domingo, 24 de octubre de 2010

Atreverse


“Has dicho tantas palabras
que ya no te atreves a oírte llamar”
Alejandra Pizarnik



Dicen que la muerte
te cubrió de luz
porque la vida
te tumbó de sombras.

Dicen que te has ido
y que un gorrión azul
escondió en tu sexo
el último verso.

Dicen que dicen…
Los peces moribundos
de tu vientre,
los muros,
las paredes
y las sombras.

Dicen que han sufrido...
Los ojos descarnados
de un poema.

¡Alejandra!
dicen
los fantasmas
que
dejaste huérfanos.

Dice…
un mar,
una telaraña,
una muñeca,
un perro flaco
y un cigarrillo encendido
de cuatro cabezas.

Dicen…
Las noches,
los espejos,
los silencios,
las puertas abiertas.
Y que hay un puente
y un sombrero con flores secas.

Dicen que oigas.
Que te atrevas.
Que vuelvas.
¡Qué vivas!
Que se quedó con hambre
de caricias
tu cabellera de Ofelia.



Angeles Charlyne

domingo, 17 de octubre de 2010

Mujeres

“Ayer, hoy, mañana, después y...”



Las cinco mujeres, aguardaban al psicoanalista. Todas charlaban, excepto una. La señora de don Ayer decía que él, siempre pensaba en su pasado. La de don Hoy, que nunca lo hacía en mañana. La de don Mañana, que el suyo postergaba todo para después. La señora de don Después “que para su cónyuge no existía ni ayer, ni hoy... que todo era luego”. La mujer silenciosa miraba sin comprender por qué ellas no estaban conformes. Una, rompió el mutismo -Decime... ¿vos no tenés de qué quejarte?-. La interrogada miró antes de contestar con otra pregunta -¿Qué podría decir alguien casada con don Nunca...?


Angeles Charlyne

-Microcuento-
De: “Siete veces 7”

viernes, 8 de octubre de 2010

De viñas y veletas



“Bebamos, pero antes brindemos” -decidió Cosme, insoportable a la hora de dar órdenes y decidir los movimientos y la vida de los demás. Azucena su mujer asintió, de mala gana, levantando la copa y haciéndola rechinar junto a las otras.
Como en toda familia de la humanidad hay siempre alguien que decide que, cuando y como.
La terraza blanca, era una incitación. Todo se hacía allí, desafiando al sol, también el gallo, hacía lo propio, apostado como un soldado guardián, custodiaba los frentes de batalla, desde y sobre la veleta de la vieja iglesia.
Nadie retrocedía y las emociones estaban siempre a flor de piel, porque nadie se lo confesaba pero todos convenían en que un acuerdo silencioso los reunía esa única vez en el año, para celebrar el pretérito acuerdo -si es que lo hubo- capaz de construir semejante constancia a través de los siglos.
Los invitados eran muchos. Los complotados algunos menos. Los completados ninguno porque “la ninguna” era parte de la negación automática a los sucesos que escapaban a la comprensión automática. Por ejemplo la que encarnaba Azucena, que nada tenía de flor. Ella era una luz perdida en ese paisaje mediterráneo, un jardín errático en la penumbra de la vida de los otros y que solía incomodar, como lumbre en la tormenta.
Azucena sabía que aquella figura de hierro, imponente, con la cresta saliente y empinada, determinaría inminentes y drásticos sucesos. Lo supo la noche en que su abuelo “el profeta”, así lo llamaban los lugareños, se quebrara, diciéndole “Escúchame bien Azucena, debo contarte un secreto, serás la única que podrá salvar al mundo, rompiendo las pautas, las reglas, las normas establecidas del universo. Llegará el día -prosiguió diciendo- en que el viento y la lluvia se querrán llevar los sueños de la gente. Pero debes impedirlo. El viaje será sin boleto de regreso.
¿Lo ves? -preguntó el viejo. El… -señalando al gallo y su veleta- es dueño y señor de estas tierras, hace y deshace, se respira la vida, la muda… la pone a sus pies. No hay Dios que se le asemeje, ni siquiera el que está dentro del templo. Lo podrás constatar en un futuro próximo -finalizó sentenciando-. No me preguntes más. La decisión será tuya y el amor también lo será…
Y con un beso el abuelo selló el pacto con su nieta, alejándose de la Viña para nunca más volver.
Azucena asomada a la terraza y recordando aquellas palabras, miró hacía la torre. La veleta permanecía inerte, como una nada perdida entre la inmensidad arquitectónica que la rodeaba, la comparó con su vida de continuas humillaciones, rondada por el desamor y el silencio y comprendió. Miró esos brazos de hierro extendidos como puentes hacia la gloria, y se imaginó abrazada al cielo, respirando la pausa del agobio. Giró la cabeza para comprobar el resto de la escena. Levantó nuevamente el telón imaginario y prosiguió con ese juego que tanto la seducía. La cúpula mayor, con su punta rozando estrellas, se le antojó un juguete fálico, donde los pájaros anidaban y palomas se daban cita.
Los ángeles, que antes, fueron dorados, subsistían entre colgajos de musgo, mansamente descascarados, esforzados por sostener los famélicos clarines.
Las campanas… fauces hambrientas, sonaron estrepitosas, presagiando lo inevitable. Azucena se persignó y se quedó a la espera. La hora del grito estaba comenzando.
La ceremonia marchaba con el ritmo propio de la morosidad que uno se desea para las fiestas, cuya perdurabilidad se procura detener, para que el pasado tenga su oportunidad de juntarse con el presente.
Los chicos, inocentes de estas preocupaciones que sobrevolaban regiones misteriosas, jugaban los juegos de un destierro propio de la fantasía que significa irse, por una vez, de la vida diaria, buena o mala que les tocaba, vivir.
Las mesas dispuestas bajo las sombrillas amables, casi maternales por el abrigo, cuidaban que todos se sintieran incluidos. Cosme dirigía desde su estratégico rincón familiar, los aprestos dispuestos a no perder de vista que ese día, ese único día, el destino lo había escrito para ellos. Lo que no sospechaba era… que.
En realidad muchos miembros de esa corte desarrapada y miserable, cultivaba la exclusividad de quien creía que era su Dios.
Cosme hizo, con la ampulosidad de siempre, la indicación para que la ronda de mozos llegara puntual y atenta a cada uno de los comensales, para que nadie se sintiera discriminado o al menos lo intentó.
Cada mesero portaba su botella, que a la vez portaba la exclusiva cosecha de la finca, antes que nadie pudiera acceder al tesoro que el viñedo guardaba para propios y extraños. Como una delicadeza superior, esa misma botella llevaba el número de la mesa, para que la reciprocidad no permitiera albergar sospechas.
El brindis, en realidad la ceremonia central, más que los platos típicos, la complacencia de adolescentes y niños capaces de consentir, las parejas que se animaban a construir el futuro, los adultos en retirada de proyectos vitales, sólo dispuestos a aguardar los tiempos del destiempo, se galvanizaban para ese segundo donde se refundaba la virilidad de la descendencia. Donde todos, sin exhortaciones, contraían el compromiso de prolongar en el tiempo, la ceremonia, por la cual esa familia, cuyas ramificaciones muy pocos podían seguir, para no errar el camino, elegía su elegía.
Conmovía la solemnidad de abyectos personajes que, por un instante, rescataban la dignidad después de pasos perdidos.
La vacilación del jefe del servicio, un somelier de irreprochable pasado y trayectoria, hizo palidecer a Cosme. Toda la ceremonia transcurrió dentro de lo que la mayor parte de invitados e invitantes esperaban.
El sol declinó homenajes. Cuando la tarde decidió marcharse, con el garbo y el donaire de quienes se sienten seguros que su regreso es cierto, saludó con tres nubes alargadas. Los visitantes, emocionados por la renovación de la fe y el compromiso remoloneaban demorando regresos. La tarde se prestaba. Tal vez y ellos lo ignoraban, era lo único que se prestaba ese día en ese lugar.
Cuando se licuó la urbanidad, Cosme, con residuos de curiosidad, amortiguados por cuatro generosas copas del vino elegido, buscó a Pierre el somelier, para interrogarlo.
El hombre dueño de todos los desencuentros imaginables, escuchó la consulta, se encogió de hombros, para explicar, sin mayor énfasis, que las piletas -donde se albergaba el vino -, fueron visitadas durante la noche por el viento del norte y la tormenta impiadosa pudrió la cepa ansiada, elegida y por supuesto ignorada por todos.
El hombre, miró a Cosme y se marchó. En su casa, se encontraría con Azucena, -su amor prohibido… hasta hace instantes-, para subir un barrilete peregrino antes que el lucero avisara la llegada de la luna. Las maletas descansaban sobre la cama, prontas para el viaje; pero faltaba el último aullido, la fatídica señal… el desajuste, entonces sí llegaría la culminación, el milagro.
Cosme, acongojado y solo, giró la vista hacia la iglesia en busca de sosiego… pero los ángeles ya no estaban, en su lugar un anciano de larga barba blanca pareció elevarse como una paloma ligera de equipaje.
La veleta se meció gradualmente y como un reloj marcando las horas señaló que el tiempo era ese.
El gallo respondió al mandato de la naturaleza. Sus plumas se abrieron como abanicos, deseosas de libertad. Su pico en alto ejerciendo poderío, apuntó al firmamento como un misil devastador.
Un relámpago fue respuesta, cayendo lineal e iluminando la cresta de hierro.
La tierra se bañó de un río rojo y acuoso. El adiós llegó oportunamente como la lágrima derramada sobre el rostro de Cosme.
A lejos se oyó el quejido rumoroso del mar y una embarcación que zarpaba.
Respiraron vientos nuevos sobre la Viña polvorienta, cuando un cuervo, impávido de malos augurios se despedazó en el aire…



Angeles Charlyne


*Texto -concebido a partir de “Las veletas de Minutti”-
que integra el proyecto -- “Monografía de las Veletas / Letragrafía de las Veletas”- Año 2005-

Rafael Cortés Minutti

Las Veletas de Minutti ®
Cerrada de Schubert Núm. 8
Fraccionamiento Indeco Ánimas.
CP. 91190
Xalapa, Ver. México

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Silueta


“De tanto creer se me ha escaldado la fe...
De tanto sentirla... se ha vuelto vieja amiga...
De tanto mirarla se me ha confundido...”


Se despojaba de sus ropas, que lentas iban cayendo, como pétalos.
Imaginé que algún jardín alfombrado las recogía, porque ella, era para mí, fragante flor. Pude ver como una, fugaba aromada, para posarse sobre su seno izquierdo. La silueta se contoneaba junto a la ventana, una provocación de la que yo no podía prescindir.
Fue tarde cuando me enteré... Desalentadora y desagradable sorpresa. Alguien que antes, la espiaba, alertándome dijo -¡Cuidado!... no te enganches con ese truco... lo que ves....sólo es la silueta de él, que quiere ser ella... ¡Créeme!... Ella oculta otra forma... entre sus piernas.

Angeles Charlyne


De “Siete veces 7”
Microcuentos -Año 2003-.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Espejos



“Tu forma es la forma que quieras recibir... según el cristal donde te mires... por eso hazlo en el plano justo... con la luz correcta... y la lente adecuada...”


Celina se miró al espejo que, lentamente, se fue apoderando de ella, desollándola. Su piel se introdujo en el cristal, sus ojos eran prisioneros enloquecidos, pegándose a la forma vidriosa que la recibía. Sus labios rojos y dulces, como fresas, suspendieron la palabra, para acomodarse al espacio de otras voces. Su rostro jugó con rictus salvajes. Cada noche parecía una larga batalla con el tiempo. La cascada dorada de su pelo mutó, deviniendo en enredadas hilachas de paja Víctor apagó el televisor. Su mujer se había convertido en un verdadero monstruo... un magnifico rompecabezas... presa fácil de los reality shows...


Angeles Charlyne


De la serie “Siete veces7”
(Microcuentos)

La obra contiene 70 microcuentos
Estructura: título de siete letras, breve texto introductorio, desarrollo -en su armado original- de siete líneas.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Blanco difícil en el mar

-Buen viento el que viene del norte -dijo Tomás abrazado al mástil del velero. Nicolás gruñó y esa expresión era apropiada, se dijo Nina, sentada contra el borde de la escalera que descendía hacia las comodidades de la embarcación. Volvió a mirar, tiernamente, a Tomás, con el pelo despeinado indomable a la hora de estar presentable, según su juicio, su enjuta figura enfundada en el short blanco corto, que dejaba al descubierto sus piernas nervudas, nerviosas, tostadas, como el resto de su cuerpo. El mar transpira una finísima espuma salobre que impregna, hace sólida la superficie de la piel y la apergamina. Unas finas arrugas debajo de los ojos, le agregaban a Tomás tiempo, que no había vivido. Su inclaudicable buen talante, lo ponía siempre en ventaja, pensó ella, frente a personajes complejos como Nicolás.
Una amistad impensable los unía. La hosquedad de este y la locuacidad de Tomás, parecían no tener punto en común de encuentro. Sin embargo eran inseparables, sobre todo cuando de la aventura de navegar imprevistamente se trataba. Casi no era necesario convocarse, parecía posible que siempre dispusieran de espacio para acompañar la decisión del otro. Nina sabía que era una excepción su presencia. Ambos, la consideraban posible y ella nunca se preguntó a fondo por qué, tampoco quiso preguntarles, para que los muros que pintaban el equilibrio del trío, resumieran mensajes incómodos.
Nina era aceptada por los dos y le pareció suficiente. Esa tácita aceptación le hizo convivir viajes plagados de paisajes inesperados y acciones imprevistas. Supo de puestas de sol rojas, tomados los tres de la mano, comulgando la ceremonia imposible de repetir. Esos viajes siempre tuvieron una muestra única; siempre estuvieron teñidos de la excepcionalidad. Ella no sabía muy bien si era común a otros, pero estaba segura, seguridad adquirida con el tiempo, que su caso era ese, por cuanto cada vez que alguno de los dos la llamaba acudía sin preguntar, con la adrenalina desbordando razones.
Nina se sabía hermosa y no necesitaba que nadie se lo confirmara. Igual que ellos, a su manera eran dos hermosos ejemplares, que sus amigas codiciaban. Codiciaban también los códigos con que los tres se conducían durante los tiempos de navegación. Por supuesto esto era inviolable sin que nadie lo hubiera dispuesto, y los tres solían divertirse, a su modo, con la ansiedad ajena, cuando retornaban a tierra.
La bahía donde el muelle de madera casi lustrosa por el tiempo, los acogía, reunía esa tibia intimidad de lo privado. Algún curioso los veía llegar, casi siempre de madrugada, como tres sombras espectrales, recortados contra el cielo azul dorado incipiente, cuando el sol, curioso, asomaba a sus espaldas, casi un rito iniciático que tampoco, alguno de los tres hubiera propuesto; desde el muelle sus figuras llegaban con la luz a sus espaldas y eso añadía cierta impresionante condición al misterio que los rodeaba.
Ahora, en el cabeceo tempestuoso y verde del mar, que murmuraba casi enojado, Nina intuyó que ese viento norte y bueno que anunciaba Tomás, tendría la brevedad del parpadeo. El barco cabalgaba majestuoso y se bamboleaba con la gracia que los navegantes admiran, cuando el mar da su concierto coral. Sospechaba que los hombres esperaban algo, pero ella no preguntaba. Suponía que la sorpresa, como siempre, colmaría expectativas. Los tiempos precipitaban sucesos y ellos administraban descubrimientos.
El sol caía a pico sobre la embarcación. Y la cubierta recogía espasmos salobres que baldeaban su superficie. Los tres trabajaban en la estabilidad con el silencio constructor que había soldado la extraña relación.
La seguridad de Nina. Su pronóstico mental, comenzó a cumplirse. El viento cambió, súbitamente, y el rolido también, Nicolás, haciendo visera sobre sus ojos, miró al frente como esperando algo. -Será tormenta –sentenció, y Tomás asintió en silencio para proceder a trabajar en el velamen, prever. Nina, sin saber por qué, anunció. -Y muy fuerte -sin más comentarios.
El cielo, azul, desmentía rotundo. Muy rápidamente y a ras del agua el aire se enfriaba dando paso a la mutación. En el fondo, donde la mirada tropezaba con la colisión verde azul de mar y cielo, se instaló la sombra oscura de la nube como un telón sobre la primera ola que comenzaba a trepar.
-Se la ve muy fuerte -agregó Nicolás en términos personales, que el trío había establecido como léxico común. Nina musitó como para sí, -la que viene será peor. Tenían tiempo hasta que la primera llegara hasta ellos, Tomás puso el arpón al alcance de la mano, sin ninguna explicación. Un tiempo inmedible después, comenzaron a descender vertiginosos, rumbo al hueco que fabrica el impulso de la ola gigante que se viene. El cielo gris, decoraba el momento. El edificio líquido que se abalanzaba fue escalado raudamente por la mano experta de los tres, que se habían enlazado con cuerdas especialmente diseñadas para posibilitarles el desplazamiento. Estaban empapados cuando comenzaron el nuevo descenso, mirando atrás la mole verde que viajaba a una velocidad inusitada. El vacío se pronunció y los tres se miraron concordando en silencio que la próxima ola sería superior en tamaño, intensidad, y violencia. El barco, una vez más, mostró la insignificancia frente a la naturaleza. Los tres se afirmaron con la vela recogida, para sortear aquello que en el fondo de la superficie comenzaba a crecer, desmesuradamente, también tenían claro, sin cambiar palabra que otra peor, no la podrían pasar. Cuando se les vino encima se sintieron barridos, sacudidos y aplastados contra la cubierta. El barco resistió y bajó los siguientes treinta metros de altura, con la dignidad de los sobrevivientes. Se miraron para convenir que “eso” había pasado y sentirse transportados del cielo al infierno en un segundo, fue la sensación que estaban aceptando. La placidez posterior de la navegación, casi una balsa, luego de la sucesiva visita que debieron sortear, les regaló una fuerte sensación de felicidad. A la derecha del rumbo de navegación, sin embargo, una tenue línea blanca llamó la atención de Nina.
-¡Tiburón! -advirtió sin alterarse. La aleta de navegación iba recta y paralela a su derrotero. Parecía acompañarlos pero, todavía no podían precisar su dimensión. Tomás y Nicolás se prepararon en silencio y seguían con la mirada el fenómeno, pues estaban seguros que el tiburón los había detectado. Los tres fascinados con la ruta y el vigía, aprovechaban las condiciones de navegación. Repentinamente lo entendieron. A su frente, el frente de tormenta era una mole oscura. El viento les llegó casi a traición, con tremenda velocidad. El barco y el tiburón dejaron de ser figuras visibles. Tomás y Nicolás con el apoyo de Nina lograron controlar el barco y situarlo en el ojo de la tormenta. Allí estaba la calma y alrededor la turbulencia. El tiburón se apareó al barco, casi cobijándose. Los hombres aprestaron el arpón pero no fue necesario, el enorme tiburón blanco, los rodeó suavemente, como tranquilizándolos. La tormenta duró lo que duró, ellos no usaban relojes ni instrumental. Cuando la furia cesó, una calma aceitosa se instaló sobre la superficie del agua, los tres comenzaron a ver, a lo lejos, el muelle al que nunca llegaron a otra hora que la del amanecer. La pausa astral sólo parecía entenderla el tiburón blanco. La noche los cubrió con su seda negra y los navegantes decidieron aguardar, conocedores que los misterios, no conviene, a veces, desentrañarlos. Resignaron urgencias por horas. Cuando una tenue línea de luz abrió el ojo en el horizonte, el barco se movió. La condición del tiempo, no había cambiado. Volvieron la cabeza, el tiburón blanco, gigante, los empujaba, un remolque marino certero. ¿Cómo era posible que esa mole clara conociera el destino?
No se hicieron preguntas, cuando las primeras figuras de la costa fueron visibles y adquirían formas, la corriente retomó frecuencia. El trío se volvió para comprobar que el tiburón los acompañaba navegando la pena de la despedida, el barco se deslizaba raudo, ahora y cuando la seguridad del tiburón llegaba al límite, movió la aleta, ellos creyeron como saludo, para perderse lentamente, por debajo de las columnas que sostenían el muelle y enterraban en la arena; bordeó la bahía, majestuoso y creyeron que se quería quedar, una sensación incomprobable. Se quedaron parados sobre la cubierta, de espaldas al muelle, tres figuras que no podrían jamás contarle a nadie esa experiencia.
No fue necesario prometerse nada. Nina vio al viejo Juan, alelado con su vieja caña de pescar y su caja de cebos, con la mirada perdida. Cuando desembarcaron el viejo sólo alcanzó a musitar -Volvió-. Y regresó al pueblo, detrás del trío que tomado de la cintura, se guardaban una nueva historia.


Angeles Charlyne