
Y despertar de pronto en la llanura,
con el mismo hambre de ayer,
en el limite donde se dialoga con la soledad,
como cotidiano origen, o presentida profecía.
Ir más allá de un poema,
que no abrasa la estéril colina, sin surco,
vaticinando la lucidez de las palabras,
igual de vacías, o semejante a las que se fueron.


Angeles Charlyne

De “Ángel roto”


lunes, 15 de abril de 2013

Distorsión del objeto


ArteParte

Experimento…
el abordaje más profundo,
como el arte de tus venas asalta
la identidad perdida.
Improvisas…
Levanto las manos y me entrego,
apenas dibujada,
a…
la intervención del objeto.
Proceso,
luz,
materia.
Avanzas…
dejando la impronta,
la obra,
la excelencia,
que imprime
el nacimiento nuevo.

Angeles Charlyne













miércoles, 27 de febrero de 2013

La aldea blanca


Renata era negra, la única en la aldea blanca habitada por blancos.
La única que nunca cerró la puerta de su casa.
Los había visto deslizarse a lo largo de sus vidas, lentos como caracoles distraídos. Nunca más habían nacido niños, desde la tarde que el monje negro se marchó, despedido a pedradas por todas las mujeres, quienes lo acusaban de haber anunciado el niño muerto que perdió Roberta.
Renata, negra, pagana y soberbia, era la única que no había envejecido en ese lugar que parecía haber sido abandonado por Dios.
Miró una vez más por la ventana que da al jardín donde las flores se habían marchitado, como toda la vegetación del valle.
La esterilidad se había establecido para quedarse. Su propósito estaba logrado. Los árboles secos parecían agitarse sólo en días de tormenta, como pidiendo auxilio.
Resistía por quienes no habían podido hacerlo. No sabía muy bien que resistía. Sólo que, mirándose al espejo, comprobaba que su tiempo se había detenido.
Cada día notaba que era una herida abierta en la vida de los otros, quienes sangraban y disecaban con el tiempo, arrastrando sus osamentas, como el maleficio nunca proferido.
Renata no sospechaba, ni por asomo, cual era la razón de su eterna juventud.
Ella era negra, la única en esa aldea blanca habitada por blancos, casi transparentes después de ser carcomidos por una eterna tristeza que empezó por robarle los sueños y los deseos.
Los ex niños que envejecieron sin crecer, nunca habían podido jugar y Renata trataba de rescatarlos, pero sin éxito. Habían desconocido el interés y por lo tanto las etapas se cumplieron todas en una. Nadie sabía ya quien era adulto y quien no. Todos parecían iguales.
Renata iba al río, lavaba su ropa y se quedaba, luego, adivinando los movimientos de la corriente, como intentando descifrar el devenir del futuro.
En realidad no pensaba desde la reflexión, sino que buceaba en su interior desorientada sobre las diferencias que nadie podía explicar.
Roberta después del nacimiento perdido, se quedó sentada a la puerta de su casa y nunca más volvió a entrar en ella. El tiempo, asociado con la detención, nunca más le dio paso a las estaciones. Había quedado oscilando en un otoño templado, desmañado, de cielo sucio, con un sol remiso a la hora de disolver nubes.
El resto de las mujeres que apedrearon al monje negro emigraron al bosque buscando una huella inexistente y dando vueltas en círculo, sin detenerse jamás. No había humo en las chimeneas de las casas y Renata no sabía si los blancos se alimentaban. Nadie hablaba, por supuesto ella no sería una excepción.
El polvo que sólo el viento movía se depositaba para formar capas superpuestas que daban, como las eras glaciares, el espesor de las etapas que se acumulaban, como las esperanzas de la humanidad por un destino mejor.
Una mañana, que para ella era de mañana, decidió subir al monte. El paisaje, a sus pies era sobrecogedor. Una serpiente de tierra que zigzagueaba en el espacio rumbo a la nada. Se sentó dispuesta a esperar algo que no sabía muy bien que era. Miró al cielo y ni siquiera hubo un celeste cierto que le diera respuestas.
Finalmente, un punto oscuro en el límite del horizonte, le advirtió que algo, por fin, se movía. Calculó que disponía del tiempo del mundo hasta que llegara hasta ella. Decidió que no debía moverse y que era la única oportunidad. ¿De qué? No se lo pudo responder.
Las horas se deslizaron tenues aunque el cielo siempre estaba igual.
Renata sabía que el reloj celeste nunca se había detenido.
El jinete que desaparecía en las depresiones del sendero, quedó el último segundo oculto a su mirada. Cuando emergió le pareció comprender que había una cuenta que saldar. El monje negro se detuvo exactamente en el lugar donde ella, oculta por la piedra, quería saber.
El monje negro se quitó el hábito sin prestarle atención, ella supo que debía hacer lo mismo. El, todavía de espaldas se volvió para poseerla. La cuenta astral de la vida detenida fue cobrada con la morosidad que la naturaleza exigía. Ninguno de los dos se dijo palabra, el tiempo de la soldadura espacial, se llevó todas las brumas. El cielo se limpió, repentinamente y el sol se dejó ver. Sus cuerpos relucientes, brillaban en las contorsiones.
Poco a poco la vegetación reverdeció. Las primeras flores de los primeros jazmines del país, aromaban el valle  y sus efluvios llegaban a la gente que empezaba a aspirar. Los colores reaparecían gradualmente, al ritmo de la ceremonia ritual de la carne.
Cuando los dos sintieron que se había sellado una herida, resonó en el valle, el primer berrido. Roberta había dado a luz, la sombra del sueño extraviado.
Renata cerró la puerta de su casa, había cumplido.


Angeles Charlyne

De “La puerta que…”


Relato publicado por  Asociación Amalgama de la Artes
Rota, Cádiz (España)
Revista Literaria Cultural “AMALGAMA”/ ejemplar Nº 15
Correspondiente al período Diciembre 2007/ Junio2008-

viernes, 18 de enero de 2013

Ratones en la noche



La voz, en la radio, sonó gutural. Ella se encendió. No sabía por qué esta vez.
Otras, creyó que sus urgencias coincidían.  Pero ahora, era distinto. Se sintió desnuda. Inerme. Alguien rasgaba, sin permiso, los velos de su pudor, malamente conservado.
Se resistió en la penumbra del cuarto. Procuraba, siempre, de las luces de neón que ingresaban transgresoras por la ventana, la concesión, cuando podían diluir situaciones extremas y su exploración maquinal, la superaba. 
-Esta voz es nueva  -se dijo-, lo pensó y fue peor.
Las formas de la imaginación sacuden desde el fondo del alma y los tiempos; los fantasmas que muchas veces no aceptamos, porque son el peor espejo en el que nos queremos reflejar, se agitan implacables.
Le pareció que él, adrede, hacía visajes tonales dedicados a ella. Lo insultó en silencio. Pero estaba a merced de lo desconocido. Nunca  -palabra excesiva-había tenido compulsiones parecidas. Ni siquiera, pensó, era su recurso nocturno de recreo, escuchar la radio y construir fantasías virtuales.
Decidió, con la impulsividad con la que cometió los mayores y mejores desatinos, que debía sacarse de la cabeza, tensiones y, del cuerpo, ansiedades.
Las horas inciertas, donde la noche agazapa gatos de la memoria, suelen jugar ciertas pasadas confusas.
Ella se miró al espejo una vez; se sentía y tenía motivos  para concederse aprobación. 
La imagen gentil que le devolvió, la conformó; sabía que muy pocos tipos podían resistir semejante poder animal de seducción; además la colección albergada entre sus piernas, ahora tibias, eran el mejor resguardo contra las dudas, nunca suyas.
Salió, imperiosa como de costumbre, segura que la dominación nunca transita  tiempos de escándalo; decidió, repentinamente, que debía quitarse, rápido, esa pesadilla que la tenía dispersa.
La bruma devino en llovizna y sintió que era su mejor tiempo. 
Aguardó, paciente, que la hora de los cambios de luces y final de programa, convinieran  con ella  las respuestas.
Su auto era un modelo educado, de un mundo que no registraba número.
El, algo encorvado, por la llovizna que le pesaba, decidió buscar un taxi.
La madrugada pinta de grises los fantasmas. 
Es hora, se dijo, donde todo parece coincidir.
Los rescates, para él, eran sombras del pasado.
Las luces de la coupe color metalizado, se le antojaron un exceso de tonos opresivos.
No le ocurrió lo mismo con el dorado rojizo, incendiado, que desde la butaca del conductor parecía apuntarle como un arma.
Una sinfonía imposible de no ser oída. Mucho menos vista y peor, todavía,  saboreada.
Hubo cierta duda, nacida del oficio. Cuidados de otras tentaciones que se llevaron por delante mucha más experiencia que la suya, en tiempos de plomo, donde lo más barato en el mercado, era la vida.
Sacudió la cabeza. Los recuerdos obviables y el pasado.
La carne era fresca y, parecía, en oferta.
Ella, le hizo una seña, casi imperceptible,  él debió guardar en el brazo, el impermeable de otras coberturas.
Nadie se lo indicó pero el voltaje estaba en el aire y él sabía que debía decidir.
Hubo tiempos en que las decisiones cobraron riesgos en vida.
Allí sepultó amores y amigos, no se lo podía contar a nadie, sobre todo si, como ahora, estaba frente a la violencia y sensualidad del ya y ahora.
Subió al auto, luego de sacudir, no sólo el agua del desborde, también nostalgias y prudencias, a esta altura de violencias y prescindencias de valores,  cuando se remató su futuro.
Ella, sólo lo miró, para constatar que era él, ese objeto del deseo y la fantasía; él supo que ese, sin que ella lo mencionara, era un momento de decisión.
La mirada de ella, estableció la aprobación especulativa. Para él alcanzaba. Además y ella no lo sabía, estaba fatigado.
Ella, firme en la autosatisfacción eligió, sin preguntar el destino primero.
La comida transitó los sabores agridulces y los saberes complementarios en forma de vino.
Los rescoldos del fuego, sabiamente alimentados, enmarcaron el café y los licores.
Los tiempos de las definiciones aceleraban ritmos.
La charla fue sucesión de murmullos y rumores, prolijamente orquestados por las apetencias, absolutas de ella, cuidadas de él.
Salieron del lugar y ella, otra vez sin consultar decidió que, cuando y como.
El lugar, por supuesto albergaba su sello y cuando abandonaron el palier del ascensor, la marca estaba en la boca de él.
La luz del lugar actuaba en simultáneo con la música y  le pareció una escenografía excesiva. También ella.
Sus manos eran alimentadas por urgencias con furias de tornados y se refugió en la prudencia de acompañar cada gesto.
Ella no se permitió ni le permitió treguas. Quería todo. Ya y ahora.
El sabía que los ritmos mueven el mundo y después, luego y casi debajo, en el ojo del huracán, allí donde todo es calma y placidez, comenzó a construir su respuesta.
La satisfacción, se dijo, es un tiempo que no tiene precisiones.
Pensó en esto mientras ella, abandonaba la multiplicidad de orgasmos y avanzaba hacia la placidez de la plenitud. El momento en que abandonaba la guardia. El tiempo en que, para él, comenzaba el goce perpetuo.
Nunca la dejó salir de sobre sus piernas y ella, luego de la primera depredación, decidió ansiosa, que se iniciaba un tiempo. Nadie le dijo si sería mejor. Pero ella lo entendió. 
El,  desde el remoto origen  donde el zócalo del edificio de la vida expone los tiempos, decidió zambullir sus reparos para refugiarse en la lluvia multicolor que le devolvió el chapuzón.
La ritualidad de la concentración le dictó que todas las puertas deben abrirse y así comenzó a proceder, para festejar con su lengua, dentro de ella, las fiestas de antiguas celebraciones. A medida que ella se abandonaba al placer y disuelta en la extenuación que provoca sentirse colmada, desbordada por esa máquina de carne y litio, multiforme, cuando quería exhalar el suspiro de la tregua, con esa lengua propietaria de la suya en tanto, dentro, le pintaban los paisajes de oro, los sucesos impensados... 
Todo y nada fue cierto, ella desmayó, finalmente y no pudo advertir su partida, luego del alborozo que el estallido de un vuelo de palomas, partiendo raudas del alfeizar de la ventana, ahogaron la voz que él registraba, para el después, en el equipo sonoro, todavía asombrado...

“Querida... no me busques... estoy en el aire... que respiras, en el vuelo de la alondra y en el silencio que llega... junto con la tanda... chau...”


Angeles Charlyne

De la serie:Ironía erótica”

lunes, 14 de enero de 2013

La pasión... desde el otro lado...


Mi soledad goteaba ese día, oscura y pesarosa, desde mi cielo gris.
Las tormentas, viajeras del alma desencadenan, a veces, lluvias silenciosas que rasgan el alma, empujándolas hacia la salida. Buscaba una distinta, aunque la diferencia durara el  soplo de Dios.
Tenía que olvidar el amor que me construyó la prisión de olvidos, que me había dejado herido, peor que muerto, preso y esclavo del recuerdo. Un fantasma de mi peor pesadilla.
Era de noche. El terciopelo negro no sedaba desazones; hormigas rojas marcaban su paso ansioso por saber que ocurriría. La propuesta golpeó mis instintos.
Un amigo, viejo conocedor, me dijo que debía probar; arrojarme al espacio de la nada, llenándome de adrenalina; que los cambios eran la savia viva de los desafios, ¿por qué no? –pensé-, con la resignación amortizada y la desesperación jaqueada por la inmovilidad.
Me colocó frente a ella, muda y oscura en la penumbra y presentándomela -dijo 
-¡ dale ¡ ... y después me contás que tal te fue! ... que te diviertas!- sus palabras quedaron suspendidas en la helada tarde noche del relevo de luces. Quedé solo en su casa.
Di una recorrida,  para marcar esos alrededores en mi memoria; un seguro contra lo inseguro. Volví a la casa, vigilado por la luna empecinada en mis pasos.
Entré y el silencio me golpeó hasta detener la circulación del futuro. Decidí sentarme.
Ahí estaba, inmóvil, no sé por qué, convocante. La luz brillando desde el cristal, iluminó espacios de sombra.
La sentí mágica y envolvente,  desbordando códigos impensables y desconocidos, que debía traspasar. La estudié, sin descifrarla, el tiempo babélico de llegar al cielo.
Hasta convencerme que un idiota era el inocente del paraíso.
Vocales y consonantes se fundieron y no se confundieron con el espacio blanco, llenándolo.  Decidí por un nombre de cinco letras, que supuse de mujer, Irina, que se agregó a la lista del sitio caliente.
Pensé que ella  podría rescatarme, además de complacerme; por eso la elegí. La invité a alejarnos del salón para una charla a solas.
Como una mariposa guiada por tentadores vientos, marchó conmigo, desprejuiciada en alas del deseo, cuando las puertas de la intimidad clausuraron otras impertinencias.
Una nueva luz se encendió, fue la nuestra, para poder mirarnos... ¡entonces sí! la vi mujer. Estaba desnuda, una bella amazona que montaba una silla.
Un paneo por el lugar, me permitió observar el cuarto de la bella figura, que respondía con manos alertas, desde su lugar.
Las paredes estaban pintadas de blanco. Sobre el respaldar de la cama se hallaba un crucifijo de alpaca, que no me hizo renunciar al viaje.
La manta dorada y matelaseada tenía ribetes bordados en sus extremos, por donde salían flecos hilados en color oro.
Los cortinados se mecían suaves,  un ida y vuelta permitido por la brisa del otoño.
La ciudad dormía, era madrugada, mientras nosotros preparábamos nuestra ceremonia secreta.
Como un villano, me fui robando prendas, hasta quedar totalmente desnudo.
Las frases fueron cayendo desde aquí y para allá; ella, hábil, las tomaba hilvanándolas y devolviéndolas rápidamente; una catarata de provocación que sacudía mis sentidos.
Supe de inmediato que no era su primera vez; yo, en cambio, corría desventajas.
Como perro faldero me dejé llevar, olfateándola.
Mi cuerpo comenzó a tomar temperatura.
Mi miembro erecto, fue señal.
Irina lo succionaba con palabras, las mismas que acariciaban mis oídos.
Su lengua pegajosa y sedienta, se prendió como ventosa, mojando la ventana luminosa de la lujuria, donde asomé, para disfrutarla.
-Me gusta que me digas cosas chanchas- susurró sin pudores-
Abrí la boca para rociarla con groserías, hasta perder el control sabiendo, que ella ganaba goces.
La penetré las veces que pude,  de todas las formas posibles, para finalmente terminar eyaculando en su boca, luego del gemido, oportuno.
 -Para que pensar en el después... ¿qué importa el después?-, me contestó cuando le pregunté si mañana la encontraría a la misma hora.
-Sigamos- murmuró- ... aún falta...-. La sentí insaciable al instante que me propuso cambiarnos de nick y empezar una nueva historia.
-El chat da para más...-dijo-, luego te explico.
El apagón me hizo salir violentamente de la red.
Corté de inmediato la computadora, desenchufé el módem y la vídeo cámara.
Ella, Irina, la pasión o como se llame se quedó del otro lado...  supongo para seguir mintiendo...




Angeles Charlyne

De “Ironía erótica”
        -2003-

jueves, 20 de diciembre de 2012

Sobre el final


Cuando se cierre la puerta,
y las horas sean sólo agujas rotas,
y no exista el grito que reclame,
ni un mundo que ore de pie,
dejaré atrás el vestido que me cubre,
la tibieza de la almohada,
la furia de la palabra
y un montón de sueños
sin destino ni alas.
Cuando se oculten las llamas de la vida,
y la mirada se vuelva frágil espuma
habrá olas envolviendo promesas,
que el viento susurrante, suspenderá en el aire.
Cuando se apague la voz de la conciencia,
el silencio hablará por mí...
sólo el silencio...
de ángeles quedos en mi cuerpo.


Angeles Charlyne

sábado, 15 de diciembre de 2012

Poema a Macario


(Insp. en el cuento de Juan Rulfo)

  No temas Macario…!
En el camino de la luz fosforecen grillos.
Cánticos verdes aplacando la noche del infierno.
No te rindas cuando las piedras lluevan, impiadosas sobre tu cuerpo.
No te sientas loco, aunque blasfemen... aquellos que se dicen cuerdos.
Tu cuerpo tiene el hambre de todas las esperas.
Plenilunios junto a la alcantarilla...
Serenatas de tambores mágicos...
Insaciables veladas de mieles...

Macario…! Niño…! No temas…!
La oscuridad insomne detiene al mundo y sus insectos.



Angeles Charlyne

sábado, 27 de octubre de 2012

Vida... las


Cuando la vida me suena a música, no sé bien porque pienso en la vidala.
El tono acoplado, que vuelve rebotando desde los cerros, sigue conmoviéndome como la primera vez.
Creo que fue el verano del 98, cuando decidimos que era un buen momento de darnos un recreo.
Tomamos tantos trenes, subimos y bajamos de tantos colectivos, dejamos las huellas en el pavimento de tantas rutas, que me pareció un itinerario trazado por dos borrachos locos.
En realidad cuando partimos lo hicimos desde el penúltimo brindis, cuando el año abandonaba decisiones y ponía olvidos en su guantera para una realidad indeseada. 
Hubo, eso sí, demasiadas obscenidades  como para no decidir olvidos imprescindibles.
Era necesario buscar la vida.
Y la vida que me alcanza, con perdón de “La Celeste”, quien aprendió que la música se hace sin preguntar cuanto le cueste, tiene más preguntas que respuestas.
Los olores rancios. La gente “pelando” paquetes para compartir la vianda de comidas “on board” del subdesarrollo; ese donde el turismo se hace como se puede y sobre todo cuando, como en nuestro caso, se hace con el alma que vuela lejos y bajo, casi por delante de la voluntad, era el motivo de esa fuga hacia adelante.
Ese mosaico de fuerte fragancia, impregnó y decidió la partida.
El, siempre listo, -era una curiosa morisqueta a Baden Powell, ese guitarrista que buscó y encontró un apellido para suicidar colonialismos-,  sostenía que el cóndor mira desde allá, más acá de lo permitido, por los pequeños ladrones de sueños.
Por eso nos fuimos a la montaña para perseguir la libertad imaginada, no la pregonada sino esa, inasible pero tal vez posible, si el estadio del alma lo permite.
El, por supuesto sospechaba que la vida nos esperaba en algún paraje luminoso de día y luminoso de noche.
Casi como los contrastes violentos, salvajes, primitivos, sensuales, de conciliar un espléndido sol dispuesto, en el valle de la luna y caminar la  ruta “salada”,  que lleva a Santiago, cuando la noche espectral se vuelve blanca.
Casi como cuando las banquinas, oscuras, parecen refractar el paisaje, avergonzadas de tanta promiscuidad universal, para tapar mentiras.
Lo cierto es que la historia se escribió, después de la voluntad, en un hospital colgado de la cordillera, donde el médico –legítimo aire aindiado- era Dios, puesto que hasta a veces, se perdonaba.
El médico salió aquella mañana del 6 de enero para decirle a Juan, padre primerizo, que la historia –para hacerla corta- era ella –por la madre- o él, por Simón –el bolivariano capricho paterno por nacer.
Juan siempre creyó que esas cosas de la vida y de la muerte no le pertenecían, que era demasiado poco para decidir.
Se le quedó pegada la pregunta en la cara, sin poder formularla.
No entendía aquello de “la justicia divina”, mucho menos ¿por qué Dios –su Dios- o él, tenían que decidir quien debía vivir?. 
Razones aparte, él sospechaba que no era necesario elegir.
Además, mucho menos estaba capacitado para elegir. 
¿Era acaso que el Dios le prestaba espacio? . Porque en verdad era lo único posible de prestar en ese lugar.
Lo que sobraba y eso sigue siendo cierto, es que sobra casi exclusivamente, el espacio.
Juan se preguntó en la puerta de ese hospital donde la montaña hace nido, porque tenía
que ser él quien tuviera que decidir entre la vida y la muerte.
Le dijo al médico que  necesitaba  ir a consultar con la “Pacha” y que después le volvía a contar.
Esa vacilación hizo imprescindible que nos quedáramos, para ser testigos mudos, inservibles, de un episodio que alguien decidió que presenciáramos.
Doy fe que no fuimos nosotros quienes decidimos estar allí en un momento terminal.
La “pacha” no estaba de buen humor pero, por tratarse de Juan, lo escuchó.
Su silencio era más elocuente que mil discursos amplificados.
Luego, siempre hay un después, ella quien se puso de cara a la montaña y detrás de un tiempo incierto, regresó para musitar un murmullo al oído de Juan.
Lo supimos tarde y a contramano de los protagonistas.
Pero esa es una historia de otro tiempo.
Lo cierto es  que Juan con gesto grave recibió la misma gravedad del médico. 
El calor  se abalanzaba como un león hambriento  sobre la paciencia de los pobladores.
Los hombres, estoicos ejemplares de la nada, se miraron. Los dos esperaban. Y cuando dos esperan falta uno para contar.
El médico, -su bata blanca parecía ocre, esa media mañana, primera tarde-, disponía de pequeñas dosis de buena voluntad.
No estaba seguro que debía aguardar que Juan fuera quien decidiera, pero él, era un médico que tropezó una vez, con otro, llamado Ernesto Guevara y se le quedó sumada la segunda vuelta, que se le da a los que no tienen chance, esa fue su interpretación para aceptar la muerte injusta.
Juan lo miró a los ojos para decir con la elocuencia del silencio, la vida viene, la vida va, será lo que EL, decida.
El médico confuso se volvió, falto de tiempo, para meter mano en el quirófano y robar un trofeo a la muerte, agazapada en un rincón de la sala, allí donde se escurre la esperanza.
Pasó otro tanto, prudencial para que ganara espacio.
Juan esperó manso, el médico sorprendido abrió la puerta al sol para contar que no sabía como, pero los dos estaban bien.
Juan miró la montaña.
Nosotros decidimos que el tiempo era nuevo.
El milagro estaba vivo. Para qué molestarlo.


Angeles Charlyne





             


martes, 16 de octubre de 2012

Las culpas del mundo


La duna amarilla pareció brillar en ese mediodía incierto de playa. La soledad sorprendió a Soledad, en mitad del camino del parador y se detuvo. Levantó su cabeza y el sol castigó con un dedo de fuego. No le importó, llevaba mucho sol y mar sobre su cuerpo bronceado, esbelto, sin tiempos, asombroso para los otros, sin cuidado para ella.
El mar rezongaba torvo en el horizonte ansioso, tal vez por lamerla.
Un cierto temor vagabundeó por la tristeza olvidada de Benedetti en algún libro, por supuesto olvidado del olvido. La comprobación que nadie había bajado a la arena, era inquietante, improbable, indemostrable, demoledora. Caminó sintiéndose tan sola como nunca, tan cierta como siempre y tan curiosa como se lo esperaba.
La ausencia de voces planeó sobre las olas, remontó ansiosa buscando destinatarios. Hubo un leve silencio marino, sólo perceptible para ella, comprobó que la vela de su embarcación se mecía complaciente en la bahía próxima. Su retirada estaba asegurada. La retaguardia cubierta. Caminó y sus largas piernas doradas, firmes y seguras, no admitieron vacilaciones a pesar del desconcierto. No poder comentarlo más que para sus adentros, era en cierta forma un desafío.
Descendió erguida, estatuaria, convencida que cerca del mar la fiesta siempre es completa, para que los sentidos obliguen a retroceder fantasmas.
Las postales de la memoria se amontonan, como los puertos recorridos, los cuerpos abrazados, los placeres consumidos y consumados, las mesas bien servidas y las copas mejor bebidas.
En la arena húmeda encontró razones para levantar un castillo, mientras caminaba bordeando el agua, jugando a eludirla, a no ser alcanzada, el juego que mejor jugaba, el que más le gustaba jugar.  
Supuso que una razón más que razonable tendría incidencia en esa repentina soledad. La razón no siempre resulta de la razón, también llega desde la fuerza, por eso la fuerza de la razón, sublima a la razón de la fuerza, a veces.
Sumergió su mirada en la cresta verde de la primera ola que se derrumbaba sobre la costa, para sentirse proyectada en el espacio y arrojada, brutalmente, sobre la arena tibia; le hizo sentirse casi propietaria del santo grial, dueña del todo, ama de la nada; algunas gotas fugitivas desobedecieron y perlaron su cuerpo, un tanto más ambiciosas que las otras; parecían supuso, que querían explicarle algo vinculado con el misterio de la desaparición de la gente.
Se encogió de hombros, pese a que la resignación no era parte de su vida; porque la suya muda por la garganta coloraturas de arena. Pensaba que la salvarían los granos, menudos de arena, que antes de ser granos son y fueron sueños yunteros.
Olió fragancias penetrantes, propias de lo singular. Nada era compartido y los olores tuvieron el impacto sensorial que da ser la única receptora de eso que el aire trasladaba. Una mezcla de fresias tardías, mutando a silvestres lavandas, impregnaron los tiempos siguientes. Observó que el sol había viajado repentinamente rápido para su gusto y le pareció más alto que de costumbre.
El camino volvió a empinarse esta vez con destino al acantilado desde donde podía divisar la aldea. Supo, por instinto, que allí estaba la clave. Cuando llegó y sus pies asombrosamente perfectos y vagabundos, lograron trepar con la gracia de nunca, pudo ver que las callejuelas, los negocios y las casas estaban vacíos, abandonados, las puertas y ventanas lucían el apuro de sus moradores presurosos, por causas desconocidas, que marcharon hacia algún ignoto destino.
¿Todos juntos y al mismo tiempo? ¿En realidad se marcharon juntos, alguien los dispersó, les dieron una noticia o huyeron?
La pregunta flotó sobre las olas y devolvió pinceladas de quietud. Las mariposas irrumpieron, inesperadamente amarillas, para murmurar respuestas que ella no podía entender.
Soledad, escribió en la arena, la pregunta: ¿Qué pasó? Y el pájaro oscuro que extendió las alas, dirigió las fijas y fulgurantes miradas, que se llevó a dos vueltas sobre su cabeza. Se sentó en la arena y dejó que el sol volviera a acariciarla. Dispuso que fuesen las manos de Alejandro, cálidas y potentes, para hacer más propicia esa loca decisión de esperar lo inesperado.
Un tiempo después y luego que el silencio resultara casi ruidoso, la brisa se ensañara con su cuerpo y las gotas de las olas abandonadas, agotaran su forma de llamarle la atención, el pájaro oscuro regresó planeando desde lejos, majestuosamente, subió y plegó las alas como indicándole seguirlo. Viajó en dirección mar adentro. Ella no vaciló se dejó llevar y comenzó a nadar. Advirtió que las mariposas la seguían a prudente distancia, casi custodiándola. Fue superando el oleaje hasta abandonar la zona aledaña a las playas allí donde cambia la fuerza del agua, hasta que en el fondo le pareció ver una ola tan alta, que borraba el horizonte, en el centro creyó ver el contorno de una puerta, se dijo que el sol dibujaba para ella. Que no supo porque no eligió ir en su embarcación y además desde donde esas preguntas merecían respuestas atinadas. Sus brazadas firmes se aligeraron y también el ritmo a medida que se aproximaba a esa mole que ya le tapaba el cielo.
Cuando la velocidad era imposible de ser cierta y el valle anterior que se produce cuando la ola gana altura, era un foso verde y revuelto, comprendió que el rumbo era fijo y debía atravesar la puerta. No dudó. Tampoco el tiempo se lo permitió. Metió la cabeza entre sus brazos y embistió la parte central de esa puerta dibujada por el sol. La atravesó, la ola pasó por encima suyo y allí estaban.
Una plana serenidad astral, casi la playa infinita de un continente desconocido había congregado a los últimos pasajeros del arca de la humanidad, supo sin comprobarlo que esa ola gigantesca llevaba como destino lavar las culpas del mundo y el tiempo malgastado del odio.


Angeles Charlyne

De la serie de relatos “La puerta que…”