martes, 15 de marzo de 2011

Desde cerca... el otoño


El viento castigaba, arremolinando hojas perdidas por los árboles en su vana resistencia.
El lugar se alzaba en medio del sendero que bifurcaba más adelante; el piso de tierra roja apelmazada, lucía como un terciopelo, doblegado por el paso del tiempo y la gente. Más adelante, los tonos mutaban amarillos y dolientes, a medida que se alejaban, claros indicios de un otoño desatado, próximo a rebelarse.
Las cabezas gachas prolongaban el ánimo tendido por las plantas que, como los de la gente, pugnaban por erguirse desafiantes, para librar la penúltima batalla contra la inminencia de la muerte.
El señor de gris, oscuro y triste como esa mañana, seguía -escoba en mano- concentrado en su tarea, vitalicio a la señal del desajuste. Como todos los días barría esas señales, menuda tarea la de espantar miserias, para dar paso a otras decadencias.
El cesto recibió la palada crujiente, burlando verdes y pasados. Los restos ocres y desnudos, se agolparon junto a otros pasajeros de la inutilidad.
Adelina tejía inviernos, sentada en el mismo banco de siempre. Cauce abajo, la gran bufanda destinada a su nieto, se extendía tan larga como la medida de los olvidos; se quejaba y arrastraba polvo herido de ausencias.
“Tono” conversaba con su compañero de pieza, seguramente contándole historias sobre una Italia propia y ya perdida, su llegada al país que nunca más sería el mismo.
La anciana del vestido a lunares y mantilla al crochet, protegía su cabeza con una sombrilla rayada, cuidando que la ráfaga de aire fresco, no despeinara su larga cabellera blanca y rala.
Don Marcos trataba de leer el diario, observando el giro impertinente de las páginas, claudicando quietud, pero resignadas al vuelo, para él una burla demorada en el punto de la comprensión.
Tuve la sensación que el sauce lloraba desaires y que sus afiladas ramas reverenciando el suelo, chúcaras buscando orgullos, desprendía otra amarga despedida.
Los amarillos de la estación ocupaban espacios vacíos, preparando inviernos finales, mientras que mi alma flameaba roja, sacudida y vulnerable, una esperanza de goma en medio del mar, capaz de tragarlo todo, para volver a transitar la historia.
El césped recogía pisadas y desamparo. Los transeúntes del lugar caminaban, bajando la dolorida y descolorida mirada, hasta internarla en lo profundo de sus raíces, hurgando en la memoria, una cuchillada desenterrando recuerdos.
El gato, propietario de alturas, maullaba trepado a los techos. Un sonido lastimero y cercano, que iba desapareciendo camino a nuevos y misteriosos horizontes, que nadie adivinaba, imaginaba o simplemente deseaba.
Me busqué en el cielo para encontrarme, aunque más no fuera retazos que quedaran, pero no me encontré ya que me había ido de ahí hace tiempo, según el maestro felino.
Las nubes aparecidas como llegadas de una postal nevada, me volvieron a confundir. Era en otro espejo donde hoy me miraba. Es cierto que hay paisajes ignorados si uno no distingue los pasajes.
Regresado al devastado jardín donde formaban fila mis compañeros, listos y aguardando,
me llegué hasta ellos para contarles, advertirles, señalarles, transmitirles. Parecían dispuestos a escuchar. Todos miraron hacia arriba, intentando divisar la silueta del animal maestro que había regresado dando ordenes.
La escalera de madera azul, se hallaba repleta de flores blancas y celestes, que enmarcaban, engalanando, las barandas y desprendiendo extraños y bellos aromas. Una escalera al cielo y a la intemperie del relevo, trepar peldaños hacia la libertad.
Mi primo José se quejó por la espera, sus ochenta y cinco años tenían prisa; todo le resultaba tedioso, hasta la respiración agitada por los plazos invisibles. La cama rota, recostada contra la pared, se había cansado de soportar ciento diez kilos de diabetes y la hostilidad de la desesperanza que los rodeaba.
Maruca, mi vecina, temblaba fría y pálida, sujeta al respirador, pero dispuesta. No había nadie más para correr la sabana del final y extender la mortaja del adiós. Estábamos tan solos y abandonados que hasta soñar, resultaba insoportable.
Nuestros amigos habían desaparecido. La presencia de parientes había dejado de existir, ni hablar de las visitas. Los médicos habían fugado cuando descubrieron el túnel gris que conectaba a un mundo placentero.
Nunca olvidaré el día que la enfermera Taborda vino a verme para alcanzarme el medicamento que, rigurosamente, debía suministrarme, por orden explícita del doctor Giménez.
El comprimido misteriosamente estaba tibio como sus manos. Aquel día fue el último que la vi. Me dijeron que diversos problemas, achaques, gordura y años, la habían vencido y la vida se había tornado difícil de sobrellevar, por eso decidió emprender viaje... “un viaje desestresante” se rumoreó, pero sospeché que había seguido el mismo camino.
Yo sentía afecto por la gorda Taborda, me hacía acordar a mi tía Lola. Tenía ojos claros y grandes como ella y las pocas veces que se enojaba fruncía el ceño, dejando ver unos bellos y simpáticos hoyuelos, estacionados a ambos lados de la mejilla.
“La gorda” era alegre, un canto a la vida. Yo decía que no era para este mundo o mejor dicho... no era de este mundo. Supe más tarde que no me había equivocado.
Cuando se acercaba envuelta en su camisola blanca, parecía lista para remontar vuelo, pero ¡claro! era importante su contextura, como para lograr que el milagro se produjera.
Taborda cerró el puño y me dijo -Cuando decidas, tómala, ni un minuto antes ni uno después.
Y así lo hice. Ahora he vuelto para ayudar a los que quedan... sobre todo ahora, que Angélica mi mujer, también se ha ido.
“Quiero probar que se siente cuando el gato de la noche ceda paso al alma”. Banda en fuga.
“Yo quiero ser quién ronronee, lustrando la oscuridad para aclarar pesadillas”. “Y quiero estar sentado en las nubes, blanqueando dudas”, me dije.
Otro gato de relevo surgió para escalar los techos del nuevo geriátrico. Los ancianos recientes, seguían llegando para ocupar el lugar del desperdicio, los asientos de la decadencia.
El maestro, de ojos rasgados que ven en la oscuridad, -“quiero creer que lo sea”- , silbó un agudo maullido para estrenar la torre de mando y volví a presentarme, como un viejo soldado de la causa desconocida para alumbrar, aliviando pesares, en el camino del otoño.


Angeles Charlyne

miércoles, 2 de marzo de 2011

Frutas para Eva

El paisaje de la locura, gris como la fachada del edificio, se mostraba demoledor.
Desde el auto, las cucarachas de Kafka eran sombras proyectadas por los árboles, que pendulaban y la metamorfosis que, merodeaba todo, -mientras lo estacionaba- decía presente.
No pude esquivarlo. Mis ojos lo recorrían como si fuera la primera vez.
No sé por qué la melancolía me jugó una mala pasada, y juzgó cosquilleos en el alma, dando aviso al hombre que no podía permitirse ciertas emociones.
El desmesurado encuentro con las formas, antes nunca reparadas me sobresaltó, aunque sé que debo tener claro que, a expertos del oficio como yo, el impacto de la razón no debe doblegarlos, mucho menos confundirlos, pero sucedió el segundo que duró la huida de la observación.
El velo de la noche, misterioso cómplice de sombras, albergaba en su estructura maciza de cemento, otras sombras, viejas conocidas que, erráticas, cuando la oscuridad descendía, vagaban por los corredores, un cortejo de figuras perdidas de la nada.
Tomé el delantal blanco, lo coloqué sobre el brazo, mi perchero de carne, para tratar de que llegara impecable.
Era viernes y para colmo, primer día de guardia.
Desde la planta alta, se escuchaba un bullicio que se me antojó ominoso.
-¿Dónde está la vigilancia? -me pregunté- justo en el momento en que mi ropa se bañaba de rojo; un jugo venido del cielo.
Otra vez mi mirada volvió a trepar, para tratar de encontrarme con la línea de luz que se apagaba, ocultando al culpable, una ascensión prescindible.
-“La Eva”, así le dicen... ¡debe haber sido ella!, siempre anda con su bandeja de cerezas, surtida y surtiendo. ¡No se salva nadie! -dijo Ramón el sereno -; todas las noches tiene la misma costumbre, se pasea sin ropas por los salones, comiendo esas frutas; cuando algo la excita, las lanza desde el tercer piso, a manera de provocación ¿vio? y siempre se gana respuestas. Bueno, no lo entretengo más, otra vez le sigo contando. ¡Pase por favor! se le hará tarde para marcar la tarjeta -finalizó el hombre de delantal gris.
La pálida y delgada figura del “pelado”, apoyado contra la pared del corredor, me detuvo para pedirme un cigarrillo, tuve que explicarle, que no fumaba.
El hombre, desconfiado, hurgó los bolsillos de mi chaqueta desabrochada, hasta hacer caer la lapicera Parker.
Me preguntó si era una nueva marca de puchos; sin esperar respuesta se la puso en la boca ajada y pitó con fuerza, hasta desistir, arrojándola furioso al piso
–¡Esto es una porquería!, ustedes los “tordos”, no saben con qué darse, ¡miré... mire! ... me manché todo de azul -dijo- dándole una patada, hasta hacerla rodar debajo de uno de los bancos
La luz fluorescente del tubo, brillaba por su ausencia... como la razón.
Me agaché, puteando mentalmente para buscarla, tanteando, ansioso por recuperarla.
“Una Parker es una Parker, ¡carajo!” -furioso recalqué
Un jadeo extraño, a mis espaldas, me hizo incorporar de inmediato.
El susurro estaba tan cerca que el aliento me empañó el oído y me resistí a volverme.
Una mujer emergió desde la penumbra, pegándose a mi cuerpo.
El vello ensortijado de mi brazo izquierdo se erizó; un gato asediado por el desconcierto la duda y el temor ante otra especie.
La vi desnuda, tentadora y roja como la fruta que aprisionaba con el pulgar y el índice, para llevarse a la boca.
La fuente, desmesuradamente llena, impactaba. Una sinfonía de belleza y aroma.
Un racimo colorido y jugoso. Una proyección de sus ojos de mirada sugerente.
Ella, de melena corta y negra, más frutal y convocante, era un manjar que derribaba límites, aplastando rojos contra mi pecho descubierto.
De a poco, el humano depredador se fue internando bajo mis ropas, que me fueron arrancadas ferozmente, para caer sobre el piso acerado y gastado del lugar.
Antes de sellarme la boca y en el aliento previo dijo “soy Eva no lo olvides”
Estaba instalada sobre la carne expectante de este Adán; mordiendo vorazmente mi cuello hasta penetrar los huecos húmedos de las axilas y lograr tibios espasmos.
Estaba tensado al límite y el descontrol golpeaba la puerta; cada región de mi cuerpo fue presa fácil del contacto que la lengua hábil, generosa y complaciente, proporcionaba, dosificaba, llevándome al deliro.
Todo yo, fui un irreconocible animal, estremecido y estatua, esclavo de sus instintos.
Me sacudíó el ruido estrepitoso de la bocina del auto. Mis brazos amurados sobre el volante, estaban en cruz.
Me había quedado dormido, dejando velada, por desgracia, la fantasiosa película de un sueño, justo antes de llegar a mi nuevo destino.
Un hombre vestido de uniforme gris, se acercó diciendo:
-Soy Ramón, el sereno apúrese ¿usted es el nuevo médico psiquiatra... no ...?
¿Sabe?...-continuó diciendo- hay una interna que está más que “chapita”. Se llama Eva... ¡prepárese! ... porque tiene por costumbre desnudarse y ahora está a los gritos... pidiendo frambuesas...


Angeles Charlyne

De: Ironía erótica

jueves, 20 de enero de 2011

EcoSeco





I

Dicen que el silencio
es la mejor respuesta,
ahora que lo sé…
me duele más…
la agonía
de teléfonos rotos.

II

Y descansa…
el cuello negro
de un cisne
sobre la rueda inerte
de un carrusell
hecho de eco/ seco.

III

Cuando el ruido se duerma,
huiré por la ventana
de ésta ciudad vacía.
Quizás mas allá
mitad arriba…
mitad abajo…
se escuche la vida.


IV

Ruedan cardales
en la memoria
dejando su lamento de paja.

V

Cuando arda la noche
bajarán ángeles negros.
despintados y maltrechos.

¿Y si fuera ésta, la noche…
la de los pies descalzos y mortaja…?

VI

Lloran zorzales
sobre la copa
desnuda de un árbol.
Y yo aquí, debajo,
vestida de papel,
con un paraguas averiado
donde se filtra el espanto.



Angeles Charlyne

martes, 11 de enero de 2011

Sed

La insaciable sed del alma
trastoca los cántaros del mundo,
buscando más allá del desborde
la ultima gota por beber.

Y no le basta!...
Y no apaga las brasas…
Y no extingue los rojos…
Y no sacia el deseo…

Porque la boca del alma
es un antro infinito
que siempre reclama.



Angeles Charlyne

de “Vitral” -2002-.
Editorial “De Los Cuatro Vientos”
Buenos Aires- Argentina



"Sed"
Grafito sobre paspartú

lunes, 10 de enero de 2011

Desde la mesa

San Telmo se derramaba ruidoso, como copioso llanto, sobre la acera de la propuesta.
Húmedo el corazón y expectante, llegué por decisión del destino que dispone, señalando puntual el camino -el ritmo es sólo nuestro- que nos lleva y nos deja, que nos trae y devuelve.
El barrio, antipasto de los hambrientos, se mantenía gracias a pasajeros circunstanciales habituales, que se retiraban después de visitarlo, saciados de él.
Yo estaba vacío; era tal la negación que me sugerí el viaje.
La calle poblada, hormigas de carne, murmullo de abejas africanas, llamó mi atención.
No conocía mucho de arte; no estaba en el diccionario escaso de mis días; menos lo había palpado tan de cerca pero, inevitable, como el destino, estaba brillando allí afuera, suavizándome, como la espuma de la memoria que me recorrió en las orillas de algún lejano sueño.
Los sueños tienen la impertinencia de presentarse desnudos, sacudiendo el atónito asombro de la sorpresa, inquietantes, perturbando el alma. Y ella, fue eso, una revelación rotunda.
La estatua dorada, de pie en el extremo de la calle, era replica perfecta del mundo y la creación, por lo menos fue mi sensación.
Sus manos alzadas al viento reclamaban suplicantes. Los ojos detenidos en un punto, no parpadeaban.
La vida inmóvil, no martirizaba los sentidos sino resbalaba caricias.
La fina y delgada figura, se levantaba, una majestuosa esfinge, vomitando sombras por encima del pedregal transitable de la feria.
Los pasajeros de la vida, embelesados, olvidaban monedas en el sombrero sediento y cansado de suelo.
Los turistas disparaban flashes como balas trazadoras desde sus cámaras, para diferenciar, sus propias historias. Otros, los más silenciosos, registraban la pose y su paso, desde la tecnología digital.
Toqué su cuerpo -asegurando la mía, mi propia historia- atando lo que estaba viendo y no se me perdiera. A mi tacto no respondió la vida que latía. La carne, sugería y convocaba debajo del vestido soleado que, fulgurante, insinuaba otros matices.
Ella, ¡claro! no se inmutó, siguió ahí como si nada pasara, con la mirada extraviada,
buscando remanso y el aliento cortado, igual al que dejé al bajar del subte.
No sé por qué razón imaginé que las sandalias oro echarían a correr solas, despavoridas por el pudor malgastado, atrapado por el atrevimiento.
Sin desentenderme tuve que alejarme del significado y de lo que me produjo conocerla, presintiendo que después podría encontrarla, debajo del arbusto, a la sombra, bebiendo callada el silencio de otra postura. Tal vez para ese entonces su traje de lujuria, sería oscuro, con un antifaz ocultando los ojos de la tristeza.
Tal vez… ya no la desee como ahora, porque me daría miedo tanta negrura, quizás escaparía de sus guantes de garras enlutadas, presagios de parcas movedizas.
Que placentera pesadilla me rodea...-pensé -, mientras el susurro de un tango, caía sobre el tajo del vestido, que se abría paso, sensual, entre las piernas de una bailarina.
Supuse, que la nota le estaba jugando un picadito, cosquilleándole por debajo un dos por cuatro.
Sentado en la mesa del bar, la borra del café hablaba, contando disparatados cuentos; indignado fruncí el ceño, ante la gorda de vestido hindú, que, insistente los leía.
¿Qué había un loco en mi mirada reposada? -me pregunté- ¿y quién le dijo a esta bruja que los cuerdos son los que caminan?...
Ofendido, pagué lo que debía, le dije que no quería saber más... que se fuera...
Seguí observando la gracia arrabalera, extasiado por el compás ebrio, que invitaba, como la ginebra que me acercó el mozo, diciendo -Gentileza de “Tango Show”
La bebí de un sorbo, dicen que el tango anima y provoca.
Ella, toda sensualidad en forma de cabellera tirante y recogida, me echaba el ojo, mientras su zapato rojo se entrecruzaba con su adversario abotinado
Le desnudé la entre pierna, buscando secretas notas y entretejiendo partituras, capaces de hacerla vibrar como a una guitarra...
Cuando volví, me encontré en otro salón.
La presencia de una mujer que retrataba bellamente, me sacudió.
La galería, donde exponía, exhibía rostros de niños, adultos, ancianos.
Me acerqué para solicitar el mío; con amabilidad me invitó a tomar asiento. Me situé de frente, esperando ansioso el resultado del trabajo.
Ella, tomó el lápiz y comenzó a mirarme, supuse, estudiando formas.
Pero el grafito comenzó a girar en el aire, impaciente, rozando sus dedos, que hacían malabares por sostenerlo.
Tardó unos instantes en apoyar la afilada punta; para comenzar con lo que llamó “bosquejo”.
De pronto fijó su vista en la mía, se la veía, confundida, extrañada.
No perdí el tiempo y aproveché para besarle los labios desde la distancia.
En silencio le hice el amor el tiempo que duró la obra, fantaseando con la estatua viviente, que no se dio por aludida.
Me entregó la lámina, -que creí finalizada-. .El blanco seguía persistente y absoluto, como la borra del café y la balada que machacante me perseguían, para volver a llamarme... loco... loco… loco...
Me fui corriendo hacia la vidriera grande del shoping, para comprobarme de cuerpo entero.
Mi figura, misteriosamente, no estaba presente -como mi tacto de hace un rato sobre la piel de la muchacha quieta-.
Los espejos se burlaron implacables y ausentes de mí. El fracaso dentro del “Mac Donalds” también reía, comiendo hamburguesas con papas fritas...
Dejé San Telmo.
“Volveré” -pensé- mientras recordé nuevamente a la estatua dorada.
El bullicio dentro de mi estómago seguía vigente. No asumí tanto hambre... solamente por eso me largué a la avenida, tomé el subte de regreso... y a medias me devolví...



Angeles Charlyne


De “Ironía erótica”

martes, 28 de diciembre de 2010

Sorpresas en la noche



Después de la lluvia se fue desgarrando la noche, lloraban los verdes como estrellas prendidas de los árboles.
Todo parecía morir bajo el aguacero.
Los faroles de la calle titilaban despiertos de horror.
Desde la ventana del hotel los autos se veían estúpidas patrañas al garete.
No supe que hacer con tanta oscuridad que, adentro, parecía más grave.
Me vestí, protegiéndome con el gabán que llevaba en mi maleta y bajé las escaleras.
La luz se había cortado y el ascensor se había detenido por muerte repentina.
Una mujer de negro me cruzó el paso, cuando la acera se abrió amplia y húmeda.
No llevaba paraguas, era todo río, de la cabeza a los pies; gato negro acurrucado en el portal de las sombras, erizado y en acecho, desplegaba morosos movimientos convocando supersticiones.
La figura atrevida se desplazaba lánguida y sensual
Su cabello largo descendía liso, lacio, irremediable, buscando la cintura.
El vestido se adhería al envoltorio del preciado, fragante y lujoso estuche.
La perseguí, obsesivo; un perro al acecho dispuesto a cazarla.
Ella no me miró; su perfil erguido era guiado por la nariz altiva y soberbia, que seguía apuntando al frente, todo un canto a la indiferencia.
Le gruñí un par de guasadas; inmutable, como la lluvia, no cedió; demasiada agua que no podía con el fuego.
Giramos, como trompos, sobre la ochava hasta tropezarnos otro hotel, un guiño de luz en la tormenta, “debe ser el suyo”, -pensé-
Decidido a entrar, la tomé del brazo, para obligarla a que me mirara. Lo hizo, derramando la mirada de sus enormes ojos azules y por primera vez sonrió, aceptando, luego de mecer la cabeza; el bing bang afirmativo.
Urgentes, a dúo, llamamos al ascensor, rastreando el sexto piso; ascenso a un cielo privado.
El palier del lujoso apartamento se extendió, generoso, una cinta silenciosa con forma de afelpada alfombra.
La llave giró en la cerradura de esa puerta maciza y veteada, que se abrió, hospitalaria.
El recibidor mantenía temperaturas necesarias para noches indomables, como esta.
Colgué el saco, empapado, en el perchero centinela que descansaba detrás de la puerta.
Ella desapareció, supuse a buscar un trago salvador que atizara carbones preventivos.
Me senté a esperarla en el mullido sillón de pana azul, casi pausa contra el cielo.
El retrato del hombre, sobre la mesa enana de roble, llamó mi atención. Lo tomé cuidando no ser visto.
Joven y apuesto llegaba, desde la imagen, con el cabello rigurosamente estirado hacia atrás, seguramente sujeto en la nuca, una forma de poner orden con la cara.
Su rostro anguloso, era de una extraña y perturbadora belleza.
Se me desvaneció de las manos, a tiempo, cuando ella regresó, irrumpiendo en el instante revelador.
La mujer, como ave urbana de la oscuridad, se acercó, con ojos crecientes, casi desenfundados para observar y la boca glotona, entreabierta, dispuesta a quedarse con todo.
Su perfume estaba sellado a ella, como un escrito sobre la piel visible. Un graffiti exultante, sobre la pared inmaculadamente blanca.
Sus pechos asomaban firmes; la pollera seguía presa del encanto y el canto del cisne.
“Seguro que va a saltar la espoleta del deseo y morderemos la mejor granada” -pensé-
La noche agonizaba y yo también, preso en su cárcel con rejas de carne.
La besé y seguí lamiendo su cuello, paseando por sus pezones para llegar al ombligo, creado con la sabiduría de un artesano.
Decidido, me dispuse a continuar el viaje hacia el sur, en llamas, para quemar las mejores naves sin estrenar, que suelen ser las fantasías improbables
La mano de ella se interpuso, interrumpiendo la marcha.
Pareció sobresaltada, impaciente como si se tratara de su primera vez.
Me abalancé, león hambriento, buscando derribarla.
La arrojé con violencia sobre la mesa de vidrio, comprobando que se acoplaba a la superficie, con la armonía que emergía desde la repetición.
De un tirón le arranqué la ropa.
El paisaje era prometedor y de matices soterrados, como el tiempo que afuera cambiaba lluvia por espanto.
De ojos cerrados, la autopista del placer, que exploraba como un ciego en la maleza, me tropezó con un trémulo escollo, que se agitaba en el ojo del huracán.
La sorpresa, abochornada, caída, se dejó ver, minúscula, flácida entre las piernas, en el mismo instante que le escuché decir -con voz melodiosamente ronca- “Me llamo Raúl, no me diste lugar para que explicara...”


Angeles Charlyne

De la serie “Ironía erótica”

jueves, 2 de diciembre de 2010

Apocalipsis


“2012 el resurgir”
Acrílico



El día amaneció bajo un cielo metálico, plomizo, acerado. Pensé que no podía ser de otra manera, si esa misma mañana lloverían bombas. Es posible que el fuego, luego, purificara el escenario. Las pobres gentes del pueblo no lo sabían. Tampoco tenían porque saberlo. Yo no tenía ganas de contarlo y, menos, de enfrentar miradas interrogantes.
Las calles a esta hora incierta, donde los grises dominan el futuro, estaban desiertas. ¿Qué otra cosa se podría esperar? En esa estación oscura, donde la parada del tiempo llegaba habitada de la morosidad propia de la ausencia de apuros, era la temprana resignación de la nada, llamando, el 2.012 se aproximaba.
Miré hacia el este -de allí vendría el miedo- profetizó alguien -hace tiempo-, teórico, de la calamidad. El este me mostraba que el oeste era el Atlántico si yo aceptaba que él, era Pacífico. Vacilé. De pacífico no podía presumir, menos ante el incendio y las vísperas.
Al final de la calle ancha, un perro, sigiloso, olfateó desconfiado el tiempo de descuento que, sospecho, intuyó se avecinaba. Se hizo amigo del cardal que comenzó a deambular insomne, aprovechando el silencio y el espacio. Me pareció casi una atención, atender a ese penúltimo descanso. Pude liar un cigarrillo, seguro de disfrutar la privacidad, posible en la locura.
Pensé en las mentiras acumuladas, que yacían latentes, tras las paredes del edificio donde las autoridades, seguramente, debatían mentiras que explicarían, a la historia y al futuro la parte conveniente de las decisiones inconclusas, insuficientes, inconvenientes, pero necesarias, para justificar lo injustificable.
Me encogí de hombros, sin sumar indiferencias, eran peores las de los otros, que contribuyeron con su desidia a la calamidad pública. La impiadosa realidad disfrazada de políticas y de ideologías. La asquerosa vocación por la simulación. Los intereses son permanentes. Las ideologías van y vienen, afirmó una vez un hombre ilustre, que se vanagloriaba de no haber escrito una línea, para explicarse; para lo que hay que ver!, solía justificarse y desdeñar la humanidad. En fin, era el manso discurrir de lo inexorable, la antesala de momentos finales… la revelación!
En el aire, un pájaro curioso, dibujó el círculo perfecto de lo insondable, como tratándose del rítmico pasaje de la intromisión. El vuelo parecía reconocer o registrar para siempre aquello, que yo, sospechaba, detectaba desde arriba. La mañana rauda, avanzaba insolente, para tomar posesión de sus dominios, que la gente suele creer propios.
Casi resignado cedió lugar al viento, que parecía predecir. Las pequeñas historias que habitan leyendas de la gente, se escriben por abajo, donde suele estar la verdad, como anticipa el oráculo, a veces… a destiempo, como es lógico. La prudencia es hija de la razón. Pero no vive en este pueblo. Hay cierto aire de indefensión o resignación improbable (nadie sabía que iba a ocurrir salvo yo). Muchas veces tuve que aceptar que esta actitud, colectiva, pasiva, suicida, imprudente, debía cambiar, como el curso del agua que baja en los ríos de montaña. Sin embargo la historia, que siempre escriben los vencedores, custodia el rumbo de la humanidad, creo que sin saber por qué. Claro que, los intereses, siempre saben muy bien por qué.
Las primeras ventanas que se abrieron, casi como al unísono, eran una formación galáctica en la tierra. Titilaban y flameaban los postigos reclamando espacios, ignorando ¿deliberadamente? que ese día no era uno más. La mutilación de los sueños suele ser el peor de los crímenes, pero estabamos en tiempos de vísperas y estos, seguramente, no figurarían en ninguna antología.
Los habitantes del pueblo, propietarios de la indiferencia parecían estirar las piernas de la inmortalidad.
Los comercios abrían sus puertas, como si nada, claro tampoco sabían y mi locura era progresiva, porque asociaba lo imposible. Los chicos salieron, como siempre, rumbo a la escuela. Las madres, diligentes o preocupadas por el que dirán las otras, reprendían como siempre y formaban la cola de la comunicación que se hace en cada puerta de colegio que se precie.
Los micros se alineaban respetuosos para portar la valiosa carga. Claro que, no parecía serlo en virtud de aquello que los llevaba hasta la encrucijada. Los movimientos morosos desperazaban y el concierto popular de la última sinfonía que se interpreta sin que las partituras se conozcan, estaba sonando en el silencio profundo del momento previo.
Empecé a sentir agobios inesperados. Pero las cartas estaban echadas y ese casino de la vida estaba por cerrar.
El rumor del este, en el aire, parecía inaudible, a punto tal que nadie pareció advertirlo. El cielo se ennegreció más de lo aconsejable, desde donde yo miraba. Me sobrecogió la pantalla gris metálica de los aviones y aquí, abajo, en la tierra, la supina indiferencia de quienes debutarían en el cataclismo.
El descenso ordenado, un ballet de hierro deslizándose en el viento, sólo tuvo un espectador, yo.
Me sentí, supremo, deshacedor de absurdos ante el principio del fin.
La oleada, como cuando se quiere cabalgar la marejada, onduló antes de abrir sus vientres llenos de mensajes… “Bienvenidos!”,
“El mundo quedará limpio”” “La tierra agradecida” “Los buenos se quedan… los malos se van…”
La manera de saldar deudas tenía la perfección de una firma… la mía. Cerré los ojos… el universo se iba oscureciendo, pero yo veía la luz.
El Apocalipsis había llegado.


Angeles Charlyne



“Apocalipsis I”
T/m






"Apocalipsis II"
T/m

martes, 23 de noviembre de 2010

Desvelo





“El pensamiento atormentado desea huir de los desvelos cotidianos... cuando la memoria del hombre descorre la sábana blanca donde llegan los fríos...”



La mujer pensó en los te amo que nadie le dijo, en las cartas que nunca recibió, en la mirada ocre de un otoño sin prisa, en el perpetuo y azaroso deslizar de los días, en la rosa infertilizada de su vientre, en el ocaso temprano de su vida, en el sendero ruin del destino, en la morada alámbrica del silencio, en la queja doliente de la pena, en la tristeza de todos los vacíos, en el torrente acuoso de la lágrima. Solo por eso... y por todo... cerró sus galopantes ojos amarillos, cubrió su cuerpo de fieles atavismos... con el velo negro de quien desvela memorias... y se echó a morir la noche como tantas otras veces...


Angeles Charlyne

De “Siete veces 7”
-Microcuentos-

martes, 9 de noviembre de 2010

Poemas de agua


"Submarino"
-Xilografía-


"Esta mañana la vida se desliza por el agua.
No hay voz que quiebre el silencio del agua."
Cesare Pavese




I

Aquí estoy,
mirándome,
en este espejo de agua,
con dos ojos amarillos
y dos pestañas largas,
una nariz que respira
alguna pausa,
una boca que sujeta
la fragilidad del alma.
Y aquí estoy,
desnuda,
frente a un poema de agua,
con las manos del insomnio,
con la pena desgarrada,
con el corazón de paseo,
con el rostro trasuntado…
por si me descubren humana.


II

Y nadie me ha explicado:
Que los gorriones
mueren electrificados
por ser simples gorriones.
Que los niños crecen
y suicidan juguetes
en el altillo del olvido.
Que hay que sufrir
mil muertes
antes de la definitiva.
Si nadie me lo anticipó:
Que el amor viste de estreno,
cuando muda historias viejas.
Si nadie me dio aviso:
Que a la mujer que he sido
se la llevaron
sin que me diera cuenta.

…Si nadie me lo dijo….


Angeles Charlyne


"Tótem de sombra"
-Xilografía-