martes, 23 de noviembre de 2010

Desvelo





“El pensamiento atormentado desea huir de los desvelos cotidianos... cuando la memoria del hombre descorre la sábana blanca donde llegan los fríos...”



La mujer pensó en los te amo que nadie le dijo, en las cartas que nunca recibió, en la mirada ocre de un otoño sin prisa, en el perpetuo y azaroso deslizar de los días, en la rosa infertilizada de su vientre, en el ocaso temprano de su vida, en el sendero ruin del destino, en la morada alámbrica del silencio, en la queja doliente de la pena, en la tristeza de todos los vacíos, en el torrente acuoso de la lágrima. Solo por eso... y por todo... cerró sus galopantes ojos amarillos, cubrió su cuerpo de fieles atavismos... con el velo negro de quien desvela memorias... y se echó a morir la noche como tantas otras veces...


Angeles Charlyne

De “Siete veces 7”
-Microcuentos-

martes, 9 de noviembre de 2010

Poemas de agua


"Submarino"
-Xilografía-


"Esta mañana la vida se desliza por el agua.
No hay voz que quiebre el silencio del agua."
Cesare Pavese




I

Aquí estoy,
mirándome,
en este espejo de agua,
con dos ojos amarillos
y dos pestañas largas,
una nariz que respira
alguna pausa,
una boca que sujeta
la fragilidad del alma.
Y aquí estoy,
desnuda,
frente a un poema de agua,
con las manos del insomnio,
con la pena desgarrada,
con el corazón de paseo,
con el rostro trasuntado…
por si me descubren humana.


II

Y nadie me ha explicado:
Que los gorriones
mueren electrificados
por ser simples gorriones.
Que los niños crecen
y suicidan juguetes
en el altillo del olvido.
Que hay que sufrir
mil muertes
antes de la definitiva.
Si nadie me lo anticipó:
Que el amor viste de estreno,
cuando muda historias viejas.
Si nadie me dio aviso:
Que a la mujer que he sido
se la llevaron
sin que me diera cuenta.

…Si nadie me lo dijo….


Angeles Charlyne


"Tótem de sombra"
-Xilografía-

lunes, 1 de noviembre de 2010

Tarde



Paloma levantó la tapa. La boca del cofre se abrió para respirar, repleto por el ahogo de tantas palabras estacionadas; introdujo la carta, la asfixió junto a las demás, otra vez llegó la oscuridad, le puso llave y salió de la habitación, clausurándola con otro cerrojo.
La puerta tembló y un cercano llamador de ángeles se bamboleó para sonar como nunca.
Pasó por el corredor que comunicaba al baño, se detuvo; Marcos estaba frente al espejo. Una espuma blanca ocultaba parte de su rostro, todo un paisaje nevado. La máquina de afeitar subía y bajaba, esa huella lisa y tersa que iba dejando, le recordó una silla de nieve rasurando caminos; el espejismo desapareció pronto, pero los hielos del alma seguían carcomiendo hasta los huesos.
Marcos reparó en su presencia, se asomó, la saludó extendiendo la brocha empapada de blancos, que aún sostenía en su mano Paloma se dio vuelta y lo saludó con un gesto. Él se quedó hasta verla desaparecer.
Era lunes de mañana y el agitado fin de semana se había disuelto. Una forma más de litio mutando hacia la elusiva zona de expectativas y otras de las rutinas insalubres que azotaban su inteligencia. Paloma voló rumbo a la cocina para prepararse el desayuno. Una solitaria decisión que conservaba en eso de conservar la independencia y los símiles de la libertad, cuando se quiere preservar, como ella, espacios plenos para uno. No solía explicar y los demás terminaban por aceptar, no sin protestas a veces, las distancias que tomaba de la vida de los otros.
La luz del sol rebotaba en las blancas paredes de la no menos blanca conformación del mobiliario, todo lo cual le confería un aire extraño, irreal. Entrecerrando los ojos pudo ver los cipreses enjutos que descendían el suave declive del parque. La mirada se perdía porque el espacio estaba dispuesto para declinar, cortésmente, descubrir el horizonte.
Preparó el jugo de naranjas en un vaso alto y delgado, mientras meticulosamente disponía el orden del lugar. En tanto modificada el de las cosas, con un plato de tostadas dispuestas sobre un mantel verde veronés, oscuro y brillante. Tanto la tetera como la lechera individual, lucían primorosas, como piezas únicas -lo eran- y la taza transparentaba las delicadas formas que hacían propicio su placer.
Se dijo que sí. Que su placer estaba antes que nada. Se detuvo en un movimiento casi circular, al recordar la carta y el remitente.
Un largo silencio se agazapó detrás de la puerta de la memoria. Hubo muchas y artesanales formas de desviar esa correspondencia, casi implacable, que la seguía a lo largo del tiempo, y que la abrumaba, no tanto por el riesgo de ser interceptada y consiguientemente, interpelada, como por la fuerte sensación de sentirse condicionada. Tampoco eligió elegir, pensó, pese a que la decisión estaba por encima suyo. Había comprobado a lo largo del tiempo, que por más inesperado que fuere el lugar donde se hallara, ellas llegaban una vez por mes, con implacable precisión. Algunas cubrían formalidades aunque el reclamo persistía. Su negativa al encuentro fue la ruptura del cristal en una tarde mayo, cuando Pablo supo olvidar la cita por otra y con otra, desarmando el mundo lúdico donde ella había instalado esa relación casi sacramental. Nunca se trató de despecho, celos, odios, venganzas, rechazos. Nada de eso tenía lugar en su alma. Simplemente el peso de la tristeza honda, casi lánguida, etérea, indescifrable pero también ilevantable, había clausurado para siempre -lo supo después- la construcción de un futuro con sueño de promesas confesables, sólo para ella. También se recordó que nunca se lo hizo saber porque la sorpresa siempre tiene lugar después y esta vez, la suya fue desafortunadamente primera.
Pablo no sólo no se resignó. Sino que dedicó los siguientes veinte años a buscar la indulgencia, la absolución, fruto de la percepción del nunca más. Consagró su vida a seguir sus pasos a lo largo de la vida, sin olvidar un día, con la obsesión consagrada.
El éxito acompañó su vida profesional pero ese era el costado perfeccionista, con el cual ambos habían elaborado, antes, los mutuos respaldos. Paloma bailó la vida de los poetas dejando su huella en el alma de los otros, y nosotros -se dijo Pablo-, los blancos de papeles entintados, inmortalizando una danza propia, celebrada por el mundo de los dos.
Paloma agitó la cabeza en su cocina y el jugo se meció en la copa que bebió de un sorbo. No tenía ganas de encontrarse allí con su marido y hablar de la previsible jornada de él en su empresa, capaz de condicionar hasta el minuto feliz, como ocurriera, cuando nació Luz. Partió rumbo al parque para caminar en círculos, como solía hacer, tiempo que consagraba a lidiar con sus sentimientos, ordenar ideas, buscar la forma, planear un salto o simplemente escuchar el silencio.
Nunca halló razones para responder una sola de las cartas de Pablo. Era impensable. El debería haber aceptado que la realidad puede parecerse a la verdad, dependiendo desde donde se la mire.
Una paloma blanca detuvo su vuelo en la parte superior de la residencia vecina, no tan distante como para que ella no advirtiera una ligera impaciencia. La fijeza posterior la inquietó y un ligero estremecimiento la obligó a abrazarse.
Se volvió. Entró en la casa. Abrió la puerta, se sentó al escritorio, tomó su pluma, la humedeció en la tinta y comenzó a escribir: “Pablo, es tarde para llegar tarde a alguna tarde...”
Una radio lejana, posiblemente la de Marcos, anunciaba... Se suicidó el doctor Pablo Fernández...
Paloma buscó con la vista la paloma, pero ya no estaba y una sola lágrima rodó hasta naufragar en sus labios apretados, mordiendo el silencio.



Angeles Charlyne

De la serie “La puerta que…”

domingo, 24 de octubre de 2010

Atreverse


“Has dicho tantas palabras
que ya no te atreves a oírte llamar”
Alejandra Pizarnik



Dicen que la muerte
te cubrió de luz
porque la vida
te tumbó de sombras.

Dicen que te has ido
y que un gorrión azul
escondió en tu sexo
el último verso.

Dicen que dicen…
Los peces moribundos
de tu vientre,
los muros,
las paredes
y las sombras.

Dicen que han sufrido...
Los ojos descarnados
de un poema.

¡Alejandra!
dicen
los fantasmas
que
dejaste huérfanos.

Dice…
un mar,
una telaraña,
una muñeca,
un perro flaco
y un cigarrillo encendido
de cuatro cabezas.

Dicen…
Las noches,
los espejos,
los silencios,
las puertas abiertas.
Y que hay un puente
y un sombrero con flores secas.

Dicen que oigas.
Que te atrevas.
Que vuelvas.
¡Qué vivas!
Que se quedó con hambre
de caricias
tu cabellera de Ofelia.



Angeles Charlyne

domingo, 17 de octubre de 2010

Mujeres

“Ayer, hoy, mañana, después y...”



Las cinco mujeres, aguardaban al psicoanalista. Todas charlaban, excepto una. La señora de don Ayer decía que él, siempre pensaba en su pasado. La de don Hoy, que nunca lo hacía en mañana. La de don Mañana, que el suyo postergaba todo para después. La señora de don Después “que para su cónyuge no existía ni ayer, ni hoy... que todo era luego”. La mujer silenciosa miraba sin comprender por qué ellas no estaban conformes. Una, rompió el mutismo -Decime... ¿vos no tenés de qué quejarte?-. La interrogada miró antes de contestar con otra pregunta -¿Qué podría decir alguien casada con don Nunca...?


Angeles Charlyne

-Microcuento-
De: “Siete veces 7”

viernes, 8 de octubre de 2010

De viñas y veletas



“Bebamos, pero antes brindemos” -decidió Cosme, insoportable a la hora de dar órdenes y decidir los movimientos y la vida de los demás. Azucena su mujer asintió, de mala gana, levantando la copa y haciéndola rechinar junto a las otras.
Como en toda familia de la humanidad hay siempre alguien que decide que, cuando y como.
La terraza blanca, era una incitación. Todo se hacía allí, desafiando al sol, también el gallo, hacía lo propio, apostado como un soldado guardián, custodiaba los frentes de batalla, desde y sobre la veleta de la vieja iglesia.
Nadie retrocedía y las emociones estaban siempre a flor de piel, porque nadie se lo confesaba pero todos convenían en que un acuerdo silencioso los reunía esa única vez en el año, para celebrar el pretérito acuerdo -si es que lo hubo- capaz de construir semejante constancia a través de los siglos.
Los invitados eran muchos. Los complotados algunos menos. Los completados ninguno porque “la ninguna” era parte de la negación automática a los sucesos que escapaban a la comprensión automática. Por ejemplo la que encarnaba Azucena, que nada tenía de flor. Ella era una luz perdida en ese paisaje mediterráneo, un jardín errático en la penumbra de la vida de los otros y que solía incomodar, como lumbre en la tormenta.
Azucena sabía que aquella figura de hierro, imponente, con la cresta saliente y empinada, determinaría inminentes y drásticos sucesos. Lo supo la noche en que su abuelo “el profeta”, así lo llamaban los lugareños, se quebrara, diciéndole “Escúchame bien Azucena, debo contarte un secreto, serás la única que podrá salvar al mundo, rompiendo las pautas, las reglas, las normas establecidas del universo. Llegará el día -prosiguió diciendo- en que el viento y la lluvia se querrán llevar los sueños de la gente. Pero debes impedirlo. El viaje será sin boleto de regreso.
¿Lo ves? -preguntó el viejo. El… -señalando al gallo y su veleta- es dueño y señor de estas tierras, hace y deshace, se respira la vida, la muda… la pone a sus pies. No hay Dios que se le asemeje, ni siquiera el que está dentro del templo. Lo podrás constatar en un futuro próximo -finalizó sentenciando-. No me preguntes más. La decisión será tuya y el amor también lo será…
Y con un beso el abuelo selló el pacto con su nieta, alejándose de la Viña para nunca más volver.
Azucena asomada a la terraza y recordando aquellas palabras, miró hacía la torre. La veleta permanecía inerte, como una nada perdida entre la inmensidad arquitectónica que la rodeaba, la comparó con su vida de continuas humillaciones, rondada por el desamor y el silencio y comprendió. Miró esos brazos de hierro extendidos como puentes hacia la gloria, y se imaginó abrazada al cielo, respirando la pausa del agobio. Giró la cabeza para comprobar el resto de la escena. Levantó nuevamente el telón imaginario y prosiguió con ese juego que tanto la seducía. La cúpula mayor, con su punta rozando estrellas, se le antojó un juguete fálico, donde los pájaros anidaban y palomas se daban cita.
Los ángeles, que antes, fueron dorados, subsistían entre colgajos de musgo, mansamente descascarados, esforzados por sostener los famélicos clarines.
Las campanas… fauces hambrientas, sonaron estrepitosas, presagiando lo inevitable. Azucena se persignó y se quedó a la espera. La hora del grito estaba comenzando.
La ceremonia marchaba con el ritmo propio de la morosidad que uno se desea para las fiestas, cuya perdurabilidad se procura detener, para que el pasado tenga su oportunidad de juntarse con el presente.
Los chicos, inocentes de estas preocupaciones que sobrevolaban regiones misteriosas, jugaban los juegos de un destierro propio de la fantasía que significa irse, por una vez, de la vida diaria, buena o mala que les tocaba, vivir.
Las mesas dispuestas bajo las sombrillas amables, casi maternales por el abrigo, cuidaban que todos se sintieran incluidos. Cosme dirigía desde su estratégico rincón familiar, los aprestos dispuestos a no perder de vista que ese día, ese único día, el destino lo había escrito para ellos. Lo que no sospechaba era… que.
En realidad muchos miembros de esa corte desarrapada y miserable, cultivaba la exclusividad de quien creía que era su Dios.
Cosme hizo, con la ampulosidad de siempre, la indicación para que la ronda de mozos llegara puntual y atenta a cada uno de los comensales, para que nadie se sintiera discriminado o al menos lo intentó.
Cada mesero portaba su botella, que a la vez portaba la exclusiva cosecha de la finca, antes que nadie pudiera acceder al tesoro que el viñedo guardaba para propios y extraños. Como una delicadeza superior, esa misma botella llevaba el número de la mesa, para que la reciprocidad no permitiera albergar sospechas.
El brindis, en realidad la ceremonia central, más que los platos típicos, la complacencia de adolescentes y niños capaces de consentir, las parejas que se animaban a construir el futuro, los adultos en retirada de proyectos vitales, sólo dispuestos a aguardar los tiempos del destiempo, se galvanizaban para ese segundo donde se refundaba la virilidad de la descendencia. Donde todos, sin exhortaciones, contraían el compromiso de prolongar en el tiempo, la ceremonia, por la cual esa familia, cuyas ramificaciones muy pocos podían seguir, para no errar el camino, elegía su elegía.
Conmovía la solemnidad de abyectos personajes que, por un instante, rescataban la dignidad después de pasos perdidos.
La vacilación del jefe del servicio, un somelier de irreprochable pasado y trayectoria, hizo palidecer a Cosme. Toda la ceremonia transcurrió dentro de lo que la mayor parte de invitados e invitantes esperaban.
El sol declinó homenajes. Cuando la tarde decidió marcharse, con el garbo y el donaire de quienes se sienten seguros que su regreso es cierto, saludó con tres nubes alargadas. Los visitantes, emocionados por la renovación de la fe y el compromiso remoloneaban demorando regresos. La tarde se prestaba. Tal vez y ellos lo ignoraban, era lo único que se prestaba ese día en ese lugar.
Cuando se licuó la urbanidad, Cosme, con residuos de curiosidad, amortiguados por cuatro generosas copas del vino elegido, buscó a Pierre el somelier, para interrogarlo.
El hombre dueño de todos los desencuentros imaginables, escuchó la consulta, se encogió de hombros, para explicar, sin mayor énfasis, que las piletas -donde se albergaba el vino -, fueron visitadas durante la noche por el viento del norte y la tormenta impiadosa pudrió la cepa ansiada, elegida y por supuesto ignorada por todos.
El hombre, miró a Cosme y se marchó. En su casa, se encontraría con Azucena, -su amor prohibido… hasta hace instantes-, para subir un barrilete peregrino antes que el lucero avisara la llegada de la luna. Las maletas descansaban sobre la cama, prontas para el viaje; pero faltaba el último aullido, la fatídica señal… el desajuste, entonces sí llegaría la culminación, el milagro.
Cosme, acongojado y solo, giró la vista hacia la iglesia en busca de sosiego… pero los ángeles ya no estaban, en su lugar un anciano de larga barba blanca pareció elevarse como una paloma ligera de equipaje.
La veleta se meció gradualmente y como un reloj marcando las horas señaló que el tiempo era ese.
El gallo respondió al mandato de la naturaleza. Sus plumas se abrieron como abanicos, deseosas de libertad. Su pico en alto ejerciendo poderío, apuntó al firmamento como un misil devastador.
Un relámpago fue respuesta, cayendo lineal e iluminando la cresta de hierro.
La tierra se bañó de un río rojo y acuoso. El adiós llegó oportunamente como la lágrima derramada sobre el rostro de Cosme.
A lejos se oyó el quejido rumoroso del mar y una embarcación que zarpaba.
Respiraron vientos nuevos sobre la Viña polvorienta, cuando un cuervo, impávido de malos augurios se despedazó en el aire…



Angeles Charlyne


*Texto -concebido a partir de “Las veletas de Minutti”-
que integra el proyecto -- “Monografía de las Veletas / Letragrafía de las Veletas”- Año 2005-

Rafael Cortés Minutti

Las Veletas de Minutti ®
Cerrada de Schubert Núm. 8
Fraccionamiento Indeco Ánimas.
CP. 91190
Xalapa, Ver. México

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Silueta


“De tanto creer se me ha escaldado la fe...
De tanto sentirla... se ha vuelto vieja amiga...
De tanto mirarla se me ha confundido...”


Se despojaba de sus ropas, que lentas iban cayendo, como pétalos.
Imaginé que algún jardín alfombrado las recogía, porque ella, era para mí, fragante flor. Pude ver como una, fugaba aromada, para posarse sobre su seno izquierdo. La silueta se contoneaba junto a la ventana, una provocación de la que yo no podía prescindir.
Fue tarde cuando me enteré... Desalentadora y desagradable sorpresa. Alguien que antes, la espiaba, alertándome dijo -¡Cuidado!... no te enganches con ese truco... lo que ves....sólo es la silueta de él, que quiere ser ella... ¡Créeme!... Ella oculta otra forma... entre sus piernas.

Angeles Charlyne


De “Siete veces 7”
Microcuentos -Año 2003-.