“La naturaleza está aquí a la vista del mar aprovechándose de mí para golpearme y para herirme porque me he atrevido a abrir la boca para cantar” Walt Whitman
miércoles, 29 de junio de 2011
Breviarios “Mirada de mujer y otras historias”
Miradas de fuego
tras el resplandor
invitan a la hoguera
-
Cae el ocaso
reloj de sol
que se astilla.
-
Tambalea la verdad
en la mirada esquiva.
-
Hay un antes y un después.
¿Después del después?
-
Se aferra la vida
en la última
cuenta de un rosario.
-
Cuando te vi
estabas lejos.
Ahora cerca
te veo lejos.
-
Desfallezco en el silencio.
Pero tu voz es mi cama.
-
Me acoplo
y soy letra de tus textos.
-
Me pierdo
soy encontrada.
Me encuentras
estoy perdida.
-
La luna gime
porque arde el lecho.
-
Si me dices que no me entiendes...
nada sabes sobre mí.
Comienza de
nuevo el Teorema.
-
Te escribí unos versos
y fueron leños.
Los recogieron tus manos
y fueron cenizas.
-
Vivo.
Descanso.
Duermo y sueño
en la habitación celeste
donde no se cobra hospedaje.
-
Te sueño y es real.
Te vivo y es sueño
-
Soledad...
Luna magullada de plaza vacía.
-
Me deslizo sigilosa.
soy gato que araña
las puertas de tus oídos.
-
Golpeo en tu corazón
sin daños.
Entro sin manos.
-
Eres pez entre mis redes.
Anzuelo que no te hiere.
Carnada que te da vida.
-
Vital.
Préstame el sol ahora.
Es de noche.
-
Cuando me hamaco entre el ramaje verde...
siento que el cielo queda mas cerca.
-
Si volteas la mirada
morirás de sed.
Un cántaro en mis pupilas.
-
En tus versos,
un pintor traza un desnudo.
¡Tengo frío!
-
Te escribo real.
Te pienso real.
Te veo real.
La utopía tiene formas.
-
Soy el viento
que agita tus ramas.
¿Tiemblas?...
Aún es verano.
-
Retazos de memoria.
¿Invaluable tesoro?...
¿Moneda corriente del olvido?...
-
Te espero en la verdad absurda
que no encuentra espacio.
-
Nazco y muero
en el aposento tibio de tu mirada.
-
Barrilete que ondula.
Letargo multicolor.
Postergado vuelo.
Mi cuerpo frente al tuyo.
-
Te pierdo en sensaciones
pero te encuentro sin verte.
-
Silencios compartidos.
Decadencia de ritmos.
-
Te escribo.
Te leo.
Te involucro.
-
Una lágrima.
Un caleidoscopio.
Una mutación.
Llovizna tristemente irisada.
-
Amantes.
Fugacidad de horas.
Escondite que se calla.
Piedra libre que no cantan.
-
No disfraces la mentira,
se ve igual,
aún con distintos trajes.
-
Me vestiste de sueños.
Me desnudaste de olvidos.
-
Ritmo de la nada.
Destrucción de palabras.
Sepulcro de la voz.
Silencio.
-
Me pierdo en un río blanco.
El timón...
Bolígrafo que me lleva hasta mi encuentro azul.
-
La vida es un tablero de ajedrez...
Estudiaremos seriamente la duda.
-
Hay una puerta bajo la almohada,
que me provoca a salir de noche.
-
La maleza es sólo maleza, que retiro...
cuando siento el aroma a flores.
-
La mentira es la moneda indeseable...
que puede llenar el bolsillo del asombro.
-
Se enredan cuerpos...
mientras la noche es la madeja.
-
Quiero ser tu recuerdo...
Guárdame entre los sepias.
-
Como saber si eres...
Cuando aún no sé si soy.
-
Cuando termine de conocerme...
Empezaré por conocerte.
-
En el miedo hay un rincón espeluznante,
dónde se juntan y esparcen todos los temblores del alma.
-
Un condón cristal se retira del cielo...
cuando la lluvia esparce vida a los huertos.
-
No me despojes de mi verdadera esencia...
porque quedaré vacía.
-
Cuando me doy en exceso... detenme.
No quiero que dudes de mi real tamaño.
-
Cuando te explico... quiero que me entiendas...
pero si callo... ¡también hazlo!...
-
A veces debo mentirle a la vida...
para que la muerte no me descubra.
-
Te escribo como si fuera la última vez…
Aunque siempre la última sea la próxima.
-
Cuando tomo un papel desnudo...
lo visto de palabras.
-
Hay un silencio verdugo...
que guillotina palabras.
-
A veces la vida es un puente
con tablones crujientes y barandas que ceden.
-
Distancia la distancia del amor...
cuando uno camina de frente y el otro de espaldas...
-
Si sólo me lees cuando escribo...
entonces... poco sabes sobre mi.
-
Te hablo con la verdad...
¿Pero mi verdad es la verdad de la verdad?...
-
¡Se tu mismo!... no te inventes...
¡porque ya existes!
-
Te doy mi palabra escrita...
cuando la sonora calla...
-
Si me llevas por fuera... sólo seré un adorno.
Pero si me llevas por dentro... seré mucho más que eso.
-
Si se habla de un descubrimiento, se habla de algo nuevo...
¿Pero cómo se llamaría antes de ser descubrimiento?
-
El silencio es una muerte callada...
que se adueña de la voz hasta dejarla muda.
-
Los sexos comulgan,
en el templo sagrado...
dónde no existe el pecado...
ni la absolución.
-
Cuando te pierdes... yo te rescato.
Pero si te rescato... ¿te pierdes?...
-
La verdadera nota, no está en una partitura...
sino en el nuevo día que nace...
-
Somos líneas paralelas buscando la convergencia.
-
Cuando me confundo en tu mirada debo mirarme dos veces.
-
Vacié el horizonte esperando el milagro...
de encontrarme con el mas acá.
-
La tarde se inclina sumisa,
cuando la noche levanta su látigo.
-
Si piensas en el siempre piénsalo siempre...
hasta que llegue el nunca.
-
Una extensa soledad...
madruga con raíces encanecidas...
-
Se desparrama la noche entre las sábanas...
y comienza un ritual.
-
Me visto con un traje ajeno...
para poder desnudar mi propio yo.
-
Cuando la introspección cancele sus puertas...
podré ser definitivamente libre.
-
No quiero saber del fin...
porque aún me falta saber del principio...
-
Gira el olvido insomne,
en torno al...
sepulcro del perdón.
-
Desato la memoria...
para que paseen los recuerdos.
-
Me veo entera...
Pero... me compruebo fraccionada.
-
Olvido de un amor a cuentagotas...
Recuerdo de limosna anestesiada.
-
Cuando me escribo difícil...
me entiendo más fácil...
-
Cuando me regalaste algo... no me diste algo...
me regalaste todo de tu algo.
-
Prisioneras de la oscuridad...
las sombras se baten a duelo.
-
Se desmorona la tarde...
y el ocaso desmenuza las últimas tibiezas.
-
Rasguña en el asfalto...
un mundo insomne.
-
En lo externo de mi piel quedó tu atril...
En lo interno... tu tela y su paisaje.
-
Mientras por fuera me congela un témpano...
por dentro me derrite.
-
Cuando me ilusiono me desvisto entre prados...
Cuando me desilusiono me arropo entre pastizales.
-
Entre el naufrago y el muelle...
la soga de la salvación.
-
Mis preguntas van llenando una gran bolsa...
y tu única respuesta se escabulle por un agujero.
-
Cuando la humillación nos toca...
nos palpamos entre harapos.
-
Entenderte podría llegar a ser el arte más abstracto.
-
Debo mutilarme...
para volver a reconstituirme.
-
Tironeando la cadena de mi fuerza
encontrarás el eslabón de la fragilidad.
-
Protégeme!...
tras los balcones del alma
una enredadera se asoma al vacío.
-
Cada mañana pinto los ojos de una mirada...
mientras tanto un llanto espera ansioso
arrugar el maquillaje...
-
Cuando di mucho de mí... lo sintieron poco...
Cuándo di poco... preguntaron... ¿por qué?.
-
Nunca reclamé la posesión del otro...
pero una noche desperté pariendo el egoísmo del mundo.
-
Siempre seré...
aunque sea por un segundo.
-
Paseé por la vidriera del recuerdo...
y me confundí entre maniquíes.
-
El futuro sólo está en la imaginación...
por eso lo escribo en presente.
-
Una palabra bella solo sirve para adornar un momento...
Pero todo tu idioma para fortificar todos los momentos.
-
Podría imaginarte como otras TANTAS VECES...
¡Fantástico!... es imaginarte TODAS LAS VECES...
Pero que pobre se siente... sólo poder imaginarte.
-
Para la cuenta del engaño podré sumar un perdón...
pero nunca restar un olvido...
-
Cuando recuerdo tu olvido...
Olvido tu recuerdo.
-
Si me necesitas... hasta él más allá...
Hazlo más acá.
-
¿Dudo de tu palabra?...
¿O dudo por la duda de tu palabra?.
-
No hay formula adormecedora que pueda...
contra el centinela de la conciencia.
-
Te llevo a cuestas...
para que la vida pese menos.
-
Por el ojo de la cerradura... lo breve de un paisaje acorralado...
Por la puerta al mundo... la extensa libertad de las formas.
-
El pasado es nuestra historia conocida...
El futuro... sólo una página en blanco.
-
Sonrío...
para que el circo de la vida le ofrezca un lugar al payaso.
-
Cuando la luz de la esperanza se convierta en inasible...
habré perdido uno de mis sentidos... o todos!
-
Hay noches de gran vigilia...
porque el fantasma del recuerdo...
atemoriza los párpados.
-
Puedo descubrir el camino de la mentira...
cuando la voz cambia de dirección.
-
Cuando las sombras de las tormentas dejen de recorrer distancias...
el alma agitada hallará reposo.
-
Mis palabras corren para no morir...
y mi imaginación vuela... para vivir.
Angeles Charlyne
sábado, 25 de junio de 2011
De amor, ruido y pena
Haikus
"Ensimismamiento"
T/m sobre Paspartour
-vidrio antireflex-
Reflejo de mí.
Espejo de tus ojos.
Cántaro de luz.
Sangra el verde
cuando la esperanza
está herida.
Tiembla la noche.
Claudica el silencio.
Murmullos grises.
Árboles ocres.
Otoños deshojados.
Duelo crujiente.
Revientan fuegos
en la espera roja.
Sexo en llamas.
Camino a ti.
En la búsqueda de mí
nos encontramos.
Corren agujas
por ocasos muertos.
Lóbrego final.
Geografía
de un mapa que debes
explorar en mí.
Ojos heridos
se llenan de rocíos,
solitarios.
Nos enlazamos.
Somos dos en uno/ Ya
para amarnos.
Tumba insomne.
Poemas/ Mar adentro.
¿Y Alfonsina?
Mi alma esa
calle solitaria.
Empedrado gris.
Las sombras tuyas
se desdibujan ¿Por qué?
¿Ya eres niebla?
Pido ayuda.
Mientras te recorro
toco abismo.
Corso fúnebre
el de miradas vacías.
Murga/ Soledad.
Alzo la vista.
Despertamos dorados.
Brillamos juntos.
Tu voz preciso.
Un son acompañado
late conmigo.
Una palabra
nos separará siempre…
Monotonía.
No te olvido.
Mi memoria arrastra
algunas cosas.
Amor punzante
perfora mis entrañas
y me desangro.
Amé gastando
los zapatos del alma.
Y tú descalzo.
Cuesta abajo
el río se suicida
para ser final.
Angeles Charlyne
"Ensimismamiento"
T/m sobre Paspartour
-vidrio antireflex-
Reflejo de mí.
Espejo de tus ojos.
Cántaro de luz.
Sangra el verde
cuando la esperanza
está herida.
Tiembla la noche.
Claudica el silencio.
Murmullos grises.
Árboles ocres.
Otoños deshojados.
Duelo crujiente.
Revientan fuegos
en la espera roja.
Sexo en llamas.
Camino a ti.
En la búsqueda de mí
nos encontramos.
Corren agujas
por ocasos muertos.
Lóbrego final.
Geografía
de un mapa que debes
explorar en mí.
Ojos heridos
se llenan de rocíos,
solitarios.
Nos enlazamos.
Somos dos en uno/ Ya
para amarnos.
Tumba insomne.
Poemas/ Mar adentro.
¿Y Alfonsina?
Mi alma esa
calle solitaria.
Empedrado gris.
Las sombras tuyas
se desdibujan ¿Por qué?
¿Ya eres niebla?
Pido ayuda.
Mientras te recorro
toco abismo.
Corso fúnebre
el de miradas vacías.
Murga/ Soledad.
Alzo la vista.
Despertamos dorados.
Brillamos juntos.
Tu voz preciso.
Un son acompañado
late conmigo.
Una palabra
nos separará siempre…
Monotonía.
No te olvido.
Mi memoria arrastra
algunas cosas.
Amor punzante
perfora mis entrañas
y me desangro.
Amé gastando
los zapatos del alma.
Y tú descalzo.
Cuesta abajo
el río se suicida
para ser final.
Angeles Charlyne
domingo, 12 de junio de 2011
Lamento Puyehue
"Desde las entrañas"
T/M
60x80
Por decir un nombre…
después del silencio se agrietó la tierra
despertaron raudas tus fauces de fuego,
abrasando a una humanidad falaz.
No es casualidad tu huída…
que derrames tu saliva amarga,
el color de tu carne calcinada
y te expandas luego, tiñendo los cielos,
cambiando el color de los semáforos.
Por decir un nombre…
Puyehue,
arrullé en tu vientre
una canción de cuna,
que aplacara el grito,
la herida del planeta
y la distancia.
Por decir un nombre…
en la voz del viento,
llegaste de otoño
al país del tango
quebrando el alba
de polvo y escarcha.
No es casualidad tu huída…
El suelo es quejido
de ceniza y humo,
el mundo agoniza,
respira la nada.
Angeles Charlyne
T/M
60x80
Por decir un nombre…
después del silencio se agrietó la tierra
despertaron raudas tus fauces de fuego,
abrasando a una humanidad falaz.
No es casualidad tu huída…
que derrames tu saliva amarga,
el color de tu carne calcinada
y te expandas luego, tiñendo los cielos,
cambiando el color de los semáforos.
Por decir un nombre…
Puyehue,
arrullé en tu vientre
una canción de cuna,
que aplacara el grito,
la herida del planeta
y la distancia.
Por decir un nombre…
en la voz del viento,
llegaste de otoño
al país del tango
quebrando el alba
de polvo y escarcha.
No es casualidad tu huída…
El suelo es quejido
de ceniza y humo,
el mundo agoniza,
respira la nada.
Angeles Charlyne
sábado, 28 de mayo de 2011
La lluvia
"El Chamán y la lluvia"
T/M s/ cartón
La lluvia era una sola ráfaga que parecía subir desde los cordones grises. La ciudad desagotaba su impotencia, quizás lloraba tantas mentiras aceptadas y las pausas resultaban respiraciones suspendidas.
El hombre, al borde del naufragio, levantó las solapas de su impermeable como si lo pudiera proteger de la inclemencia. La cara, una parte visible de la piel empapada era el muelle que resistía ese destino de oleaje celeste. Era furiosa la permanencia, quizás había llegado el momento de no dejar huella alguna de la calamidad que los habitantes llevaban inventariado.
Que pensaba el hombre, no era seguro adivinar, la tormenta se llevaba todo hasta las ideas. Esa sensación de vacío, sí la tuvo ella, detrás de la vidriera del bar; la lluvia desdibuja hasta la gracia, deforma y vuelve grotescas las formas, que parecen definitivas.
El café agonizaba tibiezas, como certezas ella. Las luces encendidas de las calles, parpadeaban ahogadas, incapaces de resistir la revelación de la tormenta. No recordaba cuanto tiempo llevaba absorta en el sesgo de las gotas, en la melodía sobre la superficie vidriada, ni en los navegantes de esa tarde casi noche que avanzaba implacable, sobre las certidumbres. Los pasajeros de la búsqueda incierta, sorprendidos por la desapacible sensación, dudaban de una presencia delicada y digna de otros abrigos. Los compulsaba cierto impulso protector. “El escalón del diablo, se desciende imperceptiblemente”, se dijo ella, al advertir alguna gentileza abortada por su propia indiferencia, fascinada por el galope encabritado de las hojas mojadas, que el viento arrastraba hacia un inquieto destino. Vio como sorteaban escollos, abrazaban árboles, ahogaban sumideros, barrían plazas, subían desesperadas, luego de un ramalazo, gritando en silencio por detenerse a tiempo pero, inútil, se estrellaban una y otra vez sobre curiosos escollos clavados contra el tiempo, negándose a rendir en la penúltima batalla; los añosos cipreses resignando corteses, sauces más llorosos que nunca declinaban consuelos, y la escuela de la vida, como siempre, carecía de asistencias; todos buscaban amparo y ansiedad de otras calideces.
Ella quería entender por qué la potencia desatada provocaba un temor incierto en los otros. Por qué esa duda brutal. Por qué ese desangrar los sentidos, llevaba pavor como una maldición.
Si el tiempo nos besa salvajemente, provocando el escándalo sensorial. Todo está por lograrse, los espacios se multiplican, los ceden aquellos apresurados en regresos previsibles. Rechazan la invitación a los olvidos, la aceleración del nunca más y el hormigueo que circula implacable, sobre todo en momentos en que están sobrando las penas. Pero, la secreta alegría, llegaba de regiones remotas que nunca pudo precisar. Eran avisos imperceptibles que se agitaban invisibles para el resto.
Un macetero rectangular de blancas siempre vivas, se revolvió imprevistamente para que el gato amarillo atigrado y pecho blanco, pegara sus ojos verdes, indescifrables, al vidrio que lo separaba del interior del lugar y el calor necesario. Ella pegó su bello rostro y los ojos de ambos parecieron soldar abismos. El gato replegado sobre sí, dejó de eludir la lluvia. Ella sospechó que ronroneaba, llamando visceralmente, por otras pertenencias.
Así estaban enfrascados cuando el hombre cruzó a pasos largos la avenida rumorosa, fruto del caudal de agua que se llevaba pasados. Ellos no lo vieron. Sonrió por el paisaje a pesar de portar el agua del diluvio. Entró al lugar y tomó asiento luego de entregar su impermeable empapado; el servicio caliente llegó rápido, la soledad ayuda y entretiene. Bebió su brandy a temperatura de brandy, como se debe y pasó a repasar el cuadro de la mujer y el gato, ajenos al mundo y a la vida. Sus ojos oscuros flamearon levemente, tal vez una postal perdida en algún aeropuerto inubicable, un vuelo que no debía tomarse y él no tomó, un vuelo que si tomó esa parte faltante de la postal. Un esfuerzo tardío por detenerla. La resistencia temporal de quien sería esquirla a 33 mil píes de altura.
Lo cierto que la reminiscencia era demasiado fuerte, casi tanto como el tiempo sin preguntarse ni preguntar. Era casi imprescindible averiguar. Garabateó una servilleta, apresurado por urgencias no del todo claras. Ella recibió del mozo el mensaje y sin volver la cabeza asintió. Su romance con el gato enhiesto, el pelo erizado pese al agua y el lomo arqueado, progresaba en la fogosidad de los espejos de sus propias miradas. Siguieron ajenos, en tanto el hombre cambió de sitio. Sus palabras parecían temblorosas, apremiantes; interrogantes agolpados que desandaban los muros de silencios demasiados prolongados. Ella cada tanto sonreía sin dejar de sostener la fijeza del gato. El monólogo llevó su tiempo, sin que amainara la tempestad. El sonido sordo del exterior impedía saber a oídos profanos, la naturaleza casi desesperada que se adivinaba en los gestos de él.
Pareció que la catarata de palabras declinaba intensidad. Era evidente que no progresaba la búsqueda de certezas. Un rayo atravesó el futuro pero el gato no se movió. Ella miró el cielo, casi como respondiendo a un llamado. Se levantó de la mesa con la misma gracia de gestos y sus felinos movimientos fueron seguidos por los escasos habitantes, el hombre y el gato inmóvil, que parecía aguardar. Ella abrió la puerta del local y la violencia de la ráfaga del viento dispersó manteles. Sin volver la cabeza ni mirar a los costados cruzó la avenida, el gato la siguió. El hombre, inquieto por la actitud se puso de pie dispuesto a seguirla, pero súbitamente se detuvo. En la mitad de la avenida ella y el gato desaparecieron, no alcanzaron a llegar al otro lado. Cerró los ojos, seguro de un engaño producto de la vidriera que deformaba figuras, se asomó. Lo curioso es que ella no estaba. La lluvia había cesado. Más curioso aún, todo estaba seco como si nunca la tormenta hubiese ocurrido. Volvió la cabeza buscando la referencia, como auxilio. Sólo la plaza. No había a sus espaldas ningún local. Miró el cielo, pero no encontró nada y se fue.
Angeles Charlyne
De la serie: “La Puerta que…”
T/M s/ cartón
La lluvia era una sola ráfaga que parecía subir desde los cordones grises. La ciudad desagotaba su impotencia, quizás lloraba tantas mentiras aceptadas y las pausas resultaban respiraciones suspendidas.
El hombre, al borde del naufragio, levantó las solapas de su impermeable como si lo pudiera proteger de la inclemencia. La cara, una parte visible de la piel empapada era el muelle que resistía ese destino de oleaje celeste. Era furiosa la permanencia, quizás había llegado el momento de no dejar huella alguna de la calamidad que los habitantes llevaban inventariado.
Que pensaba el hombre, no era seguro adivinar, la tormenta se llevaba todo hasta las ideas. Esa sensación de vacío, sí la tuvo ella, detrás de la vidriera del bar; la lluvia desdibuja hasta la gracia, deforma y vuelve grotescas las formas, que parecen definitivas.
El café agonizaba tibiezas, como certezas ella. Las luces encendidas de las calles, parpadeaban ahogadas, incapaces de resistir la revelación de la tormenta. No recordaba cuanto tiempo llevaba absorta en el sesgo de las gotas, en la melodía sobre la superficie vidriada, ni en los navegantes de esa tarde casi noche que avanzaba implacable, sobre las certidumbres. Los pasajeros de la búsqueda incierta, sorprendidos por la desapacible sensación, dudaban de una presencia delicada y digna de otros abrigos. Los compulsaba cierto impulso protector. “El escalón del diablo, se desciende imperceptiblemente”, se dijo ella, al advertir alguna gentileza abortada por su propia indiferencia, fascinada por el galope encabritado de las hojas mojadas, que el viento arrastraba hacia un inquieto destino. Vio como sorteaban escollos, abrazaban árboles, ahogaban sumideros, barrían plazas, subían desesperadas, luego de un ramalazo, gritando en silencio por detenerse a tiempo pero, inútil, se estrellaban una y otra vez sobre curiosos escollos clavados contra el tiempo, negándose a rendir en la penúltima batalla; los añosos cipreses resignando corteses, sauces más llorosos que nunca declinaban consuelos, y la escuela de la vida, como siempre, carecía de asistencias; todos buscaban amparo y ansiedad de otras calideces.
Ella quería entender por qué la potencia desatada provocaba un temor incierto en los otros. Por qué esa duda brutal. Por qué ese desangrar los sentidos, llevaba pavor como una maldición.
Si el tiempo nos besa salvajemente, provocando el escándalo sensorial. Todo está por lograrse, los espacios se multiplican, los ceden aquellos apresurados en regresos previsibles. Rechazan la invitación a los olvidos, la aceleración del nunca más y el hormigueo que circula implacable, sobre todo en momentos en que están sobrando las penas. Pero, la secreta alegría, llegaba de regiones remotas que nunca pudo precisar. Eran avisos imperceptibles que se agitaban invisibles para el resto.
Un macetero rectangular de blancas siempre vivas, se revolvió imprevistamente para que el gato amarillo atigrado y pecho blanco, pegara sus ojos verdes, indescifrables, al vidrio que lo separaba del interior del lugar y el calor necesario. Ella pegó su bello rostro y los ojos de ambos parecieron soldar abismos. El gato replegado sobre sí, dejó de eludir la lluvia. Ella sospechó que ronroneaba, llamando visceralmente, por otras pertenencias.
Así estaban enfrascados cuando el hombre cruzó a pasos largos la avenida rumorosa, fruto del caudal de agua que se llevaba pasados. Ellos no lo vieron. Sonrió por el paisaje a pesar de portar el agua del diluvio. Entró al lugar y tomó asiento luego de entregar su impermeable empapado; el servicio caliente llegó rápido, la soledad ayuda y entretiene. Bebió su brandy a temperatura de brandy, como se debe y pasó a repasar el cuadro de la mujer y el gato, ajenos al mundo y a la vida. Sus ojos oscuros flamearon levemente, tal vez una postal perdida en algún aeropuerto inubicable, un vuelo que no debía tomarse y él no tomó, un vuelo que si tomó esa parte faltante de la postal. Un esfuerzo tardío por detenerla. La resistencia temporal de quien sería esquirla a 33 mil píes de altura.
Lo cierto que la reminiscencia era demasiado fuerte, casi tanto como el tiempo sin preguntarse ni preguntar. Era casi imprescindible averiguar. Garabateó una servilleta, apresurado por urgencias no del todo claras. Ella recibió del mozo el mensaje y sin volver la cabeza asintió. Su romance con el gato enhiesto, el pelo erizado pese al agua y el lomo arqueado, progresaba en la fogosidad de los espejos de sus propias miradas. Siguieron ajenos, en tanto el hombre cambió de sitio. Sus palabras parecían temblorosas, apremiantes; interrogantes agolpados que desandaban los muros de silencios demasiados prolongados. Ella cada tanto sonreía sin dejar de sostener la fijeza del gato. El monólogo llevó su tiempo, sin que amainara la tempestad. El sonido sordo del exterior impedía saber a oídos profanos, la naturaleza casi desesperada que se adivinaba en los gestos de él.
Pareció que la catarata de palabras declinaba intensidad. Era evidente que no progresaba la búsqueda de certezas. Un rayo atravesó el futuro pero el gato no se movió. Ella miró el cielo, casi como respondiendo a un llamado. Se levantó de la mesa con la misma gracia de gestos y sus felinos movimientos fueron seguidos por los escasos habitantes, el hombre y el gato inmóvil, que parecía aguardar. Ella abrió la puerta del local y la violencia de la ráfaga del viento dispersó manteles. Sin volver la cabeza ni mirar a los costados cruzó la avenida, el gato la siguió. El hombre, inquieto por la actitud se puso de pie dispuesto a seguirla, pero súbitamente se detuvo. En la mitad de la avenida ella y el gato desaparecieron, no alcanzaron a llegar al otro lado. Cerró los ojos, seguro de un engaño producto de la vidriera que deformaba figuras, se asomó. Lo curioso es que ella no estaba. La lluvia había cesado. Más curioso aún, todo estaba seco como si nunca la tormenta hubiese ocurrido. Volvió la cabeza buscando la referencia, como auxilio. Sólo la plaza. No había a sus espaldas ningún local. Miró el cielo, pero no encontró nada y se fue.
Angeles Charlyne
De la serie: “La Puerta que…”
domingo, 22 de mayo de 2011
Perros azules
Manipulación genética III
T/M
60x70
El galgo -esculpido en bronce-, se erguía sobre los techos altos del castillo. Una muestra de poderío que imponía limites y marcaba territorios. Sólo algunos habitantes podían traducir la sensación, puesto que para todos era único en su especie. Sus propietarios los Ibañez Calderón, gente de alcurnia, irreprochable linaje y misteriosas leyendas, habían cruzado, obsesivos, buscando la experiencia tonal con otros, hasta lograr una raza capaz de provocar curiosidad y espanto.
Arturo Ibañez Calderón -único y último descendiente-, todos los días cuando caía la tarde, se enfundaba en su largo sobretodo negro, casi un presagio, calaba el sombrero tejano y salía a pasearse por las calles del pueblo, acompañado del último cruce, un galgo pero azul. Nadie se atrevía a acercársele ni a enfrentarlo ya que provocaba temor a algunos lugareños que no conocían sucesos y el temor es hijo de lo desconocido. No les quedaban claros los comentarios, las historias y mucho menos las histerias. Tampoco se animaron a traspasar la frondosa arboleda, donde pacían otras figuras dispersas, en un orden invisible para el conocimiento ajeno y que separaba la verja principal de los intrusos, en esos jardines del paraíso privado, donde verlo crecer, era derivar hasta un estandarte de guerra.
Contaba la gente, "que las bestias allí inmóviles, por las noches salían del letargo y bajaban para adueñarse de las almas". La luna llena, esa tarde noche, se expandía abierta y luminosa por el firmamento. Libre, una mujer desinhibida vagaba por el cielo, desnuda y sensual, como la otra, que visitaba los pensamientos de Arturo, "ella es carne de perros" le escuchó decir a Rudesindo, su sirviente, casi tan anciano como él, aunque no hiciera comentarios.
La madre de Arturo había criado a Rudesindo como si fuera otro hijo propio, encomendándole al de sus entrañas que, cuando faltara, no se apartara de él para poder cuidarlo, ya que le habían diagnosticado una rara enfermedad, originada en la lejana aldea donde lo encontró desangrado, sediento, hambriento, succionando vísceras y comiendo coágulos casi resecos de un animal."El hombre, para ese entonces niño, pudo sobrevivir a los ataques de unas extrañas alimañas -decían-, que se dieron cita para acabar con todos los habitantes del lugar. Rudesindo, por una desconocida razón pudo salvarse", contaba Eriberto, hombre conocedor de viejas y extrañas leyendas.
Arturo, quiso hurgar en el secreto de su hermanastro, para parecérsele; lo envidiaba por lo que no sabía y su reconocida valentía, pero su madre le resultó infranqueable, no le permitió conocer dato alguno, llevándoselo a la tumba. Luego, con el tiempo, un tío, le prestó zozobras, hablándole del pacto realizado por Rudesindo, con sangre y esperma, ante unas bestias, que habían vivido en el año seiscientos y llegaron para asolar, coincidiendo con Eriberto.
Muerta la madre, Arturo heredó sus bienes, desobedeciendo el pedido. Resentido por la resistencia a su confesión y otras diferencias invisibles, más la avaricia, sometió a su casi hermano a crueles golpizas, aplicándole todo tipo de castigos y la esclavitud; la pasividad de Rudesindo, lo exasperaba y diabolizó la sospecha de experimentar la búsqueda del descubrimiento, con la silenciosa y estoica domesticidad del otro, hasta llevarlo al fuego, impregnándolo junto a otros metales, buscando obtener el camino de la mutación, bruñendo su cuerpo para llegar al oro. Después, luego de lograr la forma imaginada, sin que nadie notara su ausencia, hizo desaparecer todo rastro humano, para exhibirlo como esfinge en la cúpula del castillo. Otros latidos se escucharon, reclamando, pero esta era otra vida a resolver.
La vieja Hermelinda tiró el mazo de naipes -legado de su tatarabuela-, cacique de una tribu salvaje, que ejercía el poder de las medicinas mágicas, que alivian o cargan el espíritu
-según el caso-. Ansiosa, suspiró, esperando el resultado antes que el destino tendiera la red y diera el veredicto.
Ana, su joven visitante sentada frente a ella, con aire temeroso por el devenir, se frotaba las manos, tratando de eliminar la humedad de sus palmas.
La bruja miró la primera carta. La figura crucial -en ese mazo- era una montaña revuelta y estrujada por el río rojo, la dejó sin aliento. Recorrió las siguientes, para esperanzar un panorama alentador, pero la montaña roja se cubrió de imprevistas nubes, tan pesarosas y frías, que desmantelaron, en segundos, toda expectativa. Un aire gris, llegado de la cima, volcó la pila de cartas tomando formas de un camino de flores negras y mustias, un presagio que disipó el resto de las dudas. La bruja se persignó invocando a su dios, para que aplacara tanta calamidad a la vista. El dios no llegó, dejando a la sorpresa pegada a la mesa, como un escupitajo contra el piso.
Ana abrió grandes los ojos, retirando su cuerpo que se había adherido a la mesa, violentamente, ante la revelación. Los golpes en la puerta de entrada apartaron a las mujeres de la fascinación y el abismo, un regreso a la superficie.
La dueña de casa se levantó para ver de quien se trataba La niebla, afuera, tendía cortinas que cerraban espacios. Se colocó las gafas que sostenían sus manos temblorosas, para vislumbrar la silueta negra, que se aproximaba, envuelta en la veladura reinante. El galgo azul, asido por una correa, lamía la bota manga del hombre; luego, babeando, se echó a su costado aceptando ser domesticado, tras el latigazo que dejó lugar al ladrido.
-Busco a Ana- dijo el hombre, retirando el sombrero, que dejó al descubierto una cabeza cana. Los ojos perlados de Arturo brillaron como diamantes, ante la luz, en medio de la oscuridad y el deseo.
-¿Para qué la busca? -preguntó la maga.
-Quiero hacerla mi mujer -anunció él.
Hermelinda se sostuvo del marco y sorprendida acusó, -¡Sí podría ser su hija!... ¿cómo dice eso?
-Lo que escucha señora, me la llevaré -dijo, apartando a la vieja hacia un costado y tomando por la fuerza a la joven mujer.
Ana, tenía veinte años, era menuda, de ojos oscuros y piel aceitunada. Se la veía fuerte a pesar de su fragilidad, luchaba para liberarse del hombre que la arrastraba, tomándola por los cabellos.
Caminaron como borrachos, enderezando senderos, dirigiéndose al castillo. Los lugareños, circunstanciales testigos en las sombras, observaron como las tres figuras se alejaban, trasmutadas, una sinfonía de azules en cuatro patas, recorriendo caminos polvorientos; azules, radiantes, ladrando, mordiendo y devorando los zócalos de la noche.
Angeles Charlyne
Manipulación genética IV
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T/M
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El galgo -esculpido en bronce-, se erguía sobre los techos altos del castillo. Una muestra de poderío que imponía limites y marcaba territorios. Sólo algunos habitantes podían traducir la sensación, puesto que para todos era único en su especie. Sus propietarios los Ibañez Calderón, gente de alcurnia, irreprochable linaje y misteriosas leyendas, habían cruzado, obsesivos, buscando la experiencia tonal con otros, hasta lograr una raza capaz de provocar curiosidad y espanto.
Arturo Ibañez Calderón -único y último descendiente-, todos los días cuando caía la tarde, se enfundaba en su largo sobretodo negro, casi un presagio, calaba el sombrero tejano y salía a pasearse por las calles del pueblo, acompañado del último cruce, un galgo pero azul. Nadie se atrevía a acercársele ni a enfrentarlo ya que provocaba temor a algunos lugareños que no conocían sucesos y el temor es hijo de lo desconocido. No les quedaban claros los comentarios, las historias y mucho menos las histerias. Tampoco se animaron a traspasar la frondosa arboleda, donde pacían otras figuras dispersas, en un orden invisible para el conocimiento ajeno y que separaba la verja principal de los intrusos, en esos jardines del paraíso privado, donde verlo crecer, era derivar hasta un estandarte de guerra.
Contaba la gente, "que las bestias allí inmóviles, por las noches salían del letargo y bajaban para adueñarse de las almas". La luna llena, esa tarde noche, se expandía abierta y luminosa por el firmamento. Libre, una mujer desinhibida vagaba por el cielo, desnuda y sensual, como la otra, que visitaba los pensamientos de Arturo, "ella es carne de perros" le escuchó decir a Rudesindo, su sirviente, casi tan anciano como él, aunque no hiciera comentarios.
La madre de Arturo había criado a Rudesindo como si fuera otro hijo propio, encomendándole al de sus entrañas que, cuando faltara, no se apartara de él para poder cuidarlo, ya que le habían diagnosticado una rara enfermedad, originada en la lejana aldea donde lo encontró desangrado, sediento, hambriento, succionando vísceras y comiendo coágulos casi resecos de un animal."El hombre, para ese entonces niño, pudo sobrevivir a los ataques de unas extrañas alimañas -decían-, que se dieron cita para acabar con todos los habitantes del lugar. Rudesindo, por una desconocida razón pudo salvarse", contaba Eriberto, hombre conocedor de viejas y extrañas leyendas.
Arturo, quiso hurgar en el secreto de su hermanastro, para parecérsele; lo envidiaba por lo que no sabía y su reconocida valentía, pero su madre le resultó infranqueable, no le permitió conocer dato alguno, llevándoselo a la tumba. Luego, con el tiempo, un tío, le prestó zozobras, hablándole del pacto realizado por Rudesindo, con sangre y esperma, ante unas bestias, que habían vivido en el año seiscientos y llegaron para asolar, coincidiendo con Eriberto.
Muerta la madre, Arturo heredó sus bienes, desobedeciendo el pedido. Resentido por la resistencia a su confesión y otras diferencias invisibles, más la avaricia, sometió a su casi hermano a crueles golpizas, aplicándole todo tipo de castigos y la esclavitud; la pasividad de Rudesindo, lo exasperaba y diabolizó la sospecha de experimentar la búsqueda del descubrimiento, con la silenciosa y estoica domesticidad del otro, hasta llevarlo al fuego, impregnándolo junto a otros metales, buscando obtener el camino de la mutación, bruñendo su cuerpo para llegar al oro. Después, luego de lograr la forma imaginada, sin que nadie notara su ausencia, hizo desaparecer todo rastro humano, para exhibirlo como esfinge en la cúpula del castillo. Otros latidos se escucharon, reclamando, pero esta era otra vida a resolver.
La vieja Hermelinda tiró el mazo de naipes -legado de su tatarabuela-, cacique de una tribu salvaje, que ejercía el poder de las medicinas mágicas, que alivian o cargan el espíritu
-según el caso-. Ansiosa, suspiró, esperando el resultado antes que el destino tendiera la red y diera el veredicto.
Ana, su joven visitante sentada frente a ella, con aire temeroso por el devenir, se frotaba las manos, tratando de eliminar la humedad de sus palmas.
La bruja miró la primera carta. La figura crucial -en ese mazo- era una montaña revuelta y estrujada por el río rojo, la dejó sin aliento. Recorrió las siguientes, para esperanzar un panorama alentador, pero la montaña roja se cubrió de imprevistas nubes, tan pesarosas y frías, que desmantelaron, en segundos, toda expectativa. Un aire gris, llegado de la cima, volcó la pila de cartas tomando formas de un camino de flores negras y mustias, un presagio que disipó el resto de las dudas. La bruja se persignó invocando a su dios, para que aplacara tanta calamidad a la vista. El dios no llegó, dejando a la sorpresa pegada a la mesa, como un escupitajo contra el piso.
Ana abrió grandes los ojos, retirando su cuerpo que se había adherido a la mesa, violentamente, ante la revelación. Los golpes en la puerta de entrada apartaron a las mujeres de la fascinación y el abismo, un regreso a la superficie.
La dueña de casa se levantó para ver de quien se trataba La niebla, afuera, tendía cortinas que cerraban espacios. Se colocó las gafas que sostenían sus manos temblorosas, para vislumbrar la silueta negra, que se aproximaba, envuelta en la veladura reinante. El galgo azul, asido por una correa, lamía la bota manga del hombre; luego, babeando, se echó a su costado aceptando ser domesticado, tras el latigazo que dejó lugar al ladrido.
-Busco a Ana- dijo el hombre, retirando el sombrero, que dejó al descubierto una cabeza cana. Los ojos perlados de Arturo brillaron como diamantes, ante la luz, en medio de la oscuridad y el deseo.
-¿Para qué la busca? -preguntó la maga.
-Quiero hacerla mi mujer -anunció él.
Hermelinda se sostuvo del marco y sorprendida acusó, -¡Sí podría ser su hija!... ¿cómo dice eso?
-Lo que escucha señora, me la llevaré -dijo, apartando a la vieja hacia un costado y tomando por la fuerza a la joven mujer.
Ana, tenía veinte años, era menuda, de ojos oscuros y piel aceitunada. Se la veía fuerte a pesar de su fragilidad, luchaba para liberarse del hombre que la arrastraba, tomándola por los cabellos.
Caminaron como borrachos, enderezando senderos, dirigiéndose al castillo. Los lugareños, circunstanciales testigos en las sombras, observaron como las tres figuras se alejaban, trasmutadas, una sinfonía de azules en cuatro patas, recorriendo caminos polvorientos; azules, radiantes, ladrando, mordiendo y devorando los zócalos de la noche.
Angeles Charlyne
Manipulación genética IV
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martes, 17 de mayo de 2011
Sólo los no y las nada
"La lágrima"
-Gouache-
Ella estaba de espaldas a la fuente, iba a arrojar su moneda. Cerró los ojos fuertemente dispuesta a poner todas sus fuerzas para que los deseos resultaran ciertos. Creía en esas cosas y, además, la fuente era infalible según comentaban.
Los ejemplos no sobraban en su inventario, por eso se repetía, en ese último día del año y casi en el último minuto de ese último día, que había recorrido un largo camino, para formularse la esperanza.
Antes de llevar su mano hacia atrás, rumbo a la fuente, decidió abrir los ojos para mirar el cielo e invocar. Antes, también, su mirada tropezó con la figura de la mujer harapienta de edad indefinible, ¿por qué no la suya?, que miraba fijamente los prolegómenos de su propia ceremonia.
Se preguntó si podría preguntarle, pero la fijeza le hizo desistir. Además ya no le quedaba tiempo, según el gigantesco reloj luminoso que pautaba la algarabía ceremonial. Sin embargo, por esa misma razón o tal vez por algún cargo secreto de su conciencia, se prometió no marcharse inmediatamente y arrojar su moneda, luego de invocar los deseos de cambio: eliminar todas sus negatividades, suprimir la larga cadena de no... que fueron tapizando sus decisiones, las vacilaciones con que supo decir nada, tantas veces, que dejaron de ser razones.
Ese segundo previo le mostró la senda no frecuentada, como debió transitar, de las acciones positivas.
Los temores. Las limitaciones que se impusiera. Las oportunidades que dejó pasar, por conjeturar sin asidero, para no arriesgar un desengaño, multiplicaron escollos para caminar libre y abierta, capaz de responder a su propia esencia, esa que la sacudió con rudeza… la vida, cuando se llevó sueños, amor, esperanzas, sus mejores intenciones, para dejarla con la página en blanco que se negó a escribir.
Vio y se vio furiosa. Desatada por la propia incomprensión de un destino que nunca supuso para ella y castigó su propia esperanza, encarcelando la posibilidad. Se rehizo, en cierta forma, pero privando a sus emociones de toda capacidad de percibir y aceptar. Materializó la realidad y conforme a eso hizo sólida su relación con la sobrevivencia, alejándose cada vez más del desamparo desatado por los otros.
¿Privaciones? ¿Desamparo? ¿Miseria?, su pensamiento revisaba, egoísta, su historia cuando la recordó.
Volvió a mirar a la mujer harapienta. Seguía allí con la fijeza puesta más allá, tal vez de ella misma o a través suyo, pero trascendida y, nuevamente, no le habló.
Ese inmedible tiempo de la reflexión del último minuto del año, que le pareció exagerado, le permitió arrojar al agua de la eternidad y su curso, todos los no y las nada, que supo acumular para dejar de ser.
El penúltimo relámpago iluminó el pasado, se le antojó árido y no supo explicarse como se lo había permitido. Como la clausura había decidido dejar sin puertas ni ventanas, el rumbo de sus sentidos. La sombría desesperación que la había traído a este segundo ¿final?, ¿previo?, por el que había derivado sin haberlo sospechado. Es que esa noche, además última del milenio, no había registrado para ella ninguna decisión previa.
Repasó, sorprendida, que ni siquiera hubo vacilaciones capaces de imprimir el rumbo de sus pasos hacia la histórica fuente. Es más, estaba segura, que su solidez la había modelado a prueba de sensiblerías, se dijo.
Era exitosa. Era hija de la dura disciplina que le permitió erradicar todo sentimiento de su vida, todo aquello que la pusiera en riesgo, por eso aprendió a comprar todo, incluso el placer.
Esa larga fuga hacia atrás, hacia el pasado, se acumuló en la inspiración profunda. Retuvo el aire y sus pulmones le parecieron a punto de estallar. Decidió exhalar y concretar la decisión. Su brazo, raudo, como portando la espada invisible del arcángel, viajó en el tiempo por el precio de esa moneda con la que comprometía el futuro.
Arrojó la moneda que tintineó en la fuente, donde otras múltiples muestras que devolvía la luz con su presencia titilante, quedaban como tributo o pesca certera de los descreídos. Volvió a pensar en la mujer y en que, quizás, estaba esperando que se marchara para apoderarse de su moneda, sin saber que allí moraba tanta sombra. Se enojó con ella, mentalmente, por suponerla ladrona de sueños.
El estruendo, los bullicios propios de la fiesta la rescataron. Sonrió y le sonrió. La mueca ganó el espacio con toda la incredulidad posible.
La mujer harapienta, seguía en la misma posición. Lo único distinto era la moneda en la palma de su mano y las dos lágrimas que trazaron sus mejillas, rumbo a la nada, por no haberse atrevido.
Angeles Charlyne
De "La puera que..."
-Gouache-
Ella estaba de espaldas a la fuente, iba a arrojar su moneda. Cerró los ojos fuertemente dispuesta a poner todas sus fuerzas para que los deseos resultaran ciertos. Creía en esas cosas y, además, la fuente era infalible según comentaban.
Los ejemplos no sobraban en su inventario, por eso se repetía, en ese último día del año y casi en el último minuto de ese último día, que había recorrido un largo camino, para formularse la esperanza.
Antes de llevar su mano hacia atrás, rumbo a la fuente, decidió abrir los ojos para mirar el cielo e invocar. Antes, también, su mirada tropezó con la figura de la mujer harapienta de edad indefinible, ¿por qué no la suya?, que miraba fijamente los prolegómenos de su propia ceremonia.
Se preguntó si podría preguntarle, pero la fijeza le hizo desistir. Además ya no le quedaba tiempo, según el gigantesco reloj luminoso que pautaba la algarabía ceremonial. Sin embargo, por esa misma razón o tal vez por algún cargo secreto de su conciencia, se prometió no marcharse inmediatamente y arrojar su moneda, luego de invocar los deseos de cambio: eliminar todas sus negatividades, suprimir la larga cadena de no... que fueron tapizando sus decisiones, las vacilaciones con que supo decir nada, tantas veces, que dejaron de ser razones.
Ese segundo previo le mostró la senda no frecuentada, como debió transitar, de las acciones positivas.
Los temores. Las limitaciones que se impusiera. Las oportunidades que dejó pasar, por conjeturar sin asidero, para no arriesgar un desengaño, multiplicaron escollos para caminar libre y abierta, capaz de responder a su propia esencia, esa que la sacudió con rudeza… la vida, cuando se llevó sueños, amor, esperanzas, sus mejores intenciones, para dejarla con la página en blanco que se negó a escribir.
Vio y se vio furiosa. Desatada por la propia incomprensión de un destino que nunca supuso para ella y castigó su propia esperanza, encarcelando la posibilidad. Se rehizo, en cierta forma, pero privando a sus emociones de toda capacidad de percibir y aceptar. Materializó la realidad y conforme a eso hizo sólida su relación con la sobrevivencia, alejándose cada vez más del desamparo desatado por los otros.
¿Privaciones? ¿Desamparo? ¿Miseria?, su pensamiento revisaba, egoísta, su historia cuando la recordó.
Volvió a mirar a la mujer harapienta. Seguía allí con la fijeza puesta más allá, tal vez de ella misma o a través suyo, pero trascendida y, nuevamente, no le habló.
Ese inmedible tiempo de la reflexión del último minuto del año, que le pareció exagerado, le permitió arrojar al agua de la eternidad y su curso, todos los no y las nada, que supo acumular para dejar de ser.
El penúltimo relámpago iluminó el pasado, se le antojó árido y no supo explicarse como se lo había permitido. Como la clausura había decidido dejar sin puertas ni ventanas, el rumbo de sus sentidos. La sombría desesperación que la había traído a este segundo ¿final?, ¿previo?, por el que había derivado sin haberlo sospechado. Es que esa noche, además última del milenio, no había registrado para ella ninguna decisión previa.
Repasó, sorprendida, que ni siquiera hubo vacilaciones capaces de imprimir el rumbo de sus pasos hacia la histórica fuente. Es más, estaba segura, que su solidez la había modelado a prueba de sensiblerías, se dijo.
Era exitosa. Era hija de la dura disciplina que le permitió erradicar todo sentimiento de su vida, todo aquello que la pusiera en riesgo, por eso aprendió a comprar todo, incluso el placer.
Esa larga fuga hacia atrás, hacia el pasado, se acumuló en la inspiración profunda. Retuvo el aire y sus pulmones le parecieron a punto de estallar. Decidió exhalar y concretar la decisión. Su brazo, raudo, como portando la espada invisible del arcángel, viajó en el tiempo por el precio de esa moneda con la que comprometía el futuro.
Arrojó la moneda que tintineó en la fuente, donde otras múltiples muestras que devolvía la luz con su presencia titilante, quedaban como tributo o pesca certera de los descreídos. Volvió a pensar en la mujer y en que, quizás, estaba esperando que se marchara para apoderarse de su moneda, sin saber que allí moraba tanta sombra. Se enojó con ella, mentalmente, por suponerla ladrona de sueños.
El estruendo, los bullicios propios de la fiesta la rescataron. Sonrió y le sonrió. La mueca ganó el espacio con toda la incredulidad posible.
La mujer harapienta, seguía en la misma posición. Lo único distinto era la moneda en la palma de su mano y las dos lágrimas que trazaron sus mejillas, rumbo a la nada, por no haberse atrevido.
Angeles Charlyne
De "La puera que..."
sábado, 14 de mayo de 2011
El tiempo se ha extraviado
"Universos lacerados"
T/m
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La ciudad hervía. Matilde decidió que lo mejor, como siempre, estaba afuera. Su cuerpo cubierto por una fina película de sudor, le anticipaba que ese día sería quizás algo más duro que los demás. Ni la ducha oportuna y salvadora le dio tregua a una hora de la mañana donde, siempre, se puede disponer la pausa previa al agobio.
Repasó la jornada que tenía por delante, sin agenda previa. Esto la fatigó más. Se mordió, nerviosamente el labio inferior contrastando la resistencia que debía acopiar para hacerse de energía suficiente.
Huyó, literalmente, de la cocina antes de la partida, razón por la cual se dijo que era la segunda cosa que tiraba al inicio de la jornada y se preguntó, ¿con cuantas otras, más o menos importantes, debía pagar el tránsito de un medio a otro, sin olvidar que podría ser de un miedo a otro?
El ascensor, silencioso, la descendió siete pisos ineludibles y respiró aliviada porque los contratiempos, ese día estaban ausentes. La recepción solitaria recibía a través de las superficies vidriadas, los primeros rayos del sol que, por la hora, visitaban el lugar templándolo, hasta que el aire condicionado -condicionado porque la condición dependía de un misterioso dispositivo automático-, virtualizaba la realidad.
También, se dijo, no quiero nada artificial, por lo menos hoy; quiero rescatar lo que haya de cierto en este día para mí. Cuando pensó en “cierto”, se estremeció. Cuatro celulares eran como demasiado costo para la prisión donde todos los controles funcionaban monitoreando su tiempo.
La computadora, esa mañana, clausurada cuando salió del piso, era una máscara oscura, indescifrable que se quedaba sin su cuota de alimento diario. En eso de alimentar los datos del mundo, estos esperarían turno para dar su informe, un tanto inquietos por la interrupción del sometimiento aquí, interrumpido.
Matilde volvió a sonreír al abrir la puerta del edificio, imponente para los otros, por supuesto. Ella hacía tiempo tenía el gusto domesticado, por las mismas circunstancias que le otorgaban un protagonismo, fatalmente presumible. A la cumbre llegan no sólo los mejores escaladores, también los más afortunados y ella reunió ambas cualidades en los momentos precisos, era una tiempista excepcional, en el territorio de las decisiones empresariales.
Sin embargo, la noche anterior decidió extraviar el tiempo.
Decidió que demasiado gobierno de los otros había terminado por controlar su vida y su tiempo. Se dijo que respirar algo distinto era imperioso.
Se dijo, también, que no haría nada absolutamente igual a cada día cronometrado al que estaba acostumbrada y resignada. Condenada al éxito y se rió con ganas de la frase que han utilizado propios y extraños, para hacer ajenos los designios inescrutables del destino.
Hoy su voluntad había decidido otra cosa, sin pensarlo y eso la asustó, porque de pensar se trató el eslabonamiento de su fantástico vuelo imperial. Pero no dudó y eso la asombró no porque la duda era una manifestación del temor. Simplemente era su herramienta favorita para elegir, velozmente, el camino allanado de las decisiones.
Al pisar la vereda, prolija, limpia, rodeada de canteros floridos, decidió primero aspirar el aire todavía perfumado, antes del gesto heroico -para ella- que significaba arrojar esa agenda aprisionante, al primer cesto verde y gigante, donde ese día sepultaba la suma de causalidades que determinaban la acción del rumbo de su responsabilidad.
El sudor en ese momento le pareció una buena demostración de indiferencia oportuna. “No voy a programar falsedades, por lo menos hoy”, se dijo cuando miró a la cara de la necesidad de la gente que revolvía basura en la puerta del lujoso restaurante y después de obviar la búsqueda del automóvil poderoso, color oro; buena elección, le ponderaron sus pares junto al linaje alemán que otorgaba suficiencias para el exceso, como si cada escalón social se abonara con mayor exposición pública. El encargado, sorprendido, la vio pasar de paso ligero. Vaciló ante la miseria, pero apretó los dientes dispuesta a no mentirse, por eso el encargado de la limpieza del restaurante, fue su cómplice en la ración acordada -con gestos y sin detenerse-, para que una comida, por lo menos una, les llegara a tiempo en el destiempo de un país sin rumbo y conducido por enanos espirituales.
A su regreso del día siguiente esa cuenta se saldaría.
Cruzó la avenida, con aire decidido y en el siguiente cesto abandonó su carterón ejecutivo.
Con las manos libres y braceando al sol, notó que su paso se aceleraba. En un montículo de la plaza una mariposa, grande, amarilla y negra, batallaba para emprender el vuelo. Cuando Matilde llegó a su lado, dejó de moverse. Luego en un gesto imperceptible pareció cursarle una invitación.
Matilde sonrió incrédula con la idea. Luego dejó de hacerlo cuando notó que, desde cierta altura, las cosas se empequeñecían y el aire lucía más fresco.
Angeles Charlyne
De “Qué tiras al agua?”
T/m
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La ciudad hervía. Matilde decidió que lo mejor, como siempre, estaba afuera. Su cuerpo cubierto por una fina película de sudor, le anticipaba que ese día sería quizás algo más duro que los demás. Ni la ducha oportuna y salvadora le dio tregua a una hora de la mañana donde, siempre, se puede disponer la pausa previa al agobio.
Repasó la jornada que tenía por delante, sin agenda previa. Esto la fatigó más. Se mordió, nerviosamente el labio inferior contrastando la resistencia que debía acopiar para hacerse de energía suficiente.
Huyó, literalmente, de la cocina antes de la partida, razón por la cual se dijo que era la segunda cosa que tiraba al inicio de la jornada y se preguntó, ¿con cuantas otras, más o menos importantes, debía pagar el tránsito de un medio a otro, sin olvidar que podría ser de un miedo a otro?
El ascensor, silencioso, la descendió siete pisos ineludibles y respiró aliviada porque los contratiempos, ese día estaban ausentes. La recepción solitaria recibía a través de las superficies vidriadas, los primeros rayos del sol que, por la hora, visitaban el lugar templándolo, hasta que el aire condicionado -condicionado porque la condición dependía de un misterioso dispositivo automático-, virtualizaba la realidad.
También, se dijo, no quiero nada artificial, por lo menos hoy; quiero rescatar lo que haya de cierto en este día para mí. Cuando pensó en “cierto”, se estremeció. Cuatro celulares eran como demasiado costo para la prisión donde todos los controles funcionaban monitoreando su tiempo.
La computadora, esa mañana, clausurada cuando salió del piso, era una máscara oscura, indescifrable que se quedaba sin su cuota de alimento diario. En eso de alimentar los datos del mundo, estos esperarían turno para dar su informe, un tanto inquietos por la interrupción del sometimiento aquí, interrumpido.
Matilde volvió a sonreír al abrir la puerta del edificio, imponente para los otros, por supuesto. Ella hacía tiempo tenía el gusto domesticado, por las mismas circunstancias que le otorgaban un protagonismo, fatalmente presumible. A la cumbre llegan no sólo los mejores escaladores, también los más afortunados y ella reunió ambas cualidades en los momentos precisos, era una tiempista excepcional, en el territorio de las decisiones empresariales.
Sin embargo, la noche anterior decidió extraviar el tiempo.
Decidió que demasiado gobierno de los otros había terminado por controlar su vida y su tiempo. Se dijo que respirar algo distinto era imperioso.
Se dijo, también, que no haría nada absolutamente igual a cada día cronometrado al que estaba acostumbrada y resignada. Condenada al éxito y se rió con ganas de la frase que han utilizado propios y extraños, para hacer ajenos los designios inescrutables del destino.
Hoy su voluntad había decidido otra cosa, sin pensarlo y eso la asustó, porque de pensar se trató el eslabonamiento de su fantástico vuelo imperial. Pero no dudó y eso la asombró no porque la duda era una manifestación del temor. Simplemente era su herramienta favorita para elegir, velozmente, el camino allanado de las decisiones.
Al pisar la vereda, prolija, limpia, rodeada de canteros floridos, decidió primero aspirar el aire todavía perfumado, antes del gesto heroico -para ella- que significaba arrojar esa agenda aprisionante, al primer cesto verde y gigante, donde ese día sepultaba la suma de causalidades que determinaban la acción del rumbo de su responsabilidad.
El sudor en ese momento le pareció una buena demostración de indiferencia oportuna. “No voy a programar falsedades, por lo menos hoy”, se dijo cuando miró a la cara de la necesidad de la gente que revolvía basura en la puerta del lujoso restaurante y después de obviar la búsqueda del automóvil poderoso, color oro; buena elección, le ponderaron sus pares junto al linaje alemán que otorgaba suficiencias para el exceso, como si cada escalón social se abonara con mayor exposición pública. El encargado, sorprendido, la vio pasar de paso ligero. Vaciló ante la miseria, pero apretó los dientes dispuesta a no mentirse, por eso el encargado de la limpieza del restaurante, fue su cómplice en la ración acordada -con gestos y sin detenerse-, para que una comida, por lo menos una, les llegara a tiempo en el destiempo de un país sin rumbo y conducido por enanos espirituales.
A su regreso del día siguiente esa cuenta se saldaría.
Cruzó la avenida, con aire decidido y en el siguiente cesto abandonó su carterón ejecutivo.
Con las manos libres y braceando al sol, notó que su paso se aceleraba. En un montículo de la plaza una mariposa, grande, amarilla y negra, batallaba para emprender el vuelo. Cuando Matilde llegó a su lado, dejó de moverse. Luego en un gesto imperceptible pareció cursarle una invitación.
Matilde sonrió incrédula con la idea. Luego dejó de hacerlo cuando notó que, desde cierta altura, las cosas se empequeñecían y el aire lucía más fresco.
Angeles Charlyne
De “Qué tiras al agua?”
miércoles, 27 de abril de 2011
El día que el sol se marchó
-Ahora si que el sol se va marchar- , dijo el viejo sentado en la cumbre del médano lunático.
Estábamos en la última reserva verde que guardaba la costa, resistiendo inútilmente el avance de la civilización. Se veían venir las canchas de tenis, cabinas telefónicas para contactarse con el mundo, sea cual fuere el número que cada uno elija, para llegar con la fe de la religión marquetinera.
Un petirrojo sin miedo aparente, caminaba sobre la alfombra verde que amortiguaba hasta el sueño. Yo me quedé en silencio, porque con el viejo no me atrevía a preguntar. Elegí seguir la marcha del petirrojo, el vuelo circular de las mariposas amarillas que volaban rasantes, llegando desde el mar y pasando raudas sobre las ondulaciones doradas. Estaba confortable contra el tronco del árbol que setenta metros arriba y setenta años atrás, junto a otros tantos setenta compañeros, se erguían al costado de la ruta, que se extraviaba en el Alfar.
Los balnearios todavía eran libres para gente libre, para sueños libres. Nadie debía pedir permiso para llegar a la orilla del mar privado de toda privacidad, siempre parecía acogedora sobre todo a la hora en que las dos luces confundían. Es que las formas tribulan, mutan, se rozan, bailan danzas desesperadas, se acomodan a la percepción esquiva y se burlan, definitivamente, de nuestras obsesiones por precisarlas.
El viejo seguía con la mirada clavada en un horizonte invisible para todos menos para él. No era bueno buscar la dirección, puesto que el riesgo consistía en que nada podría coincidir, sobre todo si se admitía que el viejo había nacido en el mar.
El solía ver, mucho antes, todos los fenómenos probables y los otros, lo supe desde la primera vez porque su adopción para conmigo, siguió siendo siempre misteriosa. Llegaba inesperadamente, como las noticias, para pasar, beber, comer, quedarse y dejarse estar detrás del comentario, telegráfico, como su idioma críptico.
- Anoche, decidió morirse la noche- anunció sin solemnidad, casi monocorde. Su voz se deslizaba a cubierto de la brisa salobre, siempre me maravilló que se lo podía escuchar aún en el mayor estruendo del oleaje, las tormentas y murmullos indiscretos. Su voz parecía graduarse sin perder volumen.
Me volví para mirarlo, el sol había bruñido su figura y el pelo blanco, largo tenso, duro de agua de mar, había dejado de lavarlo para impregnarlo y uno tenía la certeza imposible que sería, ya que hablamos de ellos, por supuesto imposible, volverlo a su textura natural. Las arrugas eran sólo referencias, dunas leves según el rictus de la concentración y su fortaleza física parecía intacta. Un misterio de permanencia. Una estatua de sal.
Unos pantalones descoloridos sobre la rodilla eran el muelle para una blanca alguna vez y raída camiseta que dejaba al descubierto sus brazos desnudos. Llegaba y se iba con el sigilo de los animales del bosque. Ese era su bosque y se sabía el alfarero del lugar. Descender de él para llegar al mar, cuando el sol del mediodía picaba, requería toda una estrategia, para todos menos para él, quien parecía nacido para caminar sobre las brasas sin quemarse.
Decidí esperar los comentarios siguientes, seguro que ello ocurriría. Supe domar la impaciencia y cierta indolencia a la hora de escucharlo. Nada hay peor que la indiferencia deliberada. Yo había aprendido a no ser alcanzado por esa calamidad del desapego.
-El sol se va al velatorio en el cielo y va a tardar en volver – me dijo en un murmullo, como esperando que no lo oyera y mucho menos le creyera.
Miré y el cielo no mostraba ningún indicio extraño. Quise convencerme que los misterios no suceden porque sí. Quise legitimar la imprudencia de la duda. El no me miraba, apenas dejaba deslizar algún grano de arena que se desvanecía en el aire. Pensé en como ser cortés ante la revelación, sin intentar salir corriendo.
- ¿Y después qué? -, alcancé a administrar mi gentileza indiferente.
El no se movió aunque un brillo imperceptible rodó en sus ojos grises.
-¿Y quién se dará cuenta de esto, si nada cambiará?, ni el hambre en el mundo, ni los hijos del abandono, ni las madres del dolor, ni la violencia, ni la injusticia, ni la traición, ni la ingratitud, ni siquiera los amores no correspondidos…- resignó diciendo con la convicción que otorga el futuro.
- Pero hay un después para todo- argüí, sólo para molestarlo.
El eligió no responder y bajar a la playa cuando la pleamar juega sus trampas al abismo de la inconsciencia humana. Lo vi deslizarse en el agua. No nadó paralelo a la orilla. Las brazadas, rítmicas, lo alejaban con majestuosa lentitud y su figura cabalgaba las olas con seguridad y sin fatigas; en el fondo, donde la sudestada arma su cigarro de viento, que barre las costas del otro país, socio de orillas y disputas, se alzaba un muro verde que pareció erguirse, como dos torres gemelas regresando del terror. Era un paisaje demoledor, ver esas moles de agua que amagaban por la distancia, derrumbar hasta las verdades construidas y aceptadas.
El iba recto, como a una cita con el destino y pensé en el peso de la catedral gótica inundada de gotas dispuestas a lavar una afrenta incompresible.
Cuando estaba a punto de ser punto en la inmensidad, me pareció verle agitar un brazo, espejismo de distancias nunca concedidas. Creí entender, o tal vez me convenía pensar así, que la señal tenía que ver con el después. Esa ola, esta torre acumulada estaba encima de él y cuando la cresta que hubiera acobardado al mejor surfista, comenzó a descender y deslizarse, sentí certezas irracionales que parecían comenzar a desplegarse ante mi vista y la de aquellos que pudieran advertirlo.
Lo cierto es que, maquinalmente, revisé el reloj de la torre de Alfar. La hora marchaba vertiginosa rumbo a la medianoche, era de día y la claridad no pareció ser notada por la gente. Yo había perdido el desconcierto en algún recodo de la vida. Volví a mirar al mar, la maravilla transparente pero arrasadora aumentó la velocidad y por un segundo murió el murmullo del mar.
Ya era tarde para todo. Nadie podía adivinar que el luto por la noche, era el llanto del sol desalentado que se negaba volver a espiar.
Angeles Charlyne
“Constructivismo I Inacción”
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Estábamos en la última reserva verde que guardaba la costa, resistiendo inútilmente el avance de la civilización. Se veían venir las canchas de tenis, cabinas telefónicas para contactarse con el mundo, sea cual fuere el número que cada uno elija, para llegar con la fe de la religión marquetinera.
Un petirrojo sin miedo aparente, caminaba sobre la alfombra verde que amortiguaba hasta el sueño. Yo me quedé en silencio, porque con el viejo no me atrevía a preguntar. Elegí seguir la marcha del petirrojo, el vuelo circular de las mariposas amarillas que volaban rasantes, llegando desde el mar y pasando raudas sobre las ondulaciones doradas. Estaba confortable contra el tronco del árbol que setenta metros arriba y setenta años atrás, junto a otros tantos setenta compañeros, se erguían al costado de la ruta, que se extraviaba en el Alfar.
Los balnearios todavía eran libres para gente libre, para sueños libres. Nadie debía pedir permiso para llegar a la orilla del mar privado de toda privacidad, siempre parecía acogedora sobre todo a la hora en que las dos luces confundían. Es que las formas tribulan, mutan, se rozan, bailan danzas desesperadas, se acomodan a la percepción esquiva y se burlan, definitivamente, de nuestras obsesiones por precisarlas.
El viejo seguía con la mirada clavada en un horizonte invisible para todos menos para él. No era bueno buscar la dirección, puesto que el riesgo consistía en que nada podría coincidir, sobre todo si se admitía que el viejo había nacido en el mar.
El solía ver, mucho antes, todos los fenómenos probables y los otros, lo supe desde la primera vez porque su adopción para conmigo, siguió siendo siempre misteriosa. Llegaba inesperadamente, como las noticias, para pasar, beber, comer, quedarse y dejarse estar detrás del comentario, telegráfico, como su idioma críptico.
- Anoche, decidió morirse la noche- anunció sin solemnidad, casi monocorde. Su voz se deslizaba a cubierto de la brisa salobre, siempre me maravilló que se lo podía escuchar aún en el mayor estruendo del oleaje, las tormentas y murmullos indiscretos. Su voz parecía graduarse sin perder volumen.
Me volví para mirarlo, el sol había bruñido su figura y el pelo blanco, largo tenso, duro de agua de mar, había dejado de lavarlo para impregnarlo y uno tenía la certeza imposible que sería, ya que hablamos de ellos, por supuesto imposible, volverlo a su textura natural. Las arrugas eran sólo referencias, dunas leves según el rictus de la concentración y su fortaleza física parecía intacta. Un misterio de permanencia. Una estatua de sal.
Unos pantalones descoloridos sobre la rodilla eran el muelle para una blanca alguna vez y raída camiseta que dejaba al descubierto sus brazos desnudos. Llegaba y se iba con el sigilo de los animales del bosque. Ese era su bosque y se sabía el alfarero del lugar. Descender de él para llegar al mar, cuando el sol del mediodía picaba, requería toda una estrategia, para todos menos para él, quien parecía nacido para caminar sobre las brasas sin quemarse.
Decidí esperar los comentarios siguientes, seguro que ello ocurriría. Supe domar la impaciencia y cierta indolencia a la hora de escucharlo. Nada hay peor que la indiferencia deliberada. Yo había aprendido a no ser alcanzado por esa calamidad del desapego.
-El sol se va al velatorio en el cielo y va a tardar en volver – me dijo en un murmullo, como esperando que no lo oyera y mucho menos le creyera.
Miré y el cielo no mostraba ningún indicio extraño. Quise convencerme que los misterios no suceden porque sí. Quise legitimar la imprudencia de la duda. El no me miraba, apenas dejaba deslizar algún grano de arena que se desvanecía en el aire. Pensé en como ser cortés ante la revelación, sin intentar salir corriendo.
- ¿Y después qué? -, alcancé a administrar mi gentileza indiferente.
El no se movió aunque un brillo imperceptible rodó en sus ojos grises.
-¿Y quién se dará cuenta de esto, si nada cambiará?, ni el hambre en el mundo, ni los hijos del abandono, ni las madres del dolor, ni la violencia, ni la injusticia, ni la traición, ni la ingratitud, ni siquiera los amores no correspondidos…- resignó diciendo con la convicción que otorga el futuro.
- Pero hay un después para todo- argüí, sólo para molestarlo.
El eligió no responder y bajar a la playa cuando la pleamar juega sus trampas al abismo de la inconsciencia humana. Lo vi deslizarse en el agua. No nadó paralelo a la orilla. Las brazadas, rítmicas, lo alejaban con majestuosa lentitud y su figura cabalgaba las olas con seguridad y sin fatigas; en el fondo, donde la sudestada arma su cigarro de viento, que barre las costas del otro país, socio de orillas y disputas, se alzaba un muro verde que pareció erguirse, como dos torres gemelas regresando del terror. Era un paisaje demoledor, ver esas moles de agua que amagaban por la distancia, derrumbar hasta las verdades construidas y aceptadas.
El iba recto, como a una cita con el destino y pensé en el peso de la catedral gótica inundada de gotas dispuestas a lavar una afrenta incompresible.
Cuando estaba a punto de ser punto en la inmensidad, me pareció verle agitar un brazo, espejismo de distancias nunca concedidas. Creí entender, o tal vez me convenía pensar así, que la señal tenía que ver con el después. Esa ola, esta torre acumulada estaba encima de él y cuando la cresta que hubiera acobardado al mejor surfista, comenzó a descender y deslizarse, sentí certezas irracionales que parecían comenzar a desplegarse ante mi vista y la de aquellos que pudieran advertirlo.
Lo cierto es que, maquinalmente, revisé el reloj de la torre de Alfar. La hora marchaba vertiginosa rumbo a la medianoche, era de día y la claridad no pareció ser notada por la gente. Yo había perdido el desconcierto en algún recodo de la vida. Volví a mirar al mar, la maravilla transparente pero arrasadora aumentó la velocidad y por un segundo murió el murmullo del mar.
Ya era tarde para todo. Nadie podía adivinar que el luto por la noche, era el llanto del sol desalentado que se negaba volver a espiar.
Angeles Charlyne
“Constructivismo I Inacción”
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martes, 5 de abril de 2011
domingo, 3 de abril de 2011
La tapia
Mi madre corrió las cortinas del cuarto. El despertador estalló estrepitoso, con su sonido de pocos amigos; se deslizó y sacudió quejoso, justo a punto de detener pesadillas; “suerte para mí” -pensé- , luego de repasar con mis manos, buscando secar la última gota de sudor.
El pasaje esperaba, sin urgencias, sobre la mesa de luz, decidido como yo a hacer ciertos, mejores sueños, la secreta ambición de cada partida.
Mendoza no quedaba lejos, para mí en ese momento, de Buenos Aires, tal vez por la ansiedad potenciada, pero no me lo pareció. El frío del invierno pegaba duro como una bofetada que atravesaba la nostalgia y encogía otras esperanzas. Los andenes de la estación, eran recorridos con cierta urgencia, por pasajeros desbordados de otras urgencias. De vez en cuando la vida toma conmigo un café, anunció Serrat, por los altavoces. Una suave caricia para viajar ligero de equipaje.
El micro, tras resistir otros paisajes nocturnales y la hostilidad de pisos desparejos, como la rutina que propone la vida luego de ciertas certezas, próximas en kilómetros, respecto del destino, nos dejó de a pie; por lo menos así lo creí, quedábamos tres o cuatro gatos locos, pasajeros de oscuros desencuentros, una posible conclusión puesto que mi entresueño, áspero, me mantenía entre dos tiempos posibles, sólo supuse que se trataba de una rueda atascada, que sujetaba al micro sobre un barranco. La guía solicitó auxilio desde su celular, pero el silencio de las voces y el estrépito de un eco, no completaron la soledad. Desesperado, porque el tiempo transcurría y nadie acudía, me fui.
Gloria y yo habíamos acordado encontrarnos a las once, si todo salía bien y ya habían pasado quince minutos, pensé que estaría preocupada, por eso tomé la mochila y caminé en su busca. Las citas tienen códigos misteriosos, que no conviene alterar.
Las luces de la terminal, titilaban radiantes, aunque algo confusas. La semana santa albergaría caras extrañas, no menos que otras veces, pero más numerosas.
El transporte Cordobés había llegado, ella vendría en uno de ellos, exploradores de sierras y montañas, arrieros de nubes; la imaginé ansiosa, una cabellera negra asomada bebía el aire, supuse que sería Gloria. Un anciano desconocido, vestido de oscuro, algo que descubrí cuando me tocó el hombro para preguntarme si me llamaba Enzo. Me sorprendió, aunque igualmente asentí con un gesto. El hombre se rascó la frente apergaminada, curtida y morena, con todo el sol detrás; me extendió una esquela. El hombre, balbuceando, mientras yo seguía absorto con el papel, decía que ella se había ido, que no la buscara más. Maquinalmente, la guardé en el bolsillo.
Cuando levanté la vista para indagar ya no estaba. La sorpresa fue mayor, cuando comprobé que mi equipaje había desaparecido. No tuve más que ir a la oficina y dejar mis datos por si lo devolvían, una peregrina posibilidad, en tiempos de distracciones no deseadas.
Mi tío Pedro, enterado de los contratiempos me ofreció su casa, para hospedarme Una buena taza de té con leche caliente, sirvió para distenderme y dejar la cuota necesaria que permitiera conciliar el sueño.
A los pocos días apareció su amigo Basilio, el sepulturero, quien se llegó intrigado por conocerme. Whisky y truco por medio nos dispusimos a charlar; me habló de su mundo y las extrañas criaturas que abordaban las noches, deslizándose en pastizales crujientes, rasgando el mudo resplandor del cielo: “Ellas -decía- se alimentan de luz y respiran vida por los huecos existentes en la tapia del cementerio”. “Lo saben todo”-agregó- queriendo demoler con su palabra cualquier deseo.
-La tapia es la escucha de los hombres -anunció- mientras cantaba la jugada, sacudiendo triunfal, el naipe. La carta cayó, lineal y plana sobre las demás.
“Sé que no soy buen perdedor” -pensé- jugando el ancho de espadas, minutos antes
que el sabor del trago, corriera por su garganta.
Mi tío se rindió, encendiendo un puro y apartando su sillón, para saborear el placer que dan la soledad y el tabaco. Basilio, mientras tanto, introdujo la mano en el bolsillo, sacó un billete sucio y estrujado, dispuesto a pagar en algo, el juego que las vueltas de la vida le daban de vuelto; la rugosidad golpeó ruidosa y de mala forma sobre el mantel de plástico.
“El tronador” relinchó dos veces, reclamando a Basilio, estar listo para la partida.
Basilio levantó la pierna izquierda y enganchó el pie al estribo, dejando paso a la otra, para finalizar aplastando su cuerpo sobre la silla de montar y, paisano gentil, retiró el sombrero como forma de saludo.
Las crines del caballo rozadas por el viento se elevaron multiplicando distancias y dejando sobre la tierra polvorienta, huellas firmes de un galope rítmico y regular. En la dirección que llevaba el jinete, un agudo y lejano grito caló la noche, como una estampida feroz,
moviendo espantos presuntos. Las nubes poblaron el cielo en señal de duelo y una lluvia opaca borró todo rastro. La tierra se humedeció y el barro comenzó a salpicar por la intensidad y fuerza que el viento movía en un concierto mudo; hasta nuestras ropas que aún permanecían colgadas a la intemperie, fueron víctimas inesperadas.
Corrí tratando de dar con la cuerda, pero fue tarde para salvarlas. Descolgué las prendas empapadas y me paralicé ante la luz que flameaba a lo lejos. Embelesado por el resplandor dejé deslizarlas, para verlas caer, ahogándose en el río.
Lindera, la tapia bordeaba el cementerio, una vieja construcción de ladrillo y cal. A punto de desplomarse, resistía alta, batallando sobre la arboleda, clausurando esplendor y belleza. El murmullo que llegaba de su interior, me provocó curiosidad, como si el viento batiera alas y acobardara el vuelo de las aves y los sueños de la gente.
Aflojé el paso y me detuve frente a ella para verla de cerca. Fue difícil mantener la calma. La pared ruinosa y rojiza parecía incitar, una puerta que provocaba franquicias. Levanté la cabeza para observar un poco más y ver como la sombra del muro, se desplomaba en la oscuridad alucinada que se estrechaba rutinaria contra el suelo, bañado por la intermitencia del farol esquinero.
Maravillado y sumergido en los recuerdos, afloraron persecuciones del alma; cuando la embestida muerde las entrañas y el dolor es causa, un efecto sucumbe entre la piel y los huesos. Hay mucho ardor disimulado y quedo, que no huye por ser señal.
Gloria, se hallaba sentada sobre mi maleta perdida. Me guiñó antes de hablar
-Ven, entremos, escucha como los portones gimen cadenciosos, no te resistas, el viaje es este. Los micros quedaron deshechos en sus accidentes. Entrégate, son las once y cuarto y te estaba esperando, ya es el tiempo.
Angeles Charlyne
El pasaje esperaba, sin urgencias, sobre la mesa de luz, decidido como yo a hacer ciertos, mejores sueños, la secreta ambición de cada partida.
Mendoza no quedaba lejos, para mí en ese momento, de Buenos Aires, tal vez por la ansiedad potenciada, pero no me lo pareció. El frío del invierno pegaba duro como una bofetada que atravesaba la nostalgia y encogía otras esperanzas. Los andenes de la estación, eran recorridos con cierta urgencia, por pasajeros desbordados de otras urgencias. De vez en cuando la vida toma conmigo un café, anunció Serrat, por los altavoces. Una suave caricia para viajar ligero de equipaje.
El micro, tras resistir otros paisajes nocturnales y la hostilidad de pisos desparejos, como la rutina que propone la vida luego de ciertas certezas, próximas en kilómetros, respecto del destino, nos dejó de a pie; por lo menos así lo creí, quedábamos tres o cuatro gatos locos, pasajeros de oscuros desencuentros, una posible conclusión puesto que mi entresueño, áspero, me mantenía entre dos tiempos posibles, sólo supuse que se trataba de una rueda atascada, que sujetaba al micro sobre un barranco. La guía solicitó auxilio desde su celular, pero el silencio de las voces y el estrépito de un eco, no completaron la soledad. Desesperado, porque el tiempo transcurría y nadie acudía, me fui.
Gloria y yo habíamos acordado encontrarnos a las once, si todo salía bien y ya habían pasado quince minutos, pensé que estaría preocupada, por eso tomé la mochila y caminé en su busca. Las citas tienen códigos misteriosos, que no conviene alterar.
Las luces de la terminal, titilaban radiantes, aunque algo confusas. La semana santa albergaría caras extrañas, no menos que otras veces, pero más numerosas.
El transporte Cordobés había llegado, ella vendría en uno de ellos, exploradores de sierras y montañas, arrieros de nubes; la imaginé ansiosa, una cabellera negra asomada bebía el aire, supuse que sería Gloria. Un anciano desconocido, vestido de oscuro, algo que descubrí cuando me tocó el hombro para preguntarme si me llamaba Enzo. Me sorprendió, aunque igualmente asentí con un gesto. El hombre se rascó la frente apergaminada, curtida y morena, con todo el sol detrás; me extendió una esquela. El hombre, balbuceando, mientras yo seguía absorto con el papel, decía que ella se había ido, que no la buscara más. Maquinalmente, la guardé en el bolsillo.
Cuando levanté la vista para indagar ya no estaba. La sorpresa fue mayor, cuando comprobé que mi equipaje había desaparecido. No tuve más que ir a la oficina y dejar mis datos por si lo devolvían, una peregrina posibilidad, en tiempos de distracciones no deseadas.
Mi tío Pedro, enterado de los contratiempos me ofreció su casa, para hospedarme Una buena taza de té con leche caliente, sirvió para distenderme y dejar la cuota necesaria que permitiera conciliar el sueño.
A los pocos días apareció su amigo Basilio, el sepulturero, quien se llegó intrigado por conocerme. Whisky y truco por medio nos dispusimos a charlar; me habló de su mundo y las extrañas criaturas que abordaban las noches, deslizándose en pastizales crujientes, rasgando el mudo resplandor del cielo: “Ellas -decía- se alimentan de luz y respiran vida por los huecos existentes en la tapia del cementerio”. “Lo saben todo”-agregó- queriendo demoler con su palabra cualquier deseo.
-La tapia es la escucha de los hombres -anunció- mientras cantaba la jugada, sacudiendo triunfal, el naipe. La carta cayó, lineal y plana sobre las demás.
“Sé que no soy buen perdedor” -pensé- jugando el ancho de espadas, minutos antes
que el sabor del trago, corriera por su garganta.
Mi tío se rindió, encendiendo un puro y apartando su sillón, para saborear el placer que dan la soledad y el tabaco. Basilio, mientras tanto, introdujo la mano en el bolsillo, sacó un billete sucio y estrujado, dispuesto a pagar en algo, el juego que las vueltas de la vida le daban de vuelto; la rugosidad golpeó ruidosa y de mala forma sobre el mantel de plástico.
“El tronador” relinchó dos veces, reclamando a Basilio, estar listo para la partida.
Basilio levantó la pierna izquierda y enganchó el pie al estribo, dejando paso a la otra, para finalizar aplastando su cuerpo sobre la silla de montar y, paisano gentil, retiró el sombrero como forma de saludo.
Las crines del caballo rozadas por el viento se elevaron multiplicando distancias y dejando sobre la tierra polvorienta, huellas firmes de un galope rítmico y regular. En la dirección que llevaba el jinete, un agudo y lejano grito caló la noche, como una estampida feroz,
moviendo espantos presuntos. Las nubes poblaron el cielo en señal de duelo y una lluvia opaca borró todo rastro. La tierra se humedeció y el barro comenzó a salpicar por la intensidad y fuerza que el viento movía en un concierto mudo; hasta nuestras ropas que aún permanecían colgadas a la intemperie, fueron víctimas inesperadas.
Corrí tratando de dar con la cuerda, pero fue tarde para salvarlas. Descolgué las prendas empapadas y me paralicé ante la luz que flameaba a lo lejos. Embelesado por el resplandor dejé deslizarlas, para verlas caer, ahogándose en el río.
Lindera, la tapia bordeaba el cementerio, una vieja construcción de ladrillo y cal. A punto de desplomarse, resistía alta, batallando sobre la arboleda, clausurando esplendor y belleza. El murmullo que llegaba de su interior, me provocó curiosidad, como si el viento batiera alas y acobardara el vuelo de las aves y los sueños de la gente.
Aflojé el paso y me detuve frente a ella para verla de cerca. Fue difícil mantener la calma. La pared ruinosa y rojiza parecía incitar, una puerta que provocaba franquicias. Levanté la cabeza para observar un poco más y ver como la sombra del muro, se desplomaba en la oscuridad alucinada que se estrechaba rutinaria contra el suelo, bañado por la intermitencia del farol esquinero.
Maravillado y sumergido en los recuerdos, afloraron persecuciones del alma; cuando la embestida muerde las entrañas y el dolor es causa, un efecto sucumbe entre la piel y los huesos. Hay mucho ardor disimulado y quedo, que no huye por ser señal.
Gloria, se hallaba sentada sobre mi maleta perdida. Me guiñó antes de hablar
-Ven, entremos, escucha como los portones gimen cadenciosos, no te resistas, el viaje es este. Los micros quedaron deshechos en sus accidentes. Entrégate, son las once y cuarto y te estaba esperando, ya es el tiempo.
Angeles Charlyne
martes, 15 de marzo de 2011
Desde cerca... el otoño

El viento castigaba, arremolinando hojas perdidas por los árboles en su vana resistencia.
El lugar se alzaba en medio del sendero que bifurcaba más adelante; el piso de tierra roja apelmazada, lucía como un terciopelo, doblegado por el paso del tiempo y la gente. Más adelante, los tonos mutaban amarillos y dolientes, a medida que se alejaban, claros indicios de un otoño desatado, próximo a rebelarse.
Las cabezas gachas prolongaban el ánimo tendido por las plantas que, como los de la gente, pugnaban por erguirse desafiantes, para librar la penúltima batalla contra la inminencia de la muerte.
El señor de gris, oscuro y triste como esa mañana, seguía -escoba en mano- concentrado en su tarea, vitalicio a la señal del desajuste. Como todos los días barría esas señales, menuda tarea la de espantar miserias, para dar paso a otras decadencias.
El cesto recibió la palada crujiente, burlando verdes y pasados. Los restos ocres y desnudos, se agolparon junto a otros pasajeros de la inutilidad.
Adelina tejía inviernos, sentada en el mismo banco de siempre. Cauce abajo, la gran bufanda destinada a su nieto, se extendía tan larga como la medida de los olvidos; se quejaba y arrastraba polvo herido de ausencias.
“Tono” conversaba con su compañero de pieza, seguramente contándole historias sobre una Italia propia y ya perdida, su llegada al país que nunca más sería el mismo.
La anciana del vestido a lunares y mantilla al crochet, protegía su cabeza con una sombrilla rayada, cuidando que la ráfaga de aire fresco, no despeinara su larga cabellera blanca y rala.
Don Marcos trataba de leer el diario, observando el giro impertinente de las páginas, claudicando quietud, pero resignadas al vuelo, para él una burla demorada en el punto de la comprensión.
Tuve la sensación que el sauce lloraba desaires y que sus afiladas ramas reverenciando el suelo, chúcaras buscando orgullos, desprendía otra amarga despedida.
Los amarillos de la estación ocupaban espacios vacíos, preparando inviernos finales, mientras que mi alma flameaba roja, sacudida y vulnerable, una esperanza de goma en medio del mar, capaz de tragarlo todo, para volver a transitar la historia.
El césped recogía pisadas y desamparo. Los transeúntes del lugar caminaban, bajando la dolorida y descolorida mirada, hasta internarla en lo profundo de sus raíces, hurgando en la memoria, una cuchillada desenterrando recuerdos.
El gato, propietario de alturas, maullaba trepado a los techos. Un sonido lastimero y cercano, que iba desapareciendo camino a nuevos y misteriosos horizontes, que nadie adivinaba, imaginaba o simplemente deseaba.
Me busqué en el cielo para encontrarme, aunque más no fuera retazos que quedaran, pero no me encontré ya que me había ido de ahí hace tiempo, según el maestro felino.
Las nubes aparecidas como llegadas de una postal nevada, me volvieron a confundir. Era en otro espejo donde hoy me miraba. Es cierto que hay paisajes ignorados si uno no distingue los pasajes.
Regresado al devastado jardín donde formaban fila mis compañeros, listos y aguardando,
me llegué hasta ellos para contarles, advertirles, señalarles, transmitirles. Parecían dispuestos a escuchar. Todos miraron hacia arriba, intentando divisar la silueta del animal maestro que había regresado dando ordenes.
La escalera de madera azul, se hallaba repleta de flores blancas y celestes, que enmarcaban, engalanando, las barandas y desprendiendo extraños y bellos aromas. Una escalera al cielo y a la intemperie del relevo, trepar peldaños hacia la libertad.
Mi primo José se quejó por la espera, sus ochenta y cinco años tenían prisa; todo le resultaba tedioso, hasta la respiración agitada por los plazos invisibles. La cama rota, recostada contra la pared, se había cansado de soportar ciento diez kilos de diabetes y la hostilidad de la desesperanza que los rodeaba.
Maruca, mi vecina, temblaba fría y pálida, sujeta al respirador, pero dispuesta. No había nadie más para correr la sabana del final y extender la mortaja del adiós. Estábamos tan solos y abandonados que hasta soñar, resultaba insoportable.
Nuestros amigos habían desaparecido. La presencia de parientes había dejado de existir, ni hablar de las visitas. Los médicos habían fugado cuando descubrieron el túnel gris que conectaba a un mundo placentero.
Nunca olvidaré el día que la enfermera Taborda vino a verme para alcanzarme el medicamento que, rigurosamente, debía suministrarme, por orden explícita del doctor Giménez.
El comprimido misteriosamente estaba tibio como sus manos. Aquel día fue el último que la vi. Me dijeron que diversos problemas, achaques, gordura y años, la habían vencido y la vida se había tornado difícil de sobrellevar, por eso decidió emprender viaje... “un viaje desestresante” se rumoreó, pero sospeché que había seguido el mismo camino.
Yo sentía afecto por la gorda Taborda, me hacía acordar a mi tía Lola. Tenía ojos claros y grandes como ella y las pocas veces que se enojaba fruncía el ceño, dejando ver unos bellos y simpáticos hoyuelos, estacionados a ambos lados de la mejilla.
“La gorda” era alegre, un canto a la vida. Yo decía que no era para este mundo o mejor dicho... no era de este mundo. Supe más tarde que no me había equivocado.
Cuando se acercaba envuelta en su camisola blanca, parecía lista para remontar vuelo, pero ¡claro! era importante su contextura, como para lograr que el milagro se produjera.
Taborda cerró el puño y me dijo -Cuando decidas, tómala, ni un minuto antes ni uno después.
Y así lo hice. Ahora he vuelto para ayudar a los que quedan... sobre todo ahora, que Angélica mi mujer, también se ha ido.
“Quiero probar que se siente cuando el gato de la noche ceda paso al alma”. Banda en fuga.
“Yo quiero ser quién ronronee, lustrando la oscuridad para aclarar pesadillas”. “Y quiero estar sentado en las nubes, blanqueando dudas”, me dije.
Otro gato de relevo surgió para escalar los techos del nuevo geriátrico. Los ancianos recientes, seguían llegando para ocupar el lugar del desperdicio, los asientos de la decadencia.
El maestro, de ojos rasgados que ven en la oscuridad, -“quiero creer que lo sea”- , silbó un agudo maullido para estrenar la torre de mando y volví a presentarme, como un viejo soldado de la causa desconocida para alumbrar, aliviando pesares, en el camino del otoño.
Angeles Charlyne
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