No tengo más que...
un sombrero gentil para el saludo
una mano llena de mí
una sonrisa abierta de regalo
unos ojos grandes para el aplauso
un paso púdico y fugaz...
una boca que calla silencio,
y un sepulcro que aguarda...
cuando la noche llega,
y yo me quedo con la mujer rota....
Angeles Charlyne
"Mujer rota"
Acrílico s/ paspartour
Obra inspirada en "Dora Maar" de Pablo Picasso
“La naturaleza está aquí a la vista del mar aprovechándose de mí para golpearme y para herirme porque me he atrevido a abrir la boca para cantar” Walt Whitman
miércoles, 28 de diciembre de 2011
domingo, 20 de noviembre de 2011
Los gatos que vio Julio…
Julio trató de erguir los hombros para construir una indiferencia. Le costaba, no porque fuera considerado, sino porque su espalda portaba huellas, rastros de una represión salvaje que no lo paralizó por pura casualidad. En realidad porque esa fatídica noche se cortó la luz en el “chupadero”, donde lo tenían encerrado interrogándolo para que delatara a quienes nunca había conocido.
La locura de los torturadores legitima tortuosas maneras de justificar sus acciones. Pero ahora, Julio estaba seguro que había llegado agosto, en esa fría y lluviosa noche que completaba una semana sin ver el sol. Casi igual a su primer semana de prisión “política”, cuando se les fue la mano y a él los centros nerviosos que articulan su espalda.
Agosto tenía, para él ¨ ese que se yo ¿viste?¨ que sentía en los huesos.
De aquel exceso le quedó el aspecto de alguien ligeramente inclinado hacia delante, como prestando atención, una de las pocas cosas que podía prestar.
Salió golpeando tras de sí la puerta de hierro gigante. En realidad dejando que se golpeara. Su ruido ominoso también le recordaba los chasquidos de las celdas. Se consoló pensando que por lo menos él pudo escucharlos. Hubo otros que ni siquiera llegaron, se quedaron en la primera sesión de picana a todo voltaje, técnica que usaban para instalar el terror. No iban despacio para aumentar luego, aquellos animales, ellos decían que si pasaban la prueba, no les quedaban ganas de resistir para otra.
No volvió la cabeza, tampoco podía, la noche avanzaba, agitada, rumbo a la madrugada. Se iba a detener justo en la mitad porque el ciclo eterno se cumple en alguna parte, cierta detención sofisticada donde el tiempo guiña para anunciar el cambio de día.
Pudo ver que la jauría de perros que suele dormitar a la vera del portón alzaba las cabezas, husmeaba el aire, buscando rastros de comida en las bolsas de desecho, pero sin agregar inquietud por su paso, ellos lo conocían y esa aceptación le volvió a dar seguridad. No se movieron demasiado. Cuesta tiempo y espacio fabricarse un poco de calor y no gastaron energías ni curiosidad para seguir sus movimientos.
Caminó algunas cuadras, seguras para él, -aunque la seguridad es una ausencia social colectiva-. Al doblar la quinta boca calle se encontró con la mujer, se detuvo, sorprendido. No era la misma mujer que solía encontrar haciendo los mismos menesteres cada noche, por lo menos en las que la encontraba. Ella se disculpó con un gesto silencioso pero apesadumbrado.
Julio pudo notar en la oscuridad las brillantes miradas de los gatos, más de diez seguro, pero no pudo ni le interesó demasiado hacer un inventario. Se quedó mirando como ella cumplía el ritual de alimentarlos. Los gatos la habían aguardado pacientemente, durante un tiempo, pese a que su control no era humano, por supuesto. Desde una ventana entornada y con las cortinas bajas, se deslizaba la música de Vangelis al “hombre desconocido”, se dijo que bien podía tratarse de él mismo, ya que lo aprendió a los golpes cuando supo que un documento de identidad jamás lo identificó a la hora de apelar su condición.
Iba a preguntarle a la mujer por la otra mujer, cuando ella, sin volver la cabeza susurró
-Doña Luisa se murió el domingo, días antes me pidió que yo siguiera alimentando a “su familia”-como ella llamaba a los gatitos-. No me pude negar -agregó-. Además aunque vengo dos veces por día, una después del mediodía y otra por la noche, como ahora, cuando puedo dejar las obligaciones de casa, me llego. No quiero que nadie me cuestione por seguir este trabajo.
Julio sacudió la cabeza y unas gotas de incredulidad se deslizaron para amerizar sobre el bigote gris.
-¿De qué murió doña Luisa, estaba enferma?, interrogó Julio, quien se había encariñado con esa sombra nocturnal que tropezaba en ese mismo sitio. Nunca pidió ayuda. Los vecinos le guardaban cierta tolerancia, lo único que eran capaces de guardar -nunca alimento para los gatitos-, aceptando a regañadientes que, “esa loca nos invade con gatos la cuadra”, cuadro, en realidad, de situación aceptada.
Julio lo sabía por las otras vecinas que en los negocios del barrio, dejaban, como los envases vacíos, mensajes en una botella para contar el crecimiento gatuno de los comensales de la Luisa que ya no estaba.
-Se murió de tristeza -fue la escueta y queda respuesta- ¡Otra cosa no!, estaba sana.-respondió la mujer que dijo también llamarse Luisa.
-¿Igual que ella? -apuntó Julio, ligeramente sorprendido.
-¿Vio que casualidad? Claro por allí no es casualidad, pero ella me pidió que no los abandonara y aquí estoy tratando de no fallarle.
Los gatos, agazapados, conocían la proximidad de la jauría perruna que no estaba lejos de ellos. Pero el hambre es más fuerte, quizás más que el amor, pese a lo que diga “Tanguito”.
Montados sobre los pilares, aguardaban con la paciencia de siglos que supieron cultivar. Julio los miró con más atención reparando que ninguna atención él les provocaba.
Notó que la mujer iba a cerrar la puerta de la casa donde estacionaban los gatos; por una fracción de eternidad sintió que eso no estaba bien y pudo oír, ahora si con nitidez, la prisa de los perros que, en silenció venían por ellos.
La mujer se distrajo, mala cosa para los gatos que, famélicos, no se permitieron la huida.
Julio se dijo que la muerte avisa sin aviso y dobló la esquina sin mirar atrás.
Angeles Charlyne
"Gatomirada"
-Témpera-
La locura de los torturadores legitima tortuosas maneras de justificar sus acciones. Pero ahora, Julio estaba seguro que había llegado agosto, en esa fría y lluviosa noche que completaba una semana sin ver el sol. Casi igual a su primer semana de prisión “política”, cuando se les fue la mano y a él los centros nerviosos que articulan su espalda.
Agosto tenía, para él ¨ ese que se yo ¿viste?¨ que sentía en los huesos.
De aquel exceso le quedó el aspecto de alguien ligeramente inclinado hacia delante, como prestando atención, una de las pocas cosas que podía prestar.
Salió golpeando tras de sí la puerta de hierro gigante. En realidad dejando que se golpeara. Su ruido ominoso también le recordaba los chasquidos de las celdas. Se consoló pensando que por lo menos él pudo escucharlos. Hubo otros que ni siquiera llegaron, se quedaron en la primera sesión de picana a todo voltaje, técnica que usaban para instalar el terror. No iban despacio para aumentar luego, aquellos animales, ellos decían que si pasaban la prueba, no les quedaban ganas de resistir para otra.
No volvió la cabeza, tampoco podía, la noche avanzaba, agitada, rumbo a la madrugada. Se iba a detener justo en la mitad porque el ciclo eterno se cumple en alguna parte, cierta detención sofisticada donde el tiempo guiña para anunciar el cambio de día.
Pudo ver que la jauría de perros que suele dormitar a la vera del portón alzaba las cabezas, husmeaba el aire, buscando rastros de comida en las bolsas de desecho, pero sin agregar inquietud por su paso, ellos lo conocían y esa aceptación le volvió a dar seguridad. No se movieron demasiado. Cuesta tiempo y espacio fabricarse un poco de calor y no gastaron energías ni curiosidad para seguir sus movimientos.
Caminó algunas cuadras, seguras para él, -aunque la seguridad es una ausencia social colectiva-. Al doblar la quinta boca calle se encontró con la mujer, se detuvo, sorprendido. No era la misma mujer que solía encontrar haciendo los mismos menesteres cada noche, por lo menos en las que la encontraba. Ella se disculpó con un gesto silencioso pero apesadumbrado.
Julio pudo notar en la oscuridad las brillantes miradas de los gatos, más de diez seguro, pero no pudo ni le interesó demasiado hacer un inventario. Se quedó mirando como ella cumplía el ritual de alimentarlos. Los gatos la habían aguardado pacientemente, durante un tiempo, pese a que su control no era humano, por supuesto. Desde una ventana entornada y con las cortinas bajas, se deslizaba la música de Vangelis al “hombre desconocido”, se dijo que bien podía tratarse de él mismo, ya que lo aprendió a los golpes cuando supo que un documento de identidad jamás lo identificó a la hora de apelar su condición.
Iba a preguntarle a la mujer por la otra mujer, cuando ella, sin volver la cabeza susurró
-Doña Luisa se murió el domingo, días antes me pidió que yo siguiera alimentando a “su familia”-como ella llamaba a los gatitos-. No me pude negar -agregó-. Además aunque vengo dos veces por día, una después del mediodía y otra por la noche, como ahora, cuando puedo dejar las obligaciones de casa, me llego. No quiero que nadie me cuestione por seguir este trabajo.
Julio sacudió la cabeza y unas gotas de incredulidad se deslizaron para amerizar sobre el bigote gris.
-¿De qué murió doña Luisa, estaba enferma?, interrogó Julio, quien se había encariñado con esa sombra nocturnal que tropezaba en ese mismo sitio. Nunca pidió ayuda. Los vecinos le guardaban cierta tolerancia, lo único que eran capaces de guardar -nunca alimento para los gatitos-, aceptando a regañadientes que, “esa loca nos invade con gatos la cuadra”, cuadro, en realidad, de situación aceptada.
Julio lo sabía por las otras vecinas que en los negocios del barrio, dejaban, como los envases vacíos, mensajes en una botella para contar el crecimiento gatuno de los comensales de la Luisa que ya no estaba.
-Se murió de tristeza -fue la escueta y queda respuesta- ¡Otra cosa no!, estaba sana.-respondió la mujer que dijo también llamarse Luisa.
-¿Igual que ella? -apuntó Julio, ligeramente sorprendido.
-¿Vio que casualidad? Claro por allí no es casualidad, pero ella me pidió que no los abandonara y aquí estoy tratando de no fallarle.
Los gatos, agazapados, conocían la proximidad de la jauría perruna que no estaba lejos de ellos. Pero el hambre es más fuerte, quizás más que el amor, pese a lo que diga “Tanguito”.
Montados sobre los pilares, aguardaban con la paciencia de siglos que supieron cultivar. Julio los miró con más atención reparando que ninguna atención él les provocaba.
Notó que la mujer iba a cerrar la puerta de la casa donde estacionaban los gatos; por una fracción de eternidad sintió que eso no estaba bien y pudo oír, ahora si con nitidez, la prisa de los perros que, en silenció venían por ellos.
La mujer se distrajo, mala cosa para los gatos que, famélicos, no se permitieron la huida.
Julio se dijo que la muerte avisa sin aviso y dobló la esquina sin mirar atrás.
Angeles Charlyne
"Gatomirada"
-Témpera-
lunes, 14 de noviembre de 2011
“Vida Frida… suFRIDA”
"Textura Otoñal"
Xilografía
taco/23x30
-Vidrio antireflex-
No se me quita el dolor, no se me quita.
Mi cuerpo es un camino horadado de espanto,
hay huellas y senderos,
un tren que pasa y desbarranca.
La casa azul se mece, se acongoja… tiembla.
La nada es sólo eso:
una figura inmóvil, una ciudad que se abre,
un cataclismo, una flor… una fruta putrefacta.
Tengo un país dormido en mis espaldas,
una matriz que llora, virgen, hueca;
un niño no nacido,
un vino sin beber,
un epitafio con bigote,
un desconsuelo sin final,
una carretera que duele
y se vuelve, cada vez más ancha.
Los pájaros de mis manos,
son palomas blancas…
siempre cantan,
cayendo al abismo de los rojos,
al lecho de la muerte,
a la paleta oscura
donde dibujo tu nombre.
Hambrienta de mañanas,
mendiga de migajas,
… soy un cuervo que te busca y llama.
Y no eres mío Diego!
No eres del viento,
ni de la brisa, ni de sol!
No eres… de nadie!.
A quién le pertenece mi suFrida vida?
A las patas de mi cama…?
A la lengua del dragón que lame mis heridas?
A los techos de mi cuarto?
A la mancha de mis sábanas…?
A quién le pertenezco Diego? si me marcho,
si te marchas!
Angeles Charlyne
Homenaje a Frida Kahlo
-2011-
by Fátima Queiroz
viernes, 16 de septiembre de 2011
Sonido de luz
Ella volvió su mirada acaramelada, luminosa como siempre, para decirle por lo bajo -lo tuyo sigue siendo mucho bla... bla... bla. Antes, cerró la puerta para que nadie oyera sus palabras. Sostenía entre otras teorías que las imposibilidades no existen. El parecía un manual de excusas. Para toda ocasión tenía una y ella había agotado su cuota de comprensión.
La tolerancia era una viuda abandonada en plena juventud. Ella se dijo que era mejor que malgastar el tiempo de los arrepentimientos ulteriores. Cerró otra puerta, esta vez la de la paciencia, pobrecita la paciencia que supo derramar sobre su piel casi siempre desencontrada.
Su silencio pareció otorgarle un equívoco asentimiento. Igual la cuenta corriente había que cerrarla se dijo.
Los incumplimientos de él podían catalogarse y donde quiera que mirara había huellas de esa falta. Nunca sospechó de la impotencia probable ni siquiera de los destiempos que parecían afligir la vida de él.
Sus urgencias eran legítimas, sobre todo luego de haberse clausurado su tiempo anterior que le llevó años, tal vez los mejores, los más nuevos y que le dejaran varias marcas maternales, al cabo de las cuales se encontró sola y sin retorno. No se lo pudo perdonar y por lo tanto como el perdón era un artículo olvidado, mal podía otorgarlo ahora y a otro.
La mañana la invitó a caminar, razón por la cual irguió su delgada figura y sin volverse le anunció
-Me voy-, la elocuencia de un fragmento de advertencia quedó suspendido en el aire, como un hilo de ceniza y él supo de la fugacidad abrumadora, sin poder apelar a una ampliación del significado de ese me voy.
Ella cerró la puerta a sus espaldas de un solo movimiento que sonó implacable en los oídos de él. Revisó pero no encontró el argumento salvador para detenerla y menos para revisar su decisión.
Inspiró profundamente el aire tibio de ese mediodía luminoso y prometedor, para comprobar que no se sentía de ninguna forma en especial. Acababa de salirse de la vida de alguien que ya, ni siquiera era recuerdo, menos herida y mucho menos preocupación. Esto último la alarmó.
Se detuvo en la cuadra donde los aromos hacen una fiesta amarilla todos los días y construyen la alfombra mágica que la transporta, cada vez que cierra los ojos y mide la intensidad con su pisada. El leve colchón le pareció recordar a Kundera y supuso, según su propia interpretación que era eso de “la insoportable levedad del ser”.
¿Ser?… ¿Qué ser?… ¿Qué es ser?, hizo pausa en la trilogía de interrogantes para aceptar el vacío, la página en blanco, los puntos suspensivos solitarios, trazando el camino que siempre se está por recorrer. Se imaginó imaginando que alguien la viese allí, de ojos cerrados, invocando la levitación imprudente. Los brazos extendidos, los dedos de las manos separados, demorada en esa alfombra amarilla, donde se sumerge para disfrutar el aroma áspero y penetrante que tanto la seduce.
Se dijo que algo bueno y mejor debía sucederle que estar repasando esa pared gris todos los días, pared de clausuras que no lograba penetrar y él arrastraba resignado a la crucifixión. También se dijo que la generosidad para pensar en el otro, fue una tarea que le demandó tiempo y esfuerzo, sueños y esperanzas y ahora, lo que le quedaba de este combustible de la fertilidad, sería para ella.
La mejor forma de no ser, es dejar de ser, y ella practicó súbitamente esta disciplina desconocida. Un gozo nuevo la invadió y supo que había decidido quedarse en esa pista amarilla y perfumada de despegue, hasta que la levedad fuera sólida.
Desfilaron en su mente imágenes dispersas, desordenadas de un pasado rico en emociones… ¿Rico en emociones? se preguntó, sumando vacilaciones a las dudas que también eran parte de su equipaje. Convino en que la aridez puede disfrazarse y mentirse gratos sucesos incoloros. Se enojó consigo, pero se ayudó a empujar lejos, sombras y figuras que ya no quería seguir llevando en su alma y menos en su razón.
Seguía demorada en ese aguardo suspendido, feliz con la decisión de la ausencia de equipaje, tomada con la inocencia merecida. Mordió la levedad para probar el gusto de la nada y el abandono voluptuoso del abandono espiritual. Estaba cerrando esa puerta y le costaba empujarla algo menos de lo que pensaba, asistió al ritual de esa inexorable sensación de clausura que le complacía con la sorpresa inaugural de ese tiempo iniciático capaz de la fragilidad de una burbuja.
En esa mística comprobación para fundar su propia religión, convertirse en sacerdotisa de lo inesperado, invirtió la potencia de los deseos intocados. Apretó los párpados, las manos, y se sintió dueña del despegue intuido. Decidió que era hora de abrir los ojos. Lo hizo.
La puerta brillante de madera oscura se le apareció tentadora. Vaciló… luego se decidió. Giró el picaporte. Abrió y el brillo de la luz la cegó por un momento, luego sonrió y cruzó el umbral.
En la calle una ambulancia blanca recogía el cuerpo de una mujer extrañamente sonriente que parecía dormir sobre una cama amarilla de hojas de aromo.
Angeles Charlyne
De “La puerta que…”
"El beso"
Tiza pastel/ s/ papel
La tolerancia era una viuda abandonada en plena juventud. Ella se dijo que era mejor que malgastar el tiempo de los arrepentimientos ulteriores. Cerró otra puerta, esta vez la de la paciencia, pobrecita la paciencia que supo derramar sobre su piel casi siempre desencontrada.
Su silencio pareció otorgarle un equívoco asentimiento. Igual la cuenta corriente había que cerrarla se dijo.
Los incumplimientos de él podían catalogarse y donde quiera que mirara había huellas de esa falta. Nunca sospechó de la impotencia probable ni siquiera de los destiempos que parecían afligir la vida de él.
Sus urgencias eran legítimas, sobre todo luego de haberse clausurado su tiempo anterior que le llevó años, tal vez los mejores, los más nuevos y que le dejaran varias marcas maternales, al cabo de las cuales se encontró sola y sin retorno. No se lo pudo perdonar y por lo tanto como el perdón era un artículo olvidado, mal podía otorgarlo ahora y a otro.
La mañana la invitó a caminar, razón por la cual irguió su delgada figura y sin volverse le anunció
-Me voy-, la elocuencia de un fragmento de advertencia quedó suspendido en el aire, como un hilo de ceniza y él supo de la fugacidad abrumadora, sin poder apelar a una ampliación del significado de ese me voy.
Ella cerró la puerta a sus espaldas de un solo movimiento que sonó implacable en los oídos de él. Revisó pero no encontró el argumento salvador para detenerla y menos para revisar su decisión.
Inspiró profundamente el aire tibio de ese mediodía luminoso y prometedor, para comprobar que no se sentía de ninguna forma en especial. Acababa de salirse de la vida de alguien que ya, ni siquiera era recuerdo, menos herida y mucho menos preocupación. Esto último la alarmó.
Se detuvo en la cuadra donde los aromos hacen una fiesta amarilla todos los días y construyen la alfombra mágica que la transporta, cada vez que cierra los ojos y mide la intensidad con su pisada. El leve colchón le pareció recordar a Kundera y supuso, según su propia interpretación que era eso de “la insoportable levedad del ser”.
¿Ser?… ¿Qué ser?… ¿Qué es ser?, hizo pausa en la trilogía de interrogantes para aceptar el vacío, la página en blanco, los puntos suspensivos solitarios, trazando el camino que siempre se está por recorrer. Se imaginó imaginando que alguien la viese allí, de ojos cerrados, invocando la levitación imprudente. Los brazos extendidos, los dedos de las manos separados, demorada en esa alfombra amarilla, donde se sumerge para disfrutar el aroma áspero y penetrante que tanto la seduce.
Se dijo que algo bueno y mejor debía sucederle que estar repasando esa pared gris todos los días, pared de clausuras que no lograba penetrar y él arrastraba resignado a la crucifixión. También se dijo que la generosidad para pensar en el otro, fue una tarea que le demandó tiempo y esfuerzo, sueños y esperanzas y ahora, lo que le quedaba de este combustible de la fertilidad, sería para ella.
La mejor forma de no ser, es dejar de ser, y ella practicó súbitamente esta disciplina desconocida. Un gozo nuevo la invadió y supo que había decidido quedarse en esa pista amarilla y perfumada de despegue, hasta que la levedad fuera sólida.
Desfilaron en su mente imágenes dispersas, desordenadas de un pasado rico en emociones… ¿Rico en emociones? se preguntó, sumando vacilaciones a las dudas que también eran parte de su equipaje. Convino en que la aridez puede disfrazarse y mentirse gratos sucesos incoloros. Se enojó consigo, pero se ayudó a empujar lejos, sombras y figuras que ya no quería seguir llevando en su alma y menos en su razón.
Seguía demorada en ese aguardo suspendido, feliz con la decisión de la ausencia de equipaje, tomada con la inocencia merecida. Mordió la levedad para probar el gusto de la nada y el abandono voluptuoso del abandono espiritual. Estaba cerrando esa puerta y le costaba empujarla algo menos de lo que pensaba, asistió al ritual de esa inexorable sensación de clausura que le complacía con la sorpresa inaugural de ese tiempo iniciático capaz de la fragilidad de una burbuja.
En esa mística comprobación para fundar su propia religión, convertirse en sacerdotisa de lo inesperado, invirtió la potencia de los deseos intocados. Apretó los párpados, las manos, y se sintió dueña del despegue intuido. Decidió que era hora de abrir los ojos. Lo hizo.
La puerta brillante de madera oscura se le apareció tentadora. Vaciló… luego se decidió. Giró el picaporte. Abrió y el brillo de la luz la cegó por un momento, luego sonrió y cruzó el umbral.
En la calle una ambulancia blanca recogía el cuerpo de una mujer extrañamente sonriente que parecía dormir sobre una cama amarilla de hojas de aromo.
Angeles Charlyne
De “La puerta que…”
"El beso"
Tiza pastel/ s/ papel
martes, 16 de agosto de 2011
Manchas
"Devastación lírica I"
T/m s/ papel
45x60
-vidrio antireflex-
“¿Qué mancha deja una mancha?... ¿tal vez la borrachera de algún poeta loco…?”
La noche me trajo y con una mancha me volcó sobre el papel, nadie supuso la forma deseada de mi huida, esa por la que debía luchar. El hombre me asfixiaba con su pluma, la que deslizaba detrás, persiguiéndome, oteando mis huellas; yo quería correr hacia los extremos blancos pero, insaciable, otra vez me penetraba con su semen oscuro, hasta hacerme gemir. Ahogada por el mar de tinta, salté hasta la mesa y salpiqué su rostro. El poeta, inmutable, dueño de antiguos sosiegos, se sacudió, estampándome de nuevo sobre espacios libres. Rendida ante la cárcel azul-negra, me quedé jadeando su poema...
Angeles Charlyne
De “Siete veces 7”
"Devastación lírica II"
T/m s/papel
45x60
-vidrio antireflex-
sábado, 30 de julio de 2011
Mujer de rojo
Subió al escenario como todas las noches, sólo para enloquecerlos y disfrutar.
La platea colmada se desesperaba por verla.
Yamila, sólo era un nombre caliente...
El taconeo sonó sobre el piso de madera. Sus tambores de llamada.
Los zapatos de cabritilla roja lucían brillantes.
Ella se situó en el centro de la plataforma, abrió las piernas convocando los vientos, empezando el juego de seducción, como si su ceñido vestido de lycra no pudiera impedirlo.
Los tajos de la prenda, también roja. se deslizaron hacia un lado, dejándolas al descubierto, un portento.
El rifle que llevaba en su mano bajó y subió desde el escote profundo hasta su sexo.
Su boca, entreabierta, provocaba.
Los espectadores gritaban eufóricos, alentando el espectáculo, algunos se pararon, lanzando prendas y billetes; las impotencias toman las formas del desamparo.
La mujer, inmutable, prosiguió con el show. Estaba por tiempo y presencia del otro lado de la urgencia.
La música y la escenografía acompañaban cada movimiento, parecía un diabólico cisne contoneándose.
Luego, sobre una silla, la imagen los alucinó al recostarse sobre ella; con una mano se tomó del respaldo, ella, de perfil a la platea, su cabeza se inclinó hasta casi tocar el suelo, la melena larga y rizada se extendió, era una alfombra barriendo la lujuria derramada que no sería negociada y menos, sobre la lustrosa superficie.
Lo hizo yendo y viniendo, en tanto su pelvis se elevaba, ganando altura, para crear y controlar los estallidos.
Luego, se incorporó respetando la coreografía tantas veces ensayada. Una manera de repasar rituales casi tribales.
Sentada, comenzó a quitarse los zapatos; lentamente subió hasta el porta ligas de tul negro, desabrochándolo; abrió la puerta a la cara de Dios, quizás la guarida del Diablo.
Desvistió la pierna. Cuando la media de seda fue a parar hasta sus dientes. la lengua la lamió hasta convertirla en una húmeda y fina hilacha.
Una mueca incitante, se instaló en sus labios, para recalentar la noche.
Convertida en una fiera, arrancó de un tirón el vestido y, desnuda, se enredó a la columna metálica; una suerte de jazmín del país, jugando y trepando, cómo el más hábil y salvaje de los animales en celo.
La ovación fue total.
Una cortina color sangre caída desde el nunca, cubrió el cuerpo de la bestia que gemía... por más.
Resignó...
El cliente siempre tiene razón...
Angeles Charlyne
De la serie: “Ironía erótica”
La platea colmada se desesperaba por verla.
Yamila, sólo era un nombre caliente...
El taconeo sonó sobre el piso de madera. Sus tambores de llamada.
Los zapatos de cabritilla roja lucían brillantes.
Ella se situó en el centro de la plataforma, abrió las piernas convocando los vientos, empezando el juego de seducción, como si su ceñido vestido de lycra no pudiera impedirlo.
Los tajos de la prenda, también roja. se deslizaron hacia un lado, dejándolas al descubierto, un portento.
El rifle que llevaba en su mano bajó y subió desde el escote profundo hasta su sexo.
Su boca, entreabierta, provocaba.
Los espectadores gritaban eufóricos, alentando el espectáculo, algunos se pararon, lanzando prendas y billetes; las impotencias toman las formas del desamparo.
La mujer, inmutable, prosiguió con el show. Estaba por tiempo y presencia del otro lado de la urgencia.
La música y la escenografía acompañaban cada movimiento, parecía un diabólico cisne contoneándose.
Luego, sobre una silla, la imagen los alucinó al recostarse sobre ella; con una mano se tomó del respaldo, ella, de perfil a la platea, su cabeza se inclinó hasta casi tocar el suelo, la melena larga y rizada se extendió, era una alfombra barriendo la lujuria derramada que no sería negociada y menos, sobre la lustrosa superficie.
Lo hizo yendo y viniendo, en tanto su pelvis se elevaba, ganando altura, para crear y controlar los estallidos.
Luego, se incorporó respetando la coreografía tantas veces ensayada. Una manera de repasar rituales casi tribales.
Sentada, comenzó a quitarse los zapatos; lentamente subió hasta el porta ligas de tul negro, desabrochándolo; abrió la puerta a la cara de Dios, quizás la guarida del Diablo.
Desvistió la pierna. Cuando la media de seda fue a parar hasta sus dientes. la lengua la lamió hasta convertirla en una húmeda y fina hilacha.
Una mueca incitante, se instaló en sus labios, para recalentar la noche.
Convertida en una fiera, arrancó de un tirón el vestido y, desnuda, se enredó a la columna metálica; una suerte de jazmín del país, jugando y trepando, cómo el más hábil y salvaje de los animales en celo.
La ovación fue total.
Una cortina color sangre caída desde el nunca, cubrió el cuerpo de la bestia que gemía... por más.
Resignó...
El cliente siempre tiene razón...
Angeles Charlyne
De la serie: “Ironía erótica”
lunes, 18 de julio de 2011
Transparencias/ Pintura
Breve
Te busco en la hoja desnuda,
en el pez que lame la herida de papel…
Angeles Charlyne
miércoles, 29 de junio de 2011
Breviarios “Mirada de mujer y otras historias”
Miradas de fuego
tras el resplandor
invitan a la hoguera
-
Cae el ocaso
reloj de sol
que se astilla.
-
Tambalea la verdad
en la mirada esquiva.
-
Hay un antes y un después.
¿Después del después?
-
Se aferra la vida
en la última
cuenta de un rosario.
-
Cuando te vi
estabas lejos.
Ahora cerca
te veo lejos.
-
Desfallezco en el silencio.
Pero tu voz es mi cama.
-
Me acoplo
y soy letra de tus textos.
-
Me pierdo
soy encontrada.
Me encuentras
estoy perdida.
-
La luna gime
porque arde el lecho.
-
Si me dices que no me entiendes...
nada sabes sobre mí.
Comienza de
nuevo el Teorema.
-
Te escribí unos versos
y fueron leños.
Los recogieron tus manos
y fueron cenizas.
-
Vivo.
Descanso.
Duermo y sueño
en la habitación celeste
donde no se cobra hospedaje.
-
Te sueño y es real.
Te vivo y es sueño
-
Soledad...
Luna magullada de plaza vacía.
-
Me deslizo sigilosa.
soy gato que araña
las puertas de tus oídos.
-
Golpeo en tu corazón
sin daños.
Entro sin manos.
-
Eres pez entre mis redes.
Anzuelo que no te hiere.
Carnada que te da vida.
-
Vital.
Préstame el sol ahora.
Es de noche.
-
Cuando me hamaco entre el ramaje verde...
siento que el cielo queda mas cerca.
-
Si volteas la mirada
morirás de sed.
Un cántaro en mis pupilas.
-
En tus versos,
un pintor traza un desnudo.
¡Tengo frío!
-
Te escribo real.
Te pienso real.
Te veo real.
La utopía tiene formas.
-
Soy el viento
que agita tus ramas.
¿Tiemblas?...
Aún es verano.
-
Retazos de memoria.
¿Invaluable tesoro?...
¿Moneda corriente del olvido?...
-
Te espero en la verdad absurda
que no encuentra espacio.
-
Nazco y muero
en el aposento tibio de tu mirada.
-
Barrilete que ondula.
Letargo multicolor.
Postergado vuelo.
Mi cuerpo frente al tuyo.
-
Te pierdo en sensaciones
pero te encuentro sin verte.
-
Silencios compartidos.
Decadencia de ritmos.
-
Te escribo.
Te leo.
Te involucro.
-
Una lágrima.
Un caleidoscopio.
Una mutación.
Llovizna tristemente irisada.
-
Amantes.
Fugacidad de horas.
Escondite que se calla.
Piedra libre que no cantan.
-
No disfraces la mentira,
se ve igual,
aún con distintos trajes.
-
Me vestiste de sueños.
Me desnudaste de olvidos.
-
Ritmo de la nada.
Destrucción de palabras.
Sepulcro de la voz.
Silencio.
-
Me pierdo en un río blanco.
El timón...
Bolígrafo que me lleva hasta mi encuentro azul.
-
La vida es un tablero de ajedrez...
Estudiaremos seriamente la duda.
-
Hay una puerta bajo la almohada,
que me provoca a salir de noche.
-
La maleza es sólo maleza, que retiro...
cuando siento el aroma a flores.
-
La mentira es la moneda indeseable...
que puede llenar el bolsillo del asombro.
-
Se enredan cuerpos...
mientras la noche es la madeja.
-
Quiero ser tu recuerdo...
Guárdame entre los sepias.
-
Como saber si eres...
Cuando aún no sé si soy.
-
Cuando termine de conocerme...
Empezaré por conocerte.
-
En el miedo hay un rincón espeluznante,
dónde se juntan y esparcen todos los temblores del alma.
-
Un condón cristal se retira del cielo...
cuando la lluvia esparce vida a los huertos.
-
No me despojes de mi verdadera esencia...
porque quedaré vacía.
-
Cuando me doy en exceso... detenme.
No quiero que dudes de mi real tamaño.
-
Cuando te explico... quiero que me entiendas...
pero si callo... ¡también hazlo!...
-
A veces debo mentirle a la vida...
para que la muerte no me descubra.
-
Te escribo como si fuera la última vez…
Aunque siempre la última sea la próxima.
-
Cuando tomo un papel desnudo...
lo visto de palabras.
-
Hay un silencio verdugo...
que guillotina palabras.
-
A veces la vida es un puente
con tablones crujientes y barandas que ceden.
-
Distancia la distancia del amor...
cuando uno camina de frente y el otro de espaldas...
-
Si sólo me lees cuando escribo...
entonces... poco sabes sobre mi.
-
Te hablo con la verdad...
¿Pero mi verdad es la verdad de la verdad?...
-
¡Se tu mismo!... no te inventes...
¡porque ya existes!
-
Te doy mi palabra escrita...
cuando la sonora calla...
-
Si me llevas por fuera... sólo seré un adorno.
Pero si me llevas por dentro... seré mucho más que eso.
-
Si se habla de un descubrimiento, se habla de algo nuevo...
¿Pero cómo se llamaría antes de ser descubrimiento?
-
El silencio es una muerte callada...
que se adueña de la voz hasta dejarla muda.
-
Los sexos comulgan,
en el templo sagrado...
dónde no existe el pecado...
ni la absolución.
-
Cuando te pierdes... yo te rescato.
Pero si te rescato... ¿te pierdes?...
-
La verdadera nota, no está en una partitura...
sino en el nuevo día que nace...
-
Somos líneas paralelas buscando la convergencia.
-
Cuando me confundo en tu mirada debo mirarme dos veces.
-
Vacié el horizonte esperando el milagro...
de encontrarme con el mas acá.
-
La tarde se inclina sumisa,
cuando la noche levanta su látigo.
-
Si piensas en el siempre piénsalo siempre...
hasta que llegue el nunca.
-
Una extensa soledad...
madruga con raíces encanecidas...
-
Se desparrama la noche entre las sábanas...
y comienza un ritual.
-
Me visto con un traje ajeno...
para poder desnudar mi propio yo.
-
Cuando la introspección cancele sus puertas...
podré ser definitivamente libre.
-
No quiero saber del fin...
porque aún me falta saber del principio...
-
Gira el olvido insomne,
en torno al...
sepulcro del perdón.
-
Desato la memoria...
para que paseen los recuerdos.
-
Me veo entera...
Pero... me compruebo fraccionada.
-
Olvido de un amor a cuentagotas...
Recuerdo de limosna anestesiada.
-
Cuando me escribo difícil...
me entiendo más fácil...
-
Cuando me regalaste algo... no me diste algo...
me regalaste todo de tu algo.
-
Prisioneras de la oscuridad...
las sombras se baten a duelo.
-
Se desmorona la tarde...
y el ocaso desmenuza las últimas tibiezas.
-
Rasguña en el asfalto...
un mundo insomne.
-
En lo externo de mi piel quedó tu atril...
En lo interno... tu tela y su paisaje.
-
Mientras por fuera me congela un témpano...
por dentro me derrite.
-
Cuando me ilusiono me desvisto entre prados...
Cuando me desilusiono me arropo entre pastizales.
-
Entre el naufrago y el muelle...
la soga de la salvación.
-
Mis preguntas van llenando una gran bolsa...
y tu única respuesta se escabulle por un agujero.
-
Cuando la humillación nos toca...
nos palpamos entre harapos.
-
Entenderte podría llegar a ser el arte más abstracto.
-
Debo mutilarme...
para volver a reconstituirme.
-
Tironeando la cadena de mi fuerza
encontrarás el eslabón de la fragilidad.
-
Protégeme!...
tras los balcones del alma
una enredadera se asoma al vacío.
-
Cada mañana pinto los ojos de una mirada...
mientras tanto un llanto espera ansioso
arrugar el maquillaje...
-
Cuando di mucho de mí... lo sintieron poco...
Cuándo di poco... preguntaron... ¿por qué?.
-
Nunca reclamé la posesión del otro...
pero una noche desperté pariendo el egoísmo del mundo.
-
Siempre seré...
aunque sea por un segundo.
-
Paseé por la vidriera del recuerdo...
y me confundí entre maniquíes.
-
El futuro sólo está en la imaginación...
por eso lo escribo en presente.
-
Una palabra bella solo sirve para adornar un momento...
Pero todo tu idioma para fortificar todos los momentos.
-
Podría imaginarte como otras TANTAS VECES...
¡Fantástico!... es imaginarte TODAS LAS VECES...
Pero que pobre se siente... sólo poder imaginarte.
-
Para la cuenta del engaño podré sumar un perdón...
pero nunca restar un olvido...
-
Cuando recuerdo tu olvido...
Olvido tu recuerdo.
-
Si me necesitas... hasta él más allá...
Hazlo más acá.
-
¿Dudo de tu palabra?...
¿O dudo por la duda de tu palabra?.
-
No hay formula adormecedora que pueda...
contra el centinela de la conciencia.
-
Te llevo a cuestas...
para que la vida pese menos.
-
Por el ojo de la cerradura... lo breve de un paisaje acorralado...
Por la puerta al mundo... la extensa libertad de las formas.
-
El pasado es nuestra historia conocida...
El futuro... sólo una página en blanco.
-
Sonrío...
para que el circo de la vida le ofrezca un lugar al payaso.
-
Cuando la luz de la esperanza se convierta en inasible...
habré perdido uno de mis sentidos... o todos!
-
Hay noches de gran vigilia...
porque el fantasma del recuerdo...
atemoriza los párpados.
-
Puedo descubrir el camino de la mentira...
cuando la voz cambia de dirección.
-
Cuando las sombras de las tormentas dejen de recorrer distancias...
el alma agitada hallará reposo.
-
Mis palabras corren para no morir...
y mi imaginación vuela... para vivir.
Angeles Charlyne
sábado, 25 de junio de 2011
De amor, ruido y pena
Haikus
"Ensimismamiento"
T/m sobre Paspartour
-vidrio antireflex-
Reflejo de mí.
Espejo de tus ojos.
Cántaro de luz.
Sangra el verde
cuando la esperanza
está herida.
Tiembla la noche.
Claudica el silencio.
Murmullos grises.
Árboles ocres.
Otoños deshojados.
Duelo crujiente.
Revientan fuegos
en la espera roja.
Sexo en llamas.
Camino a ti.
En la búsqueda de mí
nos encontramos.
Corren agujas
por ocasos muertos.
Lóbrego final.
Geografía
de un mapa que debes
explorar en mí.
Ojos heridos
se llenan de rocíos,
solitarios.
Nos enlazamos.
Somos dos en uno/ Ya
para amarnos.
Tumba insomne.
Poemas/ Mar adentro.
¿Y Alfonsina?
Mi alma esa
calle solitaria.
Empedrado gris.
Las sombras tuyas
se desdibujan ¿Por qué?
¿Ya eres niebla?
Pido ayuda.
Mientras te recorro
toco abismo.
Corso fúnebre
el de miradas vacías.
Murga/ Soledad.
Alzo la vista.
Despertamos dorados.
Brillamos juntos.
Tu voz preciso.
Un son acompañado
late conmigo.
Una palabra
nos separará siempre…
Monotonía.
No te olvido.
Mi memoria arrastra
algunas cosas.
Amor punzante
perfora mis entrañas
y me desangro.
Amé gastando
los zapatos del alma.
Y tú descalzo.
Cuesta abajo
el río se suicida
para ser final.
Angeles Charlyne
"Ensimismamiento"
T/m sobre Paspartour
-vidrio antireflex-
Reflejo de mí.
Espejo de tus ojos.
Cántaro de luz.
Sangra el verde
cuando la esperanza
está herida.
Tiembla la noche.
Claudica el silencio.
Murmullos grises.
Árboles ocres.
Otoños deshojados.
Duelo crujiente.
Revientan fuegos
en la espera roja.
Sexo en llamas.
Camino a ti.
En la búsqueda de mí
nos encontramos.
Corren agujas
por ocasos muertos.
Lóbrego final.
Geografía
de un mapa que debes
explorar en mí.
Ojos heridos
se llenan de rocíos,
solitarios.
Nos enlazamos.
Somos dos en uno/ Ya
para amarnos.
Tumba insomne.
Poemas/ Mar adentro.
¿Y Alfonsina?
Mi alma esa
calle solitaria.
Empedrado gris.
Las sombras tuyas
se desdibujan ¿Por qué?
¿Ya eres niebla?
Pido ayuda.
Mientras te recorro
toco abismo.
Corso fúnebre
el de miradas vacías.
Murga/ Soledad.
Alzo la vista.
Despertamos dorados.
Brillamos juntos.
Tu voz preciso.
Un son acompañado
late conmigo.
Una palabra
nos separará siempre…
Monotonía.
No te olvido.
Mi memoria arrastra
algunas cosas.
Amor punzante
perfora mis entrañas
y me desangro.
Amé gastando
los zapatos del alma.
Y tú descalzo.
Cuesta abajo
el río se suicida
para ser final.
Angeles Charlyne
domingo, 12 de junio de 2011
Lamento Puyehue
"Desde las entrañas"
T/M
60x80
Por decir un nombre…
después del silencio se agrietó la tierra
despertaron raudas tus fauces de fuego,
abrasando a una humanidad falaz.
No es casualidad tu huída…
que derrames tu saliva amarga,
el color de tu carne calcinada
y te expandas luego, tiñendo los cielos,
cambiando el color de los semáforos.
Por decir un nombre…
Puyehue,
arrullé en tu vientre
una canción de cuna,
que aplacara el grito,
la herida del planeta
y la distancia.
Por decir un nombre…
en la voz del viento,
llegaste de otoño
al país del tango
quebrando el alba
de polvo y escarcha.
No es casualidad tu huída…
El suelo es quejido
de ceniza y humo,
el mundo agoniza,
respira la nada.
Angeles Charlyne
T/M
60x80
Por decir un nombre…
después del silencio se agrietó la tierra
despertaron raudas tus fauces de fuego,
abrasando a una humanidad falaz.
No es casualidad tu huída…
que derrames tu saliva amarga,
el color de tu carne calcinada
y te expandas luego, tiñendo los cielos,
cambiando el color de los semáforos.
Por decir un nombre…
Puyehue,
arrullé en tu vientre
una canción de cuna,
que aplacara el grito,
la herida del planeta
y la distancia.
Por decir un nombre…
en la voz del viento,
llegaste de otoño
al país del tango
quebrando el alba
de polvo y escarcha.
No es casualidad tu huída…
El suelo es quejido
de ceniza y humo,
el mundo agoniza,
respira la nada.
Angeles Charlyne
sábado, 28 de mayo de 2011
La lluvia
"El Chamán y la lluvia"
T/M s/ cartón
La lluvia era una sola ráfaga que parecía subir desde los cordones grises. La ciudad desagotaba su impotencia, quizás lloraba tantas mentiras aceptadas y las pausas resultaban respiraciones suspendidas.
El hombre, al borde del naufragio, levantó las solapas de su impermeable como si lo pudiera proteger de la inclemencia. La cara, una parte visible de la piel empapada era el muelle que resistía ese destino de oleaje celeste. Era furiosa la permanencia, quizás había llegado el momento de no dejar huella alguna de la calamidad que los habitantes llevaban inventariado.
Que pensaba el hombre, no era seguro adivinar, la tormenta se llevaba todo hasta las ideas. Esa sensación de vacío, sí la tuvo ella, detrás de la vidriera del bar; la lluvia desdibuja hasta la gracia, deforma y vuelve grotescas las formas, que parecen definitivas.
El café agonizaba tibiezas, como certezas ella. Las luces encendidas de las calles, parpadeaban ahogadas, incapaces de resistir la revelación de la tormenta. No recordaba cuanto tiempo llevaba absorta en el sesgo de las gotas, en la melodía sobre la superficie vidriada, ni en los navegantes de esa tarde casi noche que avanzaba implacable, sobre las certidumbres. Los pasajeros de la búsqueda incierta, sorprendidos por la desapacible sensación, dudaban de una presencia delicada y digna de otros abrigos. Los compulsaba cierto impulso protector. “El escalón del diablo, se desciende imperceptiblemente”, se dijo ella, al advertir alguna gentileza abortada por su propia indiferencia, fascinada por el galope encabritado de las hojas mojadas, que el viento arrastraba hacia un inquieto destino. Vio como sorteaban escollos, abrazaban árboles, ahogaban sumideros, barrían plazas, subían desesperadas, luego de un ramalazo, gritando en silencio por detenerse a tiempo pero, inútil, se estrellaban una y otra vez sobre curiosos escollos clavados contra el tiempo, negándose a rendir en la penúltima batalla; los añosos cipreses resignando corteses, sauces más llorosos que nunca declinaban consuelos, y la escuela de la vida, como siempre, carecía de asistencias; todos buscaban amparo y ansiedad de otras calideces.
Ella quería entender por qué la potencia desatada provocaba un temor incierto en los otros. Por qué esa duda brutal. Por qué ese desangrar los sentidos, llevaba pavor como una maldición.
Si el tiempo nos besa salvajemente, provocando el escándalo sensorial. Todo está por lograrse, los espacios se multiplican, los ceden aquellos apresurados en regresos previsibles. Rechazan la invitación a los olvidos, la aceleración del nunca más y el hormigueo que circula implacable, sobre todo en momentos en que están sobrando las penas. Pero, la secreta alegría, llegaba de regiones remotas que nunca pudo precisar. Eran avisos imperceptibles que se agitaban invisibles para el resto.
Un macetero rectangular de blancas siempre vivas, se revolvió imprevistamente para que el gato amarillo atigrado y pecho blanco, pegara sus ojos verdes, indescifrables, al vidrio que lo separaba del interior del lugar y el calor necesario. Ella pegó su bello rostro y los ojos de ambos parecieron soldar abismos. El gato replegado sobre sí, dejó de eludir la lluvia. Ella sospechó que ronroneaba, llamando visceralmente, por otras pertenencias.
Así estaban enfrascados cuando el hombre cruzó a pasos largos la avenida rumorosa, fruto del caudal de agua que se llevaba pasados. Ellos no lo vieron. Sonrió por el paisaje a pesar de portar el agua del diluvio. Entró al lugar y tomó asiento luego de entregar su impermeable empapado; el servicio caliente llegó rápido, la soledad ayuda y entretiene. Bebió su brandy a temperatura de brandy, como se debe y pasó a repasar el cuadro de la mujer y el gato, ajenos al mundo y a la vida. Sus ojos oscuros flamearon levemente, tal vez una postal perdida en algún aeropuerto inubicable, un vuelo que no debía tomarse y él no tomó, un vuelo que si tomó esa parte faltante de la postal. Un esfuerzo tardío por detenerla. La resistencia temporal de quien sería esquirla a 33 mil píes de altura.
Lo cierto que la reminiscencia era demasiado fuerte, casi tanto como el tiempo sin preguntarse ni preguntar. Era casi imprescindible averiguar. Garabateó una servilleta, apresurado por urgencias no del todo claras. Ella recibió del mozo el mensaje y sin volver la cabeza asintió. Su romance con el gato enhiesto, el pelo erizado pese al agua y el lomo arqueado, progresaba en la fogosidad de los espejos de sus propias miradas. Siguieron ajenos, en tanto el hombre cambió de sitio. Sus palabras parecían temblorosas, apremiantes; interrogantes agolpados que desandaban los muros de silencios demasiados prolongados. Ella cada tanto sonreía sin dejar de sostener la fijeza del gato. El monólogo llevó su tiempo, sin que amainara la tempestad. El sonido sordo del exterior impedía saber a oídos profanos, la naturaleza casi desesperada que se adivinaba en los gestos de él.
Pareció que la catarata de palabras declinaba intensidad. Era evidente que no progresaba la búsqueda de certezas. Un rayo atravesó el futuro pero el gato no se movió. Ella miró el cielo, casi como respondiendo a un llamado. Se levantó de la mesa con la misma gracia de gestos y sus felinos movimientos fueron seguidos por los escasos habitantes, el hombre y el gato inmóvil, que parecía aguardar. Ella abrió la puerta del local y la violencia de la ráfaga del viento dispersó manteles. Sin volver la cabeza ni mirar a los costados cruzó la avenida, el gato la siguió. El hombre, inquieto por la actitud se puso de pie dispuesto a seguirla, pero súbitamente se detuvo. En la mitad de la avenida ella y el gato desaparecieron, no alcanzaron a llegar al otro lado. Cerró los ojos, seguro de un engaño producto de la vidriera que deformaba figuras, se asomó. Lo curioso es que ella no estaba. La lluvia había cesado. Más curioso aún, todo estaba seco como si nunca la tormenta hubiese ocurrido. Volvió la cabeza buscando la referencia, como auxilio. Sólo la plaza. No había a sus espaldas ningún local. Miró el cielo, pero no encontró nada y se fue.
Angeles Charlyne
De la serie: “La Puerta que…”
T/M s/ cartón
La lluvia era una sola ráfaga que parecía subir desde los cordones grises. La ciudad desagotaba su impotencia, quizás lloraba tantas mentiras aceptadas y las pausas resultaban respiraciones suspendidas.
El hombre, al borde del naufragio, levantó las solapas de su impermeable como si lo pudiera proteger de la inclemencia. La cara, una parte visible de la piel empapada era el muelle que resistía ese destino de oleaje celeste. Era furiosa la permanencia, quizás había llegado el momento de no dejar huella alguna de la calamidad que los habitantes llevaban inventariado.
Que pensaba el hombre, no era seguro adivinar, la tormenta se llevaba todo hasta las ideas. Esa sensación de vacío, sí la tuvo ella, detrás de la vidriera del bar; la lluvia desdibuja hasta la gracia, deforma y vuelve grotescas las formas, que parecen definitivas.
El café agonizaba tibiezas, como certezas ella. Las luces encendidas de las calles, parpadeaban ahogadas, incapaces de resistir la revelación de la tormenta. No recordaba cuanto tiempo llevaba absorta en el sesgo de las gotas, en la melodía sobre la superficie vidriada, ni en los navegantes de esa tarde casi noche que avanzaba implacable, sobre las certidumbres. Los pasajeros de la búsqueda incierta, sorprendidos por la desapacible sensación, dudaban de una presencia delicada y digna de otros abrigos. Los compulsaba cierto impulso protector. “El escalón del diablo, se desciende imperceptiblemente”, se dijo ella, al advertir alguna gentileza abortada por su propia indiferencia, fascinada por el galope encabritado de las hojas mojadas, que el viento arrastraba hacia un inquieto destino. Vio como sorteaban escollos, abrazaban árboles, ahogaban sumideros, barrían plazas, subían desesperadas, luego de un ramalazo, gritando en silencio por detenerse a tiempo pero, inútil, se estrellaban una y otra vez sobre curiosos escollos clavados contra el tiempo, negándose a rendir en la penúltima batalla; los añosos cipreses resignando corteses, sauces más llorosos que nunca declinaban consuelos, y la escuela de la vida, como siempre, carecía de asistencias; todos buscaban amparo y ansiedad de otras calideces.
Ella quería entender por qué la potencia desatada provocaba un temor incierto en los otros. Por qué esa duda brutal. Por qué ese desangrar los sentidos, llevaba pavor como una maldición.
Si el tiempo nos besa salvajemente, provocando el escándalo sensorial. Todo está por lograrse, los espacios se multiplican, los ceden aquellos apresurados en regresos previsibles. Rechazan la invitación a los olvidos, la aceleración del nunca más y el hormigueo que circula implacable, sobre todo en momentos en que están sobrando las penas. Pero, la secreta alegría, llegaba de regiones remotas que nunca pudo precisar. Eran avisos imperceptibles que se agitaban invisibles para el resto.
Un macetero rectangular de blancas siempre vivas, se revolvió imprevistamente para que el gato amarillo atigrado y pecho blanco, pegara sus ojos verdes, indescifrables, al vidrio que lo separaba del interior del lugar y el calor necesario. Ella pegó su bello rostro y los ojos de ambos parecieron soldar abismos. El gato replegado sobre sí, dejó de eludir la lluvia. Ella sospechó que ronroneaba, llamando visceralmente, por otras pertenencias.
Así estaban enfrascados cuando el hombre cruzó a pasos largos la avenida rumorosa, fruto del caudal de agua que se llevaba pasados. Ellos no lo vieron. Sonrió por el paisaje a pesar de portar el agua del diluvio. Entró al lugar y tomó asiento luego de entregar su impermeable empapado; el servicio caliente llegó rápido, la soledad ayuda y entretiene. Bebió su brandy a temperatura de brandy, como se debe y pasó a repasar el cuadro de la mujer y el gato, ajenos al mundo y a la vida. Sus ojos oscuros flamearon levemente, tal vez una postal perdida en algún aeropuerto inubicable, un vuelo que no debía tomarse y él no tomó, un vuelo que si tomó esa parte faltante de la postal. Un esfuerzo tardío por detenerla. La resistencia temporal de quien sería esquirla a 33 mil píes de altura.
Lo cierto que la reminiscencia era demasiado fuerte, casi tanto como el tiempo sin preguntarse ni preguntar. Era casi imprescindible averiguar. Garabateó una servilleta, apresurado por urgencias no del todo claras. Ella recibió del mozo el mensaje y sin volver la cabeza asintió. Su romance con el gato enhiesto, el pelo erizado pese al agua y el lomo arqueado, progresaba en la fogosidad de los espejos de sus propias miradas. Siguieron ajenos, en tanto el hombre cambió de sitio. Sus palabras parecían temblorosas, apremiantes; interrogantes agolpados que desandaban los muros de silencios demasiados prolongados. Ella cada tanto sonreía sin dejar de sostener la fijeza del gato. El monólogo llevó su tiempo, sin que amainara la tempestad. El sonido sordo del exterior impedía saber a oídos profanos, la naturaleza casi desesperada que se adivinaba en los gestos de él.
Pareció que la catarata de palabras declinaba intensidad. Era evidente que no progresaba la búsqueda de certezas. Un rayo atravesó el futuro pero el gato no se movió. Ella miró el cielo, casi como respondiendo a un llamado. Se levantó de la mesa con la misma gracia de gestos y sus felinos movimientos fueron seguidos por los escasos habitantes, el hombre y el gato inmóvil, que parecía aguardar. Ella abrió la puerta del local y la violencia de la ráfaga del viento dispersó manteles. Sin volver la cabeza ni mirar a los costados cruzó la avenida, el gato la siguió. El hombre, inquieto por la actitud se puso de pie dispuesto a seguirla, pero súbitamente se detuvo. En la mitad de la avenida ella y el gato desaparecieron, no alcanzaron a llegar al otro lado. Cerró los ojos, seguro de un engaño producto de la vidriera que deformaba figuras, se asomó. Lo curioso es que ella no estaba. La lluvia había cesado. Más curioso aún, todo estaba seco como si nunca la tormenta hubiese ocurrido. Volvió la cabeza buscando la referencia, como auxilio. Sólo la plaza. No había a sus espaldas ningún local. Miró el cielo, pero no encontró nada y se fue.
Angeles Charlyne
De la serie: “La Puerta que…”
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